Xugó con fuego en México, señora Ayuso: por qué hablarnos “con amor” de la conquista no era buena idea
ResumenSi hoy les escribo en español es porque en mi familia materna, en algún momento, se perdió la posibilidad de hablar en una lengua que la descartaba como mexicana y la convertía en otra cosa. Y digo “cosa” porque así se ha visto a las personas indígenas, a quienes incluso hoy se les sigue negando la posibilidad de narrar su historia, prueba viva de que los Estados oprimen y buscan borrar a quien difiere de su relato nacional. Además, si hoy les escribo desde España es porque mi padre, parido aquí por azar, es quien me dio el privilegio –porque para muchas no es un derecho– de vivir y ser de Madrid. Y no lo digo con el orgullo de quien nos gobierna, sino con la responsabilidad de quien quiere que los habitantes de esta ciudad no tengamos que sentirnos culpables por nuestros acentos, nuestros rostros ni nuestros orígenes, atravesados por la colonialidad que cínicamente buscan justificar mediante el amor.
No soy una Malinche en el metro. Si hoy les escribo en español es porque en mi familia materna, en algún momento, se perdió la posibilidad de hablar en una lengua que la descartaba como mexicana y la convertía en otra cosa. Y digo “cosa” porque así se ha visto a las personas indígenas, a quienes incluso hoy se les sigue negando la posibilidad de narrar su historia, prueba viva de que los Estados oprimen y buscan borrar a quien difiere de su relato nacional. Además, si hoy les escribo desde España es porque mi padre, parido aquí por azar, es quien me dio el privilegio –porque para muchas no es un derecho– de vivir y ser de Madrid. Y no lo digo con el orgullo de quien nos gobierna, sino con la responsabilidad de quien quiere que los habitantes de esta ciudad no tengamos que sentirnos culpables por nuestros acentos, nuestros rostros ni nuestros orígenes, atravesados por la colonialidad que cínicamente buscan justificar mediante el amor. Para Isabel Díaz Ayuso, mujeres como yo somos “malinches en el metro, en las calles, en los colegios”, que hacemos que se sienta “profundamente orgullosa”. Pero somos mujeres a las que, como a Malintzin, además de uniformizar nuestros orígenes, nos quiere instrumentalizar para validar su odio a la migración, pero también su hambre de colonia, como lo ha hecho México y como lo ha hecho España. Para Ayuso, las personas como yo somos su sueño húmedo: hijas de español y mexicana. Pero podemos ser también su quebradero de cabeza. No queremos su mestizaje. No queremos ser Martines y Martinas Cortés a su medida. Somos personas que tenemos muy claro que jamás justificaremos mediante el amor individual que se borre la herida colectiva colonial. Queremos curarla y, para eso, hay que ser críticas hasta los huesos. Si pensó que sería cortés con el comentario, se olvidó que entonces, como ahora, Malinche, Malintzin, Marina –para que no le quepa duda en castellano– fue una mujer que, como las del presente, hizo lo que pudo para sobrevivir en un sistema patriarcal, racista y opresor antes de poderlo nombrar así, con los añadidos de que fue vendida como esclava pese a que su trabajo como intérprete es lo que le valió el inmerecido título de traidora de una patria inexistente. Y si la presidenta de la Comunidad de Madrid admirara tanto a Malinche, tendría la decencia de escuchar y leer a las mujeres indígenas que desde el territorio que hoy conoce el mundo como México siguen poniendo en jaque los relatos coloniales de los que ella pretende engrandecerse. Tampoco ayudaría a su amigo Nacho Cano a lucrarse con una historia que romantiza en nombre de Malinche la esclavitud, la evangelización y la masacre de quienes nos habrían precedido, de no ser por el exterminio, y cuya producción musical está aupada por la Fundación Hispanojudía y por el empresario Ricardo Salinas Pliego (quien también puso pasta para ver a Cortés, a quien tiene una devoción desmedida, en la pantalla de su tele). Olor a Israel y a deudores fiscales, como los que le gustan a Ayuso. Visto desde una perspectiva estatista, el viaje de Isabel Díaz Ayuso a México se entiende como un tambaleo a la política exterior de España, que para quienes sólo se centran en los Gobiernos se reduce al intento de restablecimiento de relaciones tras las demandas de perdón hechas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador y continuadas por la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, por la conquista. Desde una perspectiva madrileña o española (acuérdense, Madrid es España dentro de España) de este lado del Charco, Ayuso es un titular a cinco columnas, mientras que en México es tan chiquita que se han escrito artículos como para explicarle a ella misma de quién se habla para enterarse de que una política madrileña tuvo la idea de ir a rendir homenaje a Hernán Cortés. Precisamente a Hernán Cortés, un hombre que ya en su época fue cuestionado por la monarquía española de entonces y que ni siquiera los miembros de la derecha mexicana que invitaron a Ayuso tienen ganas de reivindicar. Sin embargo, esa oposición, que se agarra como puede a cualquier símbolo que parezca antagonista de Sheinbaum y sus aliados, está también dándose cuenta de que invitaron a la persona equivocada si lo que querían era construir alianzas. En la idea de una internacional formada por Ayuso, Trump, Milei y sus minions, no dejan de existir lógicas de subordinación. En la derecha, del Río Bravo para abajo, también hay jerarquías. Como “la colonización han sido cinco siglos de amor, no cinco siglos de odio”, la política madrileña jamás se habría planteado ir, por ejemplo, a Malabo, para hablar de sus aspiraciones de su proyecto de continuidad colonial, pues todo este ruido necesita de un contexto para ser dirigido al actual Gobierno español. Para empezar, porque sus menos lúcidos seguidores si leen Obiang son capaces de leer Noboa, por eso de que siguen confundiéndose en la línea ecuatorial pese a su orgullo colonial. Ayuso quiso ir a México a esparcir su discurso de la hispanidad porque sabe que el extinto Distrito Federal es un altavoz regional para cualquiera que le eche muchas ganas en predicar. Pero allí sus proclamas no se dirigían a los mexicanos, a los que no les quedó más remedio que reírse o enchilarse ante lo que decía sobre la conquista si les tocó escucharla, sino a su electorado, español de nacimiento y por convicción. Aunque Rubí se vio en muchas de las televisiones del continente, esa lógica de difusión no le funcionará en Latinoamérica como ella quiere. Ayuso se metió con la conquista y de ahí no hay quien salga bien parado. Desde que López Obrador puso el tema del perdón por la conquista sobre la mesa, las negativas de siquiera dialogar siempre venían desde España, hasta que por fin se dieron esos tímidos amagos del rey y del ministro de Exteriores por reconocer que hubo abusos. Pero lo que dicen mis Gobiernos no representa lo que mis pueblos sienten. En estas mismas fechas, hace cinco años, un barco tripulado por integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, aquellos indígenas que le declararon la guerra al Estado mexicano y al olvido, viajaba hacia Europa para recordar que a los pueblos indígenas no los habían conquistado porque seguían en pie de lucha. Y rompieron, una vez más, el relato nacional mexicano, empeñado en construir una historia mediante el mestizaje, que para Ayuso es “el mensaje de la esperanza y la alegría”. Y tan esperanzador él, tan alegre, borró cualquier forma de diversidad que cuestionase la nación. Esencialmente, a las personas indígenas y afrodescendientes. Por eso defendían los zapatistas que “ni el Estado Español ni la Iglesia Católica tienen que pedirnos perdón de nada. No nos haremos eco de los farsantes que se montan sobre nuestra sangre y así esconden que tienen las manos manchadas de ella”, porque los Gobiernos a ambos lados del Atlántico se han empeñado en hacer un único relato que obvie las atrocidades de ayer y de hoy. No son dos relatos los que se disputan, por eso es tan complicado siquiera dialogar. ¿Cómo puede haber reconciliación si nadie reconoce, heredero o no de quien las ejecuta, las atrocidades de la colonia? Y aún así, el conservador Partido Acción Nacional tuvo a bien darle a Ayuso, en Aguascalientes, la Medalla de la Libertad del Congreso por su “lucha en favor de las libertades, la democracia y la libertad cultural”. Bajo ese laureamiento, si algo comparten el PAN e IDA es la idea de que las derechas son para todos, pero los derechos no. Porque si esa hispanidad que tanto defiende Ayuso se tratara de derechos y no de eslóganes, dudo que vocearía menos su filia por el 12 de octubre. En Madrid cabrán todos los acentos del español, pero todavía no cabemos las personas que lo hablamos, vengamos de donde vengamos. Eso queda claro con las trabas para solicitar todo lo necesario para la regularización extraordinaria de personas migrantes, actitud de la que tampoco se libran en la izquierda, que no está exenta de ser colonial. No hizo falta ni la mitad del tiempo que Ayuso tenía previsto en su viaje para darse cuenta de que calculó mal, pues el suelo que estaba pisando para nada es blandito con ella. Sintiéndose “en peligro”, acusando a Sheinbaum de “expulsarla” y del boicot a sus eventos, decidió de imprevisto finalizar su gira. Ni falta hizo aplicarle el 33. Ella solita se fue por donde vino sin mediar el artículo constitucional contra el entrometimiento de los extranjeros en la vida política del país. En un comunicado dicen que es un hecho sin precedentes “contra un representante del Estado español”, ahora sí bien defensora de su tierriña. Si Ayuso pretendía conquistar corazones en México sacando a bailar a los huesitos de Hernán Cortés en su fiesta a la que se coló con Nacho Cano, no le va a salir bien. Menos porque, mientras que ella presume de que el español es “la lengua materna más universal que existe”, en el mundo es asesinada una lengua cada catorce días, según estima la UNESCO. Y menos cuando Ayuso es incapaz de llamar a las cosas por su nombre, como hace con México, que no Méjico. Por eso, si el exterminio, las violaciones, el borrado de la memoria y el saqueo son para ella un vínculo que durante 500 años se ha construido en el amor, pues, por favor, asuma que xugó con fuego. Dexe de xoder y xustificar con tanto amor sus acciones, señora Ayuso.