¿Guerra innecesaria o pacifismo ciego?
ResumenWinston Churchill ha sido el único jefe de gobierno que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Le premiaron por haber contado con una claridad que hoy estremece cómo se llegó a una guerra que sus coetáneos decían querer evitar. En los años treinta, cuando Alemania empezaba a violar el Tratado de Versalles y a construir aviones de combate y submarinos, Churchill repetía en el parlamento británico lo que ya veía venir: los nazis se están preparando para la guerra. Nadie quería escucharle, pues había millones de muertos todavía frescos en la memoria, y el pacifismo de los vencedores se convirtió en una forma de ceguera.
Winston Churchill ha sido el único jefe de gobierno que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Le premiaron por haber contado con una claridad que hoy estremece cómo se llegó a una guerra que sus coetáneos decían querer evitar. En los años treinta, cuando Alemania empezaba a violar el Tratado de Versalles y a construir aviones de combate y submarinos, Churchill repetía en el parlamento británico lo que ya veía venir: los nazis se están preparando para la guerra. Nadie quería escucharle, pues había millones de muertos todavía frescos en la memoria, y el pacifismo de los vencedores se convirtió en una forma de ceguera. Para cuando reaccionaron, Hitler había tenido tiempo ya de desarrollar unas armas formidables y lo que pasó después lo sabe todo el mundo. Hay quien nos pide hoy que miremos al presente con esa lección de la historia, que básicamente es el viejo dilema de Hamlet: actuar o no actuar. ¿Hay que atacar preventivamente a un régimen que declara abiertamente su voluntad de destruir a sus enemigos antes de que adquiera los medios para hacerlo a gran escala? ¿O hay que mantener la paz a toda costa, aunque esa paz consista en dejar que ese régimen siga acumulando poder y capacidad de destrucción? Declarar una guerra es una medida impopular que un político en democracia prefiere evitar. Aparecen imágenes de escuelas bombardeadas, niños muertos, civiles atrapados en medio de algo que no han decidido y todo tipo de imágenes intolerables que suscitan indignación, compasión e incomprensión. Pero el buen gobernante sabe que, a pesar de todo eso, debe hacerse una pregunta incómoda: ¿qué hipotecas contrae el futuro cuando se decide no actuar? Aquí aparecen dos posturas: la del dirigente que asume el riesgo moral y político de una guerra preventiva para evitar un mal mayor. Y la del dirigente que se presenta como tozudo defensor de la paz y del orden internacional ante el devenir incierto de una guerra, que se sabe como empieza y no cómo acaba. El problema, en este caso, es que quienes encarnan esas dos posiciones carecen de toda credibilidad. Donald Trump pretende justificar la guerra asegurando que Irán estaba a punto de conseguir la bomba atómica. Pero es el mismo dirigente que hace un año proclamaba haber destruido completamente esas capacidades. Resulta difícil creerle incluso si dice que uno y uno son dos. En eso se parece a su minúsculo antagonista, Pedro Sánchez, que hoy se nos presenta como campeón de la paz, y que ayer lo era de la lucha contra la corrupción y del feminismo. El dilema, por tanto, sigue siendo el mismo que nos recuerda Churchill en los años treinta: cuándo es prudencia evitar una guerra y cuándo es simplemente ceguera. Pero a ello se añade un hecho inquietante: los actores que hoy encarnan ese viejo drama -la guerra preventiva y el pacifismo- son dos embusteros sin escrúpulos cuyo único cálculo son las próximas elecciones, y cuyo objetivo no es ya solamente permanecer en el poder, sino servirse de él para eludir la acción de la justicia sobre su entorno y sí mismos. Por eso resulta tan difícil saber si estamos ante el pacifismo de los ciegos o ante una guerra innecesaria.