← Volver
elDiario.es ·

La profanación del arte como campo de batalla política: “Los focos del museo iluminan más que los de cualquier escenario”

Resumen

El arte convertido en culto, la protesta a través de él como sacrilegio. Algunos para alertar sobre los desastres de la guerra, otras para reivindicar el voto femenino, otros tantos para reclamar acciones contra el calentamiento global o el genocidio. Todos eligieron el museo como foco central de la profanación del arte como vehículo para expandir sus demandas. La protesta en el arte como bien cultural (Barlín Libros, 2026) es el ensayo escrito por Manu Martín, investigador en historia social del arte, memoria y patrimonio, en el que repasa toda una genealogía de protesta y reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación, el público y el turismo.

El arte convertido en culto, la protesta a través de él como sacrilegio. Algunos para alertar sobre los desastres de la guerra, otras para reivindicar el voto femenino, otros tantos para reclamar acciones contra el calentamiento global o el genocidio. Todos eligieron el museo como foco central de la profanación del arte como vehículo para expandir sus demandas. Contra el patrimonio. La protesta en el arte como bien cultural (Barlín Libros, 2026) es el ensayo escrito por Manu Martín, investigador en historia social del arte, memoria y patrimonio, en el que repasa toda una genealogía de protesta y reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación, el público y el turismo. Este joven experto nacido en 1998 se decanta por hablar de profanación y no de vandalismo sobre las numerosísimas obras de arte que a lo largo de la historia se han visto involucradas en alguna demanda social. “Y lo hago así porque al abordar los daños reales a su materialidad descubrimos que no existen, y de hacerlo son mínimos y reversibles”, apunta en conversación telefónica con elDiario.es desde Roma, ciudad en la que lleva afincado desde 2020. El elocuente ensayo que presenta este especialista en derecho y tutela de bienes culturales sintetiza en algo más de 200 páginas un barrido que va desde la protesta climática a la sufragista, desde la antimilitar a la laboral. Así, Martín se distancia de una militancia específica, incluso teoriza sobre las intervenciones realizadas por la extrema derecha como protesta en bustos y placas callejeras a través de sus pintadas nazis. Aquí, apenas unos ejemplos. En 1914, la sufragista Mary Richardson asestó siete puñaladas a La Venus en el espejo de Velázquez, en la National Gallery de Londres. Durante la guerra de Vietnam, en 1974, el artista iraní Tony Shafrazi grafiteó el Guernica de Picasso con pintura roja, cuando la creación estaba en el Museum of Modern Art de Nueva York; escribió “Kill Lies All”. Un manifestante lanzó en 2022 un tartazo a La Gioconda de Leonardo da Vinci en el Louvre de París al grito de “piensa en la tierra”.  Algunos más. En Madrid, durante el genocidio de Israel en Palestina, activistas tiñeron de rojo el agua de las fuentes de Neptuno y Cibeles. Y grupos en protesta por la alimentación sostenible o contra el maltrato animal han intervenido en la fuente central de la Piazza del Popolo en Roma con pintura naranja o amarilla o en la Femme cocuhé lisant de Picasso con estiércol. La Venus en el espejo volvió a ser atacada en noviembre de 2023, cuando dos activistas de Just Stop Oil golpearon el cristal que la protege con un martillo. La lucha contra el relato oficial del museo Martín, agradecido hijo de la pública, tal y como se define, continúa la tesis esgrimida por Tomaso Montanari sobre la “religión civil” que proyectan los museos. Este hater de la institución museística, según se considera a sí mismo, define el museo como un espacio de legitimación en el que se construye el pasado de forma positiva, un lugar en el que se evoca una identidad. Por eso, “cuando protestamos, lo hacemos desde identidades, no desde anonimatos”, explica, sobre todo cuando las profanaciones del arte suelen tener lugar en museos estatales. La analogía entre Estado y patrimonio está servida. Sucedió en enero de 1911. Un marinero holandés despedido en 1911 trató de atacar La ronda de noche de Rembrandt, expuesta en el Rijksmuseum de Ámsterdam. Subrayó que era su “venganza contra el Estado”. Martín apunta en su ensayo que “no se trataba de un marinero enfadado con Rembrandt ni con el lienzo, sino con la voz que emana de él. Una víctima del Estado tratando de cargar contra este”. Esta obra volverá a ser atacada durante el siglo XX: acuchillada en 1975 y vandalizada con ácido sulfúrico en 1990. Convertidas las obras de un museo como objeto de culto, mancillarlas es un sacrilegio. Entonces, ¿por qué actuar sobre el patrimonio de todos? Martín responde en Contra el patrimonio: “El activismo debe ser molesto. No podemos aceptar el argumento de la protesta dócil e institucionalizada. Los focos del museo iluminan más que los de cualquier escenario”. Sus argumentos, no exentos de crítica, también desde las posiciones de izquierda, encuentran su razón de ser en que el “activismo debe dirigirse a donde esté la mirada colectiva para ocupar un centro, obligar a la atención”. Al albergar un relato oficial de la historia, los museos se yerguen como escenarios en disputa para todas aquellas personas y colectivos que quieren contradecirlo. Sus acciones, sin embargo, no solo miran al pasado, sino que debido a lo que ocurre en el presente las llevan a cabo para intentar cambiar el futuro. Entender así la profanación del arte de la que habla Martín en su monografía, que ha tenido sus últimos ecos en llamadas a la acción frente a la emergencia climática y el genocidio en Gaza, todavía es una tarea pendiente de los medios de comunicación. El historiador del arte defiende en el libro que “parece que la prensa está salivando bajo el deseo de que algo se rompa para poner el grito en el cielo contra el activismo, examinado bajo lupa”. Y añade: “No deja de ser desalentadora la preocupación mediática por el lienzo en contraposición de aquella por lo humano”. En este sentido, Martín asegura que medios de distinta línea editorial han confluido en denunciar casi al unísono estas intervenciones en el arte. “Hay mucha gente que piensa que los activistas han roto obras”, considera, porque en sus noticias utilizan de forma constante conceptos tan potentes como “atentados” o “ataques”. Más allá de perseguir clics sobre la noticia, el historiador del arte indica que esta forma de actuar de los medios está regida por su oposición general al activismo en el arte. El mismo autor se autodefine como una persona de izquierdas, espectro político que, en su mayoría, según afirma, entiende estas intervenciones como un ataque a la civilización, a la cultura. Ya lo ha dicho el filósofo y politólogo Oriool Erausquin en La rabia es nuestra. Una emoción política en disputa (Siglo XXI, 2026): “La rabia, cuando viene de los oprimidos, no es vista como una herramienta de liberación sino como una amenaza al orden establecido, racional y civilizado”. De esta forma, la prensa es el medio, aunque en ella no exista una verdadera intención para desentrañar lo que esconden este tipo de protestas. Martín lo deja claro en su libro: no se ha destruido ninguna obra debido al activismo de nadie. “Pero lo más importante, si se hubiera llegado a perjudicar alguna, a mí no me importaría”, comenta.  Estas palabras, que en un primer momento podrían llamar la atención, lo único que hacen es desprender luz si se piensan con detenimiento. Lo hemos visto hace apenas unos días. Una bomba lanzada en los últimos días por Israel y Estados Unidos a Teherán, capital de Irán, ha provocado importantes daños en el Palacio de Golestán y la UNESCO ha mostrado su “preocupación” en un comunicado. “A mí que se hayan roto las ventanas de un palacio no me importa, aquí hay gente muriendo. También bombardearon un instituto de mujeres. No debemos dar esa importancia a los palacios de las élites en comparación de las vidas de trabajadores y sociedad en general”, añade. El público también juega un papel prominente a la hora de armar un relato en torno al activismo en la profanación del arte. “Es una forma de enfrentar a la clase trabajadora y desactivar y deslegitimar la protesta”, adelanta Martín. Pone de ejemplo la Fontana di Trevi: “Los romanos no pueden visitarla en su día a día porque está llena de turistas, crea inseguridad, hay codazos, carteristas y ahora hasta una valla. No existe un acceso entre el tejido social y el patrimonio por vinculación territorial”. A la hora de revertir esa realidad, si un romano utiliza su Fontana para protestar como legítima comunidad patrimonial, “quien le insulta y le intenta echar es el turista”, apunta el historiador del arte. Es decir, el turista ocioso que está en Roma deleitándose del patrimonio se queja de que los autóctonos lo utilicen para amplificar sus reivindicaciones.  Martín opina que “existe cierto complejo de clase que se manifiesta aquí al pensar que tenemos más que ver con las formas barrocas de Trevi y con el Estado pontificio y la monarquía absoluta que con una chavalada metida en una fuente y que nos pide por favor que hagamos algo porque están bombardeando niños y el mundo se pudre”. Y subraya: “Existe un problema a la hora de creer que nosotros, como civilización, somos el mármol de la fuente y no el agua teñida de negro”. En mayo de 2023, nueve activistas de Ultima Generazione arrojaron líquido negro en el agua de la fuente y exigieron dejar de invertir en combustibles fósiles. La Justica no halló delito alguno en su acción. La profanación llega a España España ha sido escenario de este tipo de profanaciones recientemente. El 5 de noviembre de 2022, dos activistas de Futuro Vegetal protestaron entre los lienzos mellizos de Goya, La maja desnuda y La maja vestida, en el Museo Nacional del Prado. Reclamaban que los políticos tomaran las medidas necesarias para que el calentamiento global no siga aumentando. “No habrá museo, patrimonio ni idolatría en un mundo arrasado”, destaca Martín en su ensayo. En septiembre de 2025, también militantes de esta organización lanzaron pintura roja y negra a la fachada de la Sagrada Familia en Barcelona al grito de “justicia climática”. Un mes más tarde, el mismo colectivo climático actuó en el cuadro Primer homenaje a Cristóbal Colón, de José Garnelo. Era el 12 de octubre y mancharon la obra del Museo Naval de Madrid con pintura roja biodegradable que, apenas unas horas después, una empresa especializada ya había conseguido eliminar al completo. “Esta es de las poquísimas acciones contra una obra que no está protegida con cristal. Había intención de dañarla, realmente”, opina el historiador del arte.  Es decir, a diferencias de otras, esta creación que data de 1892 sí se entiende como perjudicial para la identidad que desde algunos espacios tratan de construir hoy, que entiende el colonialismo como algo a combatir. A pesar de ello, este testigo pictórico de la colonización no sufrió ningún daño. “Ojalá existiera esa posibilidad. Ojalá poder ir al Museo del Prado y dejar nuestra mano abierta plantada en una pared, con los cinco dedos de un obrero, pero es imposible, lo van a quitar”, remarca Martín. Una protesta que ahora se estudia con orgullo Victòria Domingo, militante de Futuro Vegetal, protagonizó la acción en el Museo Naval y terminó detenida. “El cuadro de Colón es un símbolo de que el Estado no se ha revisado lo suficiente y sigue celebrando el 12 de octubre como fiesta nacional”, esgrime en declaraciones a elDiario.es. Esta veterinaria de 40 años reconoce que, si por ella fuera, la obra de Garnelo estaría en “el museo de los horrores o del genocidio”. No se trataba únicamente de poner el foco en lo ocurrido hace cinco siglos en Abya Yala con los pueblos originarios, sino también girar la mirada hacia el presente: “Ahora desarrollamos una neocolonización con el extractivismo de sus tierras”. Por otro lado, Domingo asegura que el arte es la forma de vehicular sus demandas. “La gente se enfada mucho con esto. Estamos ante una emergencia climática horrible, con unos efectos que ya empezamos a ver en nuestro país, y estos efectos también le pasarán factura al arte”, agrega. La activista de Futuro Vegetal confirma lo planteado por Martín. Mientras que en la acción del Museo Naval la idea era criticar el contenido y simbología de la obra, la suerte de performance entre las majas de Goya era llamar la atención. “El movimiento sufragista usó el arte para reivindicar la igualdad y ahora eso se enseña como parte de la historia, de la lucha, con orgullo”, apunta.  De todas formas, el poner sus cuerpos al servicio de este tipo de intervenciones ha granjeado a los activistas detenciones y represión. Domingo sigue a la espera de juicio y es posible que acabe en prisión, ya que ha participado en otras protestas en las que también ha acabado detenida. “Al menos se ha creado cierto debate público y político durante unos días. Luego, con libros como el de Martín, continúa la discusión”, concluye.