¿Y Rusia, qué? Lo que se juega Putin en la guerra en Oriente Medio
Resumen“Ni siquiera deseo discutir esta posibilidad”, afirmó Vladímir Putin en junio pasado cuando un periodista le preguntó cómo reaccionaría si Israel o Estados Unidos asesinaran al ayatolá Alí Jamenei. Enfrentado a esta realidad, nueve meses más tarde, la muerte del líder supremo de Irán reaviva los temores del presidente ruso sobre su propia seguridad y la de su régimen. El ala dura del Kremlin ve en el ataque de Donald Trump el verdadero rostro de Occidente, la prueba de la imposible reconciliación con Rusia. Mientras tanto, Putin es rehén de su deshielo con el líder norteamericano y no se atreve a enfrentarse con él.
“Ni siquiera deseo discutir esta posibilidad”, afirmó Vladímir Putin en junio pasado cuando un periodista le preguntó cómo reaccionaría si Israel o Estados Unidos asesinaran al ayatolá Alí Jamenei. Enfrentado a esta realidad, nueve meses más tarde, la muerte del líder supremo de Irán reaviva los temores del presidente ruso sobre su propia seguridad y la de su régimen. El ala dura del Kremlin ve en el ataque de Donald Trump el verdadero rostro de Occidente, la prueba de la imposible reconciliación con Rusia. Mientras tanto, Putin es rehén de su deshielo con el líder norteamericano y no se atreve a enfrentarse con él. Sin embargo, a pesar de que muchos analistas han señalado la debilidad del Kremlin, incapaz, una vez más, de salvar a uno de sus socios internacionales, el conflicto en Irán puede resultar beneficioso para Moscú a medio plazo. La subida del precio del petróleo, la caída de la guerra de Ucrania a un segundo plano y la legitimación de la visión geopolítica del Kremlin son algunas de las consecuencias inesperadas de la crisis en Oriente Medio. El fantasma de Gadafi El asesinato del dictador de Libia, Muamar El Gadafi, en 2011, horrorizó y obsesionó a un Putin que empezó a temer un final similar, tal y como recuerda el analista ruso en el exilio Alexander Baunov, en un artículo para el Centro Carnegie Rusia Eurasia. El dirigente ruso lo entendió como una pérfida traición de Estados Unidos y Europa, quienes habían reconocido y negociado con el líder libio. Según Baunov, aquella muerte fue una de las causas de la ruptura de Rusia con Occidente y uno de los motivos que llevó a Putin a volver a optar a la presidencia del país. “La legitimidad debilitada de los regímenes autoritarios se convierte en una amenaza significativa, si no la principal, para su seguridad si surgen actores no sistémicos como Trump”, escribe. Por esta razón, el líder ruso “abraza tan profunda y personalmente” los dramas de Asad, Gadafi y ahora Jamenei. Quince años después, Rusia no se encuentra en disposición de alzar la voz de manera contundente contra la Casa Blanca. Putin se limitó a enviar un telegrama de pésame al presidente de Irán donde criticaba lo que considera una "violación cínica de todas las normas de moralidad humana y del derecho internacional". El telegrama, mucho más escueto y neutro que una declaración televisada, evitaba señalar a los culpables de la muerte de Jamenei y dejaba claro que Moscú ni puede ni quiere antagonizar con un Trump omnipotente, que ha roto el aislamiento de Putin y está mediando para resolver la guerra de Ucrania. Trump como amenaza La contención del Kremlin no ha impedido que los círculos más escépticos de la órbita del poder ruso hayan visto el movimiento de Washington y Tel Aviv como un augurio difícil de ignorar, que cuestiona la misma diplomacia. Incluso el Ministerio de Exteriores ruso lamentó que el ataque se hubiera camuflado bajo la apariencia de unas negociaciones y que, hasta el último momento, Israel hubiera negado su voluntad de escalar la confrontación. Para expertos rusos en política exterior como Fiódor Lukiánov, estos hechos revelan que negociar con Estados Unidos es “prácticamente inútil”. Asegura que las conversaciones con los norteamericanos solo pueden acabar en “capitulación” o en “una farsa en preparación para una solución militar”. Desde su punto de vista, Rusia solo puede confiar en sí misma. Más allá han ido los propagandistas del régimen, que en la televisión estatal han defendido la ruptura total con Trump ante la constatación de que no se conforma con su influencia en el hemisferio occidental. “O ganamos o seremos borrados”, advertía Vladímir Soloviov, presentador del programa más popular de debate del canal Rossiya 1. Uno de sus colaboradores, Andréi Sidorov, profesor de Relaciones Internacionales en la principal universidad para diplomáticos de Rusia, MGIMO, añadía: “Todavía lamento que aquel chico en Butler no apuntara un centímetro más a la derecha”, en referencia al francotirador que intentó asesinar al entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos durante la campaña electoral. La retórica nuclear ha vuelto al repertorio habitual de los políticos rusos para fijar el relato de que Putin no va a ser una víctima como Jamenei porque es el líder de una potencia atómica. “La agresión contra Irán ha demostrado por qué Rusia necesita el Oreshnik, el Poseidón y el Burevéstnik”, apuntaba Andréi Kartapólov, presidente del Comité de Defensa del Senado de Rusia, aludiendo a las nuevas armas de Moscú con capacidad nuclear. Otro ejemplo lo ofrecía el presidente del Parlamento, Viacheslav Volodín: “La única disuasión hoy en día es la presencia de armas nucleares”. A pesar de este alarmismo de los halcones del Kremlin, Baunov cree que Putin es “plenamente consciente” de que Trump atacó Irán no porque fuese un aliado ruso o un representante del denominado “eje del mal”, sino como un objetivo específico. Y concluye: “No siente nada parecido hacia Rusia, hacia Putin en persona, ni hacia las dictaduras en general”. ¿Putin abandona a sus socios? El presidente ruso ya ha perdido a dos socios en dos meses a manos de Estados Unidos, tras la detención de Nicolás Maduro, en Venezuela, en enero. Además, Rusia ya no pudo hacer nada para salvar a Bashar Al Asad en Siria, dejó sucumbir a Armenia ante Azerbaiyán en el conflicto de Nagorno Karabaj (del que finalmente Trump se anotó el punto como pacificador) y sabe que no podrá influir en el destino de Cuba, sea cual sea. Esta aparente debilidad de Putin ha sido motivo de escarnio entre los opinadores occidentales. Ahora bien, algunos analistas relativizan el impacto que esto tiene en la proyección interior y exterior de Rusia. Sam Greene, profesor del Russia Institute de Londres, escribe en X que la idea de que Putin sufre cuando pierde aliados es “pura fantasía de analistas occidentales”, “carece de fundamento” y “no hay ninguna prueba de que le importe, de que esto afecte a su autoridad interna o a su legitimidad internacional”. Hanna Notte, directora de Eurasia del Centro James Martin para la No-proliferación, indica en esta misma red social que la incapacidad para socorrer a sus socios no afecta a su reputación porque Rusia es percibida como un país que lucha “contra toda la OTAN” y en otras regiones se tiene una visión más “indulgente” y “comprensible” de sus limitaciones. Rusia e Irán no son aliados Además, Rusia e Irán no son aliados. Así lo consideran la mayoría de expertos al tomar en consideración el Tratado de Asociación Estratégica que firmaron en enero de 2025, para 20 años, ambos países. En el texto no figura ninguna cláusula que obligue a las partes a la asistencia mutua en caso de guerra. “La guerra en Ucrania parece haber convencido a algunos observadores ocasionales de que Rusia tiene algún tipo de obligación hacia Irán. No es así”, señala en X Nicole Grajewski, autora del libro Rusia e Irán, socios en el desafío desde Siria hasta Ucrania. En los primeros años de la invasión de Ucrania, los drones Shahed iraníes fueron fundamentales para el Ejército ruso, que los usó diariamente para bombardear las ciudades ucranianas. Pero Moscú ha desarrollado sus propios vehículos no tripulados a partir del modelo de Irán y ya no depende en absoluto de las armas de Teherán. Aun así, Notte cree que Rusia “generó ciertas expectativas” al exagerar política y retóricamente el vínculo con el régimen iraní. En su opinión, el Kremlin habría podido contribuir a fortalecer las capacidades defensivas de Irán si hubiera querido, pero no lo hizo. Su pasividad, pues, “es indicativo de cierta impotencia”. En cualquier caso, Grajewski sí ve probable que Putin esté ayudando a Irán “sin cruzar las líneas rojas de Estados Unidos e Israel”. En declaraciones a The New Statesman, la estudiosa manifiesta que Rusia puede estar proporcionando asistencia en el uso de satélites y recuerda que el apoyo del Kremlin ha sido clave para reprimir las protestas contra el Gobierno iraní. “Ese siempre ha sido el principal motor de la relación: la seguridad del régimen y la preocupación por un derrocamiento”, sentencia. El viernes, el Washington Post desveló, citando fuentes familiarizadas, que Rusia ha facilitado a Irán información de inteligencia sobre la ubicación de los activos militares estadounidenses, incluidos buques de guerra y aviones. Pérdida de influencia en la región Los expertos sí ven riesgos en cuanto a la influencia regional de Rusia. Según Notte, toda la política rusa en Oriente Medio se ha basado en el equilibrio entre Irán y sus adversarios. Esto podría cambiar si el nuevo gobierno es menos favorable a Moscú. Putin ha intentado sin éxito erigirse como mediador en el conflicto. En junio de 2025, durante el primer ataque de Israel contra Irán, Trump lo rechazó con cierto menosprecio y le pidió que se centrara en resolver su propio conflicto en Ucrania. Un cambio de régimen también afectaría a los intereses de Moscú en Teherán si los nuevos dirigentes buscan unas relaciones más pragmáticas con Occidente. Aun así, Notte insiste en que “la cooperación económica entre los dos países siempre fue limitada” y recuerda “lo poco que hizo Rusia para aliviar la crisis de Irán bajo las sanciones”. Una mala noticia para Zelenski En cambio, si la crisis militar en Irán se prolonga, el Kremlin puede verse beneficiado, sobre todo en Ucrania. Rusia ve con satisfacción cómo Estados Unidos gasta misiles interceptores Patriot, claves para los sistemas de defensa antiaérea ucranianos. Volodímir Zelenski ya ha advertido del peligro que supondría un desabastecimiento de estas armas para la seguridad de ciudades como Kiev. Esto le ha valido la reprimenda del presidente norteamericano, que ha vuelto a quejarse del gasto excesivo de Joe Biden en envíos de ayuda militar a Ucrania. Zelenski, que se apresuró a aplaudir los bombardeos contra Irán y a considerar "justo" dar a la población la posibilidad de "deshacerse de un régimen terrorista", también teme que su causa desaparezca del foco. Por esta razón, el líder ucraniano ha ofrecido a los países árabes asistencia en la defensa antidrones a cambio de que sus líderes pidan a Rusia un alto el fuego —y también ha dicho que EEUU ha solicitado su ayuda para protegerse de los aparatos iraníes—. No obstante, parece inevitable que la guerra de Ucrania pase a un segundo plano si el principal patrocinador de los esfuerzos para la paz, Donald Trump, está enfrascado en otro conflicto. El propio Zelenski admitió que no sabía cuándo podría tener lugar la siguiente ronda de conversaciones prevista para la primera semana de marzo. Además, también es muy probable que la tensión en Oriente Medio reste efecto a la campaña de presión contra el petróleo ruso que están llevando a cabo Kiev y Washington. Con el cierre del estrecho de Ormuz y la inestabilidad en la región, cabe esperar que los precios de los seguros de los petroleros se disparen, suba el coste del transporte del crudo y los productores rusos, sancionados y en horas bajas, se beneficien. Si China y los países asiáticos se quedan sin petróleo iraní y aumenta la demanda de hidrocarburos rusos, se aliviará temporalmente la crisis de ingresos del presupuesto estatal, limitado por el gasto militar. Triunfa el caos Por último, cada vez que Trump se salta el derecho internacional y pone de manifiesto que el viejo orden fundado por Occidente ya no existe, refuerza los argumentos que Rusia lleva años defendiendo de un mundo multipolar en que cada potencia tenga derecho a defender sus intereses. Y no solo eso, sino que, pese a los aspavientos de Putin acusando a Washington y Tel Aviv de no respetar las normas, su agresión legitima la agresión rusa en Ucrania. Pete Hegseth, jefe del Pentágono, afirmaba esta semana: “Nosotros no empezamos esta guerra, pero con el presidente Trump la vamos a terminar”. Es el mismo argumento que ha utilizado Putin en numerosas ocasiones para justificar la llamada “operación militar especial” en el país vecino. El Kremlin incluso saca pecho de ser “una isla de estabilidad” en medio del “caos general”, tal y como ha dicho su portavoz, Dimitri Peskov, dejando claro que, en un mundo convulso, Kiev lleva las de perder y Moscú siente que tiene mucho que ganar.