La mala dimisión
ResumenLa última aportación de Óscar Puente a la política española ha sido vaciar de significado la palabra 'dimisión'. Según la RAE, dimitir sería renunciar a algo, especialmente a un cargo. Implicaría, ahí va mi propia definición, un poco intuitiva y a vuelapluma, el reconocimiento de ... un vínculo insostenible entre un daño y la representación del cargo al que se renuncia.
La última aportación de Óscar Puente a la política española ha sido vaciar de significado la palabra 'dimisión'. Según la RAE, dimitir sería renunciar a algo, especialmente a un cargo. Implicaría, ahí va mi propia definición, un poco intuitiva y a vuelapluma, el reconocimiento de ... un vínculo insostenible entre un daño y la representación del cargo al que se renuncia. Por eso estimo imprescindible el cumplimiento de, al menos, cuatro requisitos. El primero sería que debe decidirla aquel que dimite. De no ser así, de hacerlo otro, sería un cese maquillado, una suerte de destitución disfrazada. Quien dimite lo hace ante los ciudadanos y no ante un superior. No se pide permiso ni autorización, ni se impone u ordena, porque se hace, se debería hacer, por convicción. La convicción, y esto enlazaría con el segundo de los requisitos, de que con su salida se protege a la institución representada. No a un partido, a unas siglas o al interés de una candidatura. Se trata de establecer una clara separación entre el cargo y la persona para que el primero siga contando con la credibilidad y confianza de la ciudadanía cuando la segunda las ha perdido. Si Óscar Puente, como sostiene, decidió su dimisión en los primeros minutos tras el accidente, si presentó esa dimisión en privado y esta fue rechazada para, más tarde y cuando convino, por las razones que sean, aceptarla y consumarla, no cumple con la primera condición. Si, además, se hace ahora, una semana después de la tragedia, para salvar una campaña y por cálculo electoral nomás, tampoco cumple con la segunda. La tercera de las condiciones para ser una dimisión con todas las letras sería que debe implicar un coste. Su valor radicaría en la renuncia, en la pérdida. Pero si uno dimite cuando a lo que renuncia, lo que pierde, ya no vale nada, a semanas de unas elecciones y cuando ya no es de utilidad para nadie, ni siquiera para él mismo, que permanezca en su puesto, eso no es una dimisión: es un abandono. La cuarta es que se asume una responsabilidad, no culpabilidad. Uno, con su dimisión, no confiesa ser el causante de una tragedia sino que reconoce que debe responder ante la ciudadanía por aquello que la causó. Si, como hizo Puente, argumenta para no hacerlo que eso no devuelve a un hijo o que desconoce el «nivel de confort» que puede proporcionar, «en qué medida de cero a cien reconforta» a quien ha perdido a un hermano o una pierna, se exige al acto de dimitir algo que no le corresponde y, por tanto, puede declararse como inútil. Puente, no contento con no cumplir ni una sola de las condiciones, justifica ahora su decisión aludiendo a la «dignidad, coherencia y empatía hacia las víctimas», como si fuera incapaz de renunciar a un chiste de mal gusto final. No solo vacía de significado la palabra: envilece el acto.