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El Mundo ·

Rafael Gumucio: "Ni la izquierda ni la derecha pueden cambiar las cosas, hay un empate de impotencias"

Resumen

Recientemente publicó dos artículos sobre su pasado y presente en España, señalando las diferencias que ha notado.Estuve aquí en pleno aznarato, una época de enorme prosperidad, de sensación de que todo valía, de que todo lo acabarían pagando los alemanes y la Unión Europea. Una época de barra libre liderada por un ser absurdo que nadie quería pero igual pagaba las cuentas. Un presidente gris empeñado en el sueño provinciano de ser un líder mundial en el peor momento y de la peor manera. Después de 2008 viví una época mucho más oscura, más complicada por la crisis económica y el proceso independentista catalán, aunque solo pude contemplar ese derrumbe de soslayo en sucesivas visitas.

Recientemente publicó dos artículos sobre su pasado y presente en España, señalando las diferencias que ha notado.Estuve aquí en pleno aznarato, una época de enorme prosperidad, de sensación de que todo valía, de que todo lo acabarían pagando los alemanes y la Unión Europea. Una época de barra libre liderada por un ser absurdo que nadie quería pero igual pagaba las cuentas. Un presidente gris empeñado en el sueño provinciano de ser un líder mundial en el peor momento y de la peor manera. Después de 2008 viví una época mucho más oscura, más complicada por la crisis económica y el proceso independentista catalán, aunque solo pude contemplar ese derrumbe de soslayo en sucesivas visitas. Mientras que ahora siento que, de alguna forma, ha vuelto algo de la prosperidad y la tranquilidad que se disfrutaba a principios de los 2000 pero con resabio de la rabia que la crisis despertó todos estos años de decepción. En los medios de comunicación hay un ambiente de crispación de preguerra civil y, sin embargo, en la calle no detecto nada de eso, al contrario. España es uno de los países más agradables para vivir en Europa pero vive como si no quisiera saberlo. Obviamente tiene problemas, como pasa en otras sociedades, pero si lo comparo con otro de los países que visito con bastante frecuencia, como Estados Unidos, no tiene nada que ver. En EEUU la crispación por la llegada de Trump a la Casa Blanca se percibe de manera clara en la calle. En España existe el riesgo de que esta crispación artificial salte a la calle y termine por influir en su vida cultural y económica. Aunque, por lo pronto, veo el debate cultural hecho un desastre.¿En qué sentido?Se ha empobrecido mucho el debate, es muy escaso. Hay un tipo de literatura muy personal donde los personajes son los animales domésticos de sus animales domésticos (preferentemente gatos). No hay vuelo, no hay riesgo, no hay exigencia. Ya lo vivimos con la polémica en torno al escritor Uclés: los debates están basados en no voy donde va este. Por eso decía antes que la crispación política afecta y en algún momento va a hacerse real, entre otras cosas por esa llamada ultraderecha que la izquierda ha inventado y que quizá algún día llegue a serlo de verdad. Si la ultraderecha es Cayetana Álvarez de Toledo, como dicen ciertas izquierdas, a todo el mundo le gustaría tener en su país una ultraderecha así. No se puede decir lo mismo de Abascal, pero da la impresión de ser una persona que anda con una máscara que no puede separar de su cara.En su primera etapa española vivió el paso de Aznar a Zapatero. ¿Se podía imaginar este final del socialista como oscuro comisionista internacional?Siento que lo que hizo Zapatero fue empujar a España a decir «ya basta del intento de ser europeos» y entrar en ese terreno en el que los conceptos son vagos, las ideas son relativas. El «buenismo» como el «malísimo» es pura flojera intelectual. Zapatero fue un adiós a Max Weber, o Elias Canetti, Ortega y Gasset que solían ser al alimento del editorialismo español de mi época; y de bienvenida al Fórum de las Culturas y la Alianza de Civilizaciones, o sea todo y nada. Una visión sentimental de la memoria histórica o de los derechos de las minorías, incluidos el trato del tema vasco y catalán, que se basa en la extrema simplificación de cualquier cosa que podría ser compleja. Ese «todos tan amigos» muy español, tan agradable pero tan infértil intelectualmente; y el «tampoco pasa nada» donde en el fondo pasa todo por debajo, todo lo que ya nadie discute. Este es un país que come croissant solo para desayunar, o sea que tiene algunas instituciones a la francesa que son esenciales a su arquitectura política, pero que cree como cualquier país latino (Italia, Rumania o Latinoamérica) que la democracia es sinónimo de carnaval. Aunque el carnaval tiene la ventaja de durar unos días y venir precedido de la cuaresma. El procés fue eso, hagamos como que nos queremos independizar, como que somos perseguidos, aunque que a la hora de la verdad no tengamos nada preparado y no hagamos nada real. Fue un proceso tan ridículo y quedó tan en evidencia que fue una vergüenza para todos, empezando por el independentista sincero, y eso sumió al nacionalismo en una lógica depresión que ahora lo lleva a cargar contra el turista, el expatriado, el inmigrante latinoamericano. Eso se nota ahora en una parte de la sociedad barcelonesa que presumía con razón de una cierta élite intelectual avanzada sin la que la Transición o el boom habrían sido imposible. Todo eso quedo hundido en la parodia del procés. Pero al mismo tiempo me gusta más la Barcelona de ahora, porque siento que esa ciudad del diseño y del escaparate para el mundo está en retroceso, y vuelve a ser una ciudad más popular y mestiza, la Barcelona del Mercado de San Antonio, del Paralelo; mezcla de gente rara, que se parece más a las películas españolas de los 50 que tanto me gustan, que al Madrid de hoy. Hablan de Madrid como el Miami europeo.Cada vez que paseo por Almagro o Salamanca hay una fiesta de disfraces. La última vez la mitad eran indios con pluma y la mitad pistoleros. Es una sensación muy rara. Tengo la impresión que ese liberalismo libertario de Ayuso no es nada más y nada menos que una frivolidad reivindicada como fin último de la política. Un soy frívolo ¿y qué? Soy ignorante, ¿y qué? Ese concepto de la libertad que en realidad no tiene nada que ver con la libertad, sino con la irresponsabilidad. Pero, por otro lado, un amante como yo de la película La Dolce Vita, de Fellini, no puede estar más que entusiasmado con el espectáculo de la ciudad y sus señoras y señoritas caribeñas que suben y bajan de una alfombra roja permanente. Cuando presentan a Ayuso como la némesis de Sánchez me llama la atención, porque están enfrentados como en un reality show; son una pareja perfecta para dar espectáculo televisivo. Los dos reivindican su apariencia física y su falta de rendir cuentas. Todo se ha convertido en Operación triunfo, con el problema que arrastran esos programas, que es su obligación de estirarse temporada a temporada hasta perder cualquier sentido de la tensión dramática.La crisis o desaparición de la socialdemocracia es una constante en la mayoría de los países europeos e hispanoamericanos. El PSOE, en este sentido, es todavía una anomalía.En el fondo, la socialdemocracia carga con el pecado más grave con que se puede cargar hoy en día: no es divertida. La socialdemocracia necesita una disciplina, una forma de autodisciplinarse, que hoy en día no se puede exigir a nadie. Para que haya socialdemocracia tiene que haber gente que cumpla las normas, que no quiera saltarse la fila ni hacer trampas. Es cierto que la élite debe dar ejemplo, y no lo hace, aunque no liberaría de culpa a los gobernados de los dislates de sus gobernantes. La corrupción no sería generalizada si no fuese parte de un instinto común a casi todos. El horror ante el corrupto se resume en la rabia de no tener la posibilidad de corromperse como él. Hay una lógica del todo vale que las redes sociales han instaurado y que es muy incompatible con la socialdemocracia que necesita primero que un hombre sea un voto y que sea responsable de sus decisiones. No hay socialdemocracia para avatares. Mi papá en Facebook vio a un tipo encapuchado de manera combativa que le pedía ser su amigo. Creo que quizás esa imagen resume mejor que ninguna la época.Hablemos de Chile. ¿Cómo está siendo el cambio de un Gobierno de izquierda dura, con Boric, a uno de derecha dura, con Kast?El proceso de cambio de poder no ha sido tan traumático en parte porque la nueva izquierda tuvo la oportunidad de ver sin escapatoria cómo su programa, resumido en el proyecto constitucional de 2021, era ampliamente rechazado por la ciudadanía en un plebiscito en que el rechazo ganó con el 60%. Aunque creo que lo más aleccionador fue el alivio con que esa izquierda vivió ese rechazo y volvió a gobernar «lo posible», es decir un país que ama el orden pero que no soporta el abuso. Lo que sí sorprende es la ineficacia y la total improvisación del Gobierno de Kast. No logra conseguir nada de lo que se propone, ni parece tampoco que quiera cumplir realmente sus promesas más duras como la expulsión de miles de inmigrantes. Tampoco hay un regreso del pinochetismo más allá de alguna que otra bravata inútil. Kast ha tenido que jurar que no recortará programas sociales y no innovará en temas «valóricos» (divorcio, aborto). Seguro que lo intenta, pero no creo que tenga éxito. Si antes hablábamos del fracaso de la socialdemocracia, podríamos hablar ahora de su éxito, en el sentido de que todos los gobiernos liberales, menos el de Milei y el de Bukele, se ven obligado a conservar los pilares del Estado del bienestar. Un buen ejemplo es la política de inmigración de Trump y de Biden. La de Trump hace cosas mucho más espectaculares, horribles, inadmisibles, pero en cifras gruesas no es muy diferente de lo que hacían las administracones Biden u Obama. De hecho, su torpeza hace que finalmente haga menos. No creo que ni Biden ni Obama se hubieran atrevido a concederle tanto a Irán. ¿Y Pedro Sánchez? ¿Ha hecho una revolución socialista? ¿Ha acabado con la economía de mercado? ¿Ha arruinado al Ibex-35? Yo creo que no. ¿Y Feijóo? ¿Con qué Gobierno acabará con la Seguridad Social y la sanidad pública? Tampoco. La virulencia del debate político tiene que ver con la impotencia de los actos. Otro país en el que ha vivido por razones familiares, y que conoce bien, es Estados Unidos. ¿Fue allí donde descubrió el 'wokismo'?Yo descubrí el 'wokismo' en 2018, en Chile, que es un país donde las modas se extralimitan mucho, con la ola feminista (aunque antes tuve problemas con los animalistas). Tuve la mala suerte de expresar algunos posicionamientos que me parecían atendibles, algunas diferencias que me costaron entrar en una lista negra. Pedí de manera infructuosa poder debatir con mis contrarias en la universidad en que doy clases, pero descubrí que en el fondo esto era imposible, porque justamente hubiese terminado por estar de acuerdo en demasiadas cosas. Me di cuenta que ese acuerdo era una forma de insulto. El wokismo no es proselitista. La base del wokismo es que rechaza cualquier conversión, cualquier ilusión de convencer. Esto se basa solo en vencer pero sin poder para conseguir ninguna victoria en el mundo real. El wokismo es un tono, no es una idea;es una forma, no un fondo; es la idea que no hay fondo, sino solo forma. Es un discurso de izquierda que se ajusta a prácticas de vida neoliberales. Un discurso que se presenta siempre como víctima de algún colectivo o conspiración que ha sido adoptado sin dificultad por la nueva derecha porque está en su ADN también. Es cosa de ver la cantidad de antifas que fueron antes neonazis y neonazis que se convierten en antifas. El feminismo nuevo, el ecologismo radical o el antirracismo nuevo que define lo woke no es ninguna novedad ideológica. No hay un solo autor, aparte de Judith Butler -aunque ella empezó en los 80-, que aporte una idea nueva; la novedad está en su forma de comportamiento y en su sentimiento de nula responsabilidad. Nicanor Parra llamaba a vivir la contradicción sin conflicto; creo que el espíritu de la época quiere vivir el conflicto sin contradicción.La idea del apocalipsis, de un shock civilizatorio, debido a factores como el cambio climático, la IA o la sobre población está de nuevo presente en el discurso político y cultural.El fin del mundo quizá solo es siete días más joven que su creación. El Génesis es una sucesión de momentos en que Jehová está a punto de acabar con la humanidad y se arrepiente a último minuto de hacerlo. Por eso yo soy un apocalíptico integrado. Cada vez que surge una nueva tecnología pienso en ella intelectualmente como infernal y estoy de acuerdo con sus críticos más radicales, aunque la uso con asiduidad de tal forma que no puedo ya vivir sin ella. Me pasó con Twitter y me pasa ahora con la IA. Siento que los monstruos que estas tecnologías crean son previos a la tecnología misma. Para hacer un juego de palabra griego, lo peligroso no es la tecnología, sino la logotecnia que la engendra. Por ejemplo, el asambleísmo que fue siempre una tara de la izquierda antes duraba un día, ahora es constante y sin fin porque es parte de lo que las redes sociales necesitan. Los chalecos amarillos y el estallido social no habrían llegado a ser lo que fueron si no fuesen de alguna manera un app más del teléfono móvil. «El agente provocador», tan dañino en toda revolución, que antes era detectable , ahora somos todos y cualquiera. Hemos acabado democratizando todo menos la economía. Las distintas élites se han reducido a uno sola: la económica. La lucha de clases no se ha abolido, se ha simplificado, ya no hay burgueses, aristócratas, proletarios y lúmpen proletario sino usuarios y dueños. Pero por otro lado yo, que me crié durante la Guerra Fría. Viví el miedo de que alguien apretara el botón nuclear; la pregunta que deberíamos habernos hecho es por qué nadie, ni en Rusia ni en EEUU, apretó ese botón 30 años seguidos. Esa pulsión que hace que no apretemos el botón nuclear -o que, al final, la oveja Dolly no fuera clonada por miles- me resulta más interesante que la del Apocalipsis. Eso pasa con la inteligencia artificial: cuando llegue a superarnos y convertirnos en sus esclavos seguramente se impondrá esa energía que nos lleva a evitar la destrucción total.Usted publicó en 2018 un libro sobre el hecho de ser católico.Escribí el libro en la época en que el catolicismo había perdido todo el fuelle, más aún en Chile por los casos de abusos sexuales en los colegios y conventos que fueron particularmente feroces. Me adelanté a un renacer del catolicismo romano que veía imposible que, tarde o temprano, no sucediera, porque el cristianismo es una pauta moral y de comprensión del mundo, una filosofía inseparable de Occidente e inseparable de la forma en que la izquierda piensa el mundo. No puedo concebir una izquierda desconectada de la idea central del cristianismo de que los pobres, los oprimidos, son los elegidos y que a ellos hay que darles atención preferente. Eso es particularmente fuerte en el catolicismo romano. DNINació en Santiago (Chile) en 1970. Escritor y periodista, colabora con diferentes medios internacionales como Letras Libres y The New York Times. De su obra literaria, destacan Memorias prematuras (1999), ¿Por qué soy católico? (2019), Comedia nupcial (2002), Los parientes pobres (2024).