Perfil | El abogado prudente que acabó condenado por su indecisión
ResumenEl gran lastre de Keir Starmer ha sido su incapacidad de cambiar de velocidad cuando las circunstancias lo exigían. El primer ministro ha funcionado toda la vida con un motor de diésel, que le sirvió para avanzar con la tenacidad de un tractor en su carrera como abogado y como fiscal, y hasta para hacerse con el liderazgo del Partido Laborista en abril de 2020, cuando apenas llevaba cinco años en la política activa. Pero ese mismo ralentí ha acabado siendo su gran problema en estos dos años de mandato al frente del Gobierno, al aparecer ante los votantes y ante sus propios diputados como alguien incapaz de tomar una decisión o transmitir un proyecto de Gobierno. Su excesiva prudencia, sus continuos giros de estrategia y rectificaciones y sus errores garrafales —como nombrar embajador en Washington al exministro Peter Mandelson cuando ya eran públicas y notorias sus turbias relaciones con el multimillonario pederasta estadounidense Jeffrey Epstein— han provocado el hartazgo y la desesperación de diputados, afiliados y votantes laboristas, hasta provocar su dimisión este lunes.
El gran lastre de Keir Starmer ha sido su incapacidad de cambiar de velocidad cuando las circunstancias lo exigían. El primer ministro ha funcionado toda la vida con un motor de diésel, que le sirvió para avanzar con la tenacidad de un tractor en su carrera como abogado y como fiscal, y hasta para hacerse con el liderazgo del Partido Laborista en abril de 2020, cuando apenas llevaba cinco años en la política activa. Pero ese mismo ralentí ha acabado siendo su gran problema en estos dos años de mandato al frente del Gobierno, al aparecer ante los votantes y ante sus propios diputados como alguien incapaz de tomar una decisión o transmitir un proyecto de Gobierno. Su excesiva prudencia, sus continuos giros de estrategia y rectificaciones y sus errores garrafales —como nombrar embajador en Washington al exministro Peter Mandelson cuando ya eran públicas y notorias sus turbias relaciones con el multimillonario pederasta estadounidense Jeffrey Epstein— han provocado el hartazgo y la desesperación de diputados, afiliados y votantes laboristas, hasta provocar su dimisión este lunes. Junto a una política de recortes sociales con la que pretendía equilibrar las cuentas, que tuvo que rectificar ante la irritación de sus diputados, llevó a cabo una política de mano dura contra la inmigración irregular que, según muchas organizaciones humanitarias y el ala izquierda del partido, emulaba en la práctica las políticas de la ultraderecha que pretendía combatir electoralmente. El desastre del partido en las elecciones municipales de Inglaterra y autonómicas de Escocia y Gales, celebradas el 7 de mayo, convenció finalmente a muchos de que Starmer no era el hombre capaz de frenar la doble amenaza que afrontan los laboristas británicos: el avance de la ultraderecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage, y el nuevo ecopopulismo de izquierdas del Partido Verde y su carismático líder, Zack Polanski. Starmer, de 63 años, tiene un alma correosa y de izquierdas, preservada a través de una carrera académica de mérito —tan peculiar en el Reino Unido— que le llevó al grammar school (colegio público de excelencia, para los alumnos con mejores notas) de Reigate, a la Universidad de Leeds (Derechos Humanos) y a la de Oxford (Derecho Civil), hasta colegiarse como abogado. La resistencia y tenacidad del hasta ahora primer ministro, bajo esa apariencia de amabilidad, buenas formas y rechazo a cualquier conflicto, le vienen de lejos. Hijo de un fabricante de herramientas y de una enfermera, se educó en la pequeña localidad de Oxted, en el condado inglés de Surrey. Su madre sufrió a lo largo de la mayor parte de su vida la enfermedad de Still, un tipo de artritis inflamatoria rara y dolorosa que la obligó a pasar largas temporadas internada en hospitales. Josephine Starmer, votante incondicional del laborismo, como su esposo, murió dos semanas antes de que su hijo ocupara por primera vez el escaño de diputado. “Los esteroides y la enfermedad provocaron conjuntamente que durante sus últimos años no pudiera caminar, mover sus brazos o incluso hablar”, ha contado Starmer en alguna de las raras ocasiones en las que muestra a los medios su intimidad. “Nunca llegó a intercambiar una palabra con mis hijos [los nietos de ella], y al final vio cómo le amputaban una de las piernas”. Starmer está casado con Victoria (cuyo apellido de soltera era Alexander), abogada como él, simpatizante del Partido Laborista desde sus tiempos universitarios, y de familia judía de origen polaco. Esta circunstancia ha sido fundamental para imprimir en el primer ministro su obsesión contra el antisemitismo, pero a la vez su ambigua reacción ante la masacre desatada en Gaza por el Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. Tienen dos hijos, de 15 y 17 años. La familia Starmer, antes de mudarse a Downing Street, vivía en Kentish Town, al norte de Londres. El primer ministo protegió desde el principio rabiosamente su privacidad. Durante los años de oposición, a las seis de la tarde de cada viernes, salvo urgencias inevitables, aparcaba el liderazgo laborista y ejercía de padre y marido. A diferencia del político tradicional, que vive, bebe, come, respira y sueña política las 24 horas del día, Starmer quiso mantener las rutinas de una vida civil anterior, a pesar de la dificultad que eso entrañaba. Por eso, señalan sus críticos, nunca fue capaz de tejer alianzas internas en el partido, o incluso construir una visión personal que impulsara su carrera. Siempre rechazó la idea de que pudiera existir algo como un starmerismo, del mismo modo que sí hubo un blairismo (por el exprimer ministro Tony Blair). Como abogado especializado en derechos humanos, estuvo envuelto en todos los grandes litigios de la izquierda contra la revolución neoliberal de Margaret Thatcher en los años ochenta. Nunca se ha desvanecido el rumor de que la escritora Helen Fielding se inspiró en el joven Starmer para crear el personaje de Mark Darcy en El diario de Bridget Jones. Como director del Servicio de Fiscalía de la Corona (cargo equivalente al de fiscal general del Estado) entre 2008 y 2013, gran parte de su mandato bajo un Gobierno conservador, cayó en la tentación de alimentar a la prensa sensacionalista y darse publicidad a sí mismo con titulares de pretendida dureza contra los delincuentes. La llegada de Starmer a la dirección del Partido Laborista en 2020 puso fin a la era turbulenta de Jeremy Corbyn, cuyo giro radical a la izquierda había logado atraer a miles de jóvenes pero también había espantado a millones de votantes de clase media. El modo en el que divagó y confundió entonces con la cuestión más importante a la que hacía frente toda una generación, el Brexit, penalizó al laborismo, que obtuvo en 2019 su peor resultado electoral en más de 80 años. Starmer, que había sido el portavoz del partido para todo lo relacionado con la salida de la UE —y principal defensor de la celebración de un segundo referéndum—, conquistó el liderazgo laborista, pero de inmediato descafeinó su ardor europeísta. Su propósito era recuperar los votos de todos aquellos británicos que durante décadas habían votado laborismo pero que en ese momento se sentían atraídos por los cantos populistas de sirena de Boris Johnson o de Farage. Su llegada a la dirección fue suave. Asumió, aparentemente, los postulados programáticos de izquierda de Corbyn, su antecesor, para mantener la unidad y no asustar a sus rivales. Pero fue un espejismo que duró poco tiempo. Consciente de que la mayoría de los afiliados y simpatizantes que habían votado por él en las primarias no lo habían hecho para que todo siguiera igual, poco a poco fue soltando lastre y deshaciéndose del radicalismo que aún persistía en las filas del partido. La ocasión perfecta llegó con su dura respuesta ante las acusaciones de antisemitismo que había recibido la dirección anterior. Tan dura como para acabar expulsando del grupo parlamentario al propio Corbyn, después de que el viejo líder respondiera con desdén y calificara de “exagerado” el informe de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos que había señalado prácticas y actitudes discriminatorias concretas en el seno del partido. Desde su llegada al Gobierno en julio de 2024, Starmer ha jugado con un doble mensaje que no ha acabado de satisfacer a nadie, y su popularidad ha ido cayendo progresivamente en estos dos años hasta quedarse por debajo del 19%, según la última encuesta de YouGov. Aunque su objetivo de “reiniciar” las relaciones con la UE le ha llevado a firmar un nuevo tratado con Bruselas y a mejorar notablemente la relación entre las dos orillas, la constante advertencia de que nunca cruzaría líneas rojas —como la reincorporación del Reino Unido al mercado único o al espacio aduanero común europeo— ha decepcionado a una amplia base laborista que mantiene vivo el sueño de la Unión Europea.