Esta mujer es la última en llegar al escenario de una catástrofe: "En ocho semanas la solidaridad con las victimas del tren habrá desaparecido"
ResumenHace una década Lucy Easthope participaba en una reunión en Londres, cerca del Ministerio del Interior, con un pequeño grupo de académicos, policías y funcionarios en la que se demandaba una reflexión profunda sobre la gestión de emergencias en el Reino Unido. En un momento dado, ella formuló una pregunta que fue recibida como una bofetada incómoda por muchos presentes: «¿Qué pasa cuando son las propias autoridades las responsables de una catástrofe?». Para esta mujer, todos los ejercicios de simulacros de catástrofes estaban pensados para responder a un daño producido por un «culpable exterior», principalmente de índole terrorista. Había detectado que se partía de una premisa errónea: la de que las autoridades siempre toman decisiones correctas que los ciudadanos obedecen con diligencia.
Hace una década Lucy Easthope participaba en una reunión en Londres, cerca del Ministerio del Interior, con un pequeño grupo de académicos, policías y funcionarios en la que se demandaba una reflexión profunda sobre la gestión de emergencias en el Reino Unido. En un momento dado, ella formuló una pregunta que fue recibida como una bofetada incómoda por muchos presentes: «¿Qué pasa cuando son las propias autoridades las responsables de una catástrofe?». Para esta mujer, todos los ejercicios de simulacros de catástrofes estaban pensados para responder a un daño producido por un «culpable exterior», principalmente de índole terrorista. Había detectado que se partía de una premisa errónea: la de que las autoridades siempre toman decisiones correctas que los ciudadanos obedecen con diligencia. «Sentía que nos estábamos preparando para el último desastre, no para el que estaba por venir». En 2013 Easthope escribió con un colega un estudio que tituló La incertidumbre persiste, en el que trataba el caso de un tren de mercancías que transportaba petróleo y que descarriló a las afueras de Quebec provocando un reguero de explosiones que formaron una bola de fuego que acabó con la vida de 46 personas. Este caso y su dilatada experiencia hacen de esta inglesa una voz más que autorizada para hablar de la fase silenciosa que casi nunca se cuenta tras una calamidad tan terrible como la sucedida el pasado miércoles en la provincia de Toledo, cuando chocaron dos trenes de alta velocidad. «En campaña electoral, una catástrofe como la que acaba de suceder en su país suele desembocar en un show de políticos que buscan la foto o el titular, lo he visto muchas veces», dice Easthope en un salón de la Fundación Rafael del Pino, de Madrid, unas horas antes de su conferencia dedicada a su libro Después del shock. Claves transformadoras para salir adelante en tiempos de crisis, que acaba de publicar en español Plataforma Editorial. «Este suceso tiene un impacto fundamental sobre la psique del país, y el Gobierno tiene que ser consciente de ello». Esta mujer, especializada en recuperación posdesastre, admite que no se pueden controlar las hecatombes, pero asegura que sí está dentro de la responsabilidad de un cargo que no se cometan errores que sucedieron en catástrofes precedentes. Easthope, licenciada en Derecho y doctora en Medicina, se describe como «la última» en responder a una emergencia. Ella es la persona que aparece en la zona cero del caos cuando los responsables de las labores de auxilio han hecho su trabajo. Lleva un cuarto de siglo ayudando a la gente a recuperarse de hechos teñidos de sangre como los ataques del 11 de septiembre en Nueva York, el tsunami en Tailandia de 2004 o los atentados de Londres de 2005. Ha visto de todo. Desde accidentes aéreos hasta inundaciones, pasando por edificios devorados por el fuego y sucesos en empresas químicas. Entre sus tareas está la de moverse entre los escombros recuperando pertenencias personales, asesorar sobre la limpieza o la reconstrucción de las comunidades afectadas, como hizo en la localidad neozelandesa que sufrió un terremoto en 2011. Para ella, un desastre como el de Toledo se divide en dos: «La primera parte es el accidente en sí y, la segunda, la que involucra al cuidado de las víctimas, siendo claves la recuperación e identificación de los cuerpos, así como sus bienes personales, que son muy importantes para las familias. Gran parte de las orientaciones sobre la recuperación de un desastre se reduce al ritmo y al momento oportuno. No toda la ayuda es buena si no se da cuando corresponde». Esta experta reconoce haber aprendido que los efectos personales recogidos en el lugar de los hechos, guardados de forma segura, pueden esperar unos días. La conversación sobre el funeral también. «En situaciones menos trascendentales, sé que a menudo las noches son mejores para una ayuda tranquila y reflexiva a los afectados, no verbal. Por ejemplo, sugerir dar un paseo y darle a una víctima un pastel de fruta. Las conversaciones más activas son las que ayudan y son mejor por la mañana». En estos días de resaca emocional se centran en el duelo, pero una situación tan aterradora tiene demonios mucho más profundos que se esconden en las emociones de quienes han vivido el suceso. «Hay muchos pasajeros que han podido salir ilesos del accidente ferroviario, sin secuelas físicas, pero sus vidas acaban de cambiar por completo». Y lanza una advertencia: «La sociedad no se da cuenta del impacto que han sufrido: esta gente necesitará apoyo».A primera vista, Easthope no da el perfil de especialista en desastres, de aventurera de la adrenalina en la erupción de un volcán o de rastreadora de los cascotes que cubren a una familia tras una explosión o un golpe de tierra. Tiene artritis, reconoce estar dotada de un horrible sentido de la orientación y la cadera le da problemas de movilidad. A pesar de su tarjeta de visita, viste trajes estampados de flores y su tono de voz es suave, casi musical. Cuando sonríe, lo hace con una ternura que no parece la de alguien que convive con la muerte. «Un buen día» para ella, en el que las cosas han salido bien con la llegada de víveres o la instalación de unas duchas en una zona cero, es para los demás la peor jornada que recordarán en sus vidas. Para saber másTragedia ferroviaria. El vagón 8 del AVE incrustado en un vagón del Iryo, la imagen de la tragedia con decenas de vidas rotas: Antonio, Adriana, Ana, Raúl, Julieta...Redacción: OLGA R. SANMARTÍN Redacción: ANA CARRASCO MadridRedacción: ESTHER GÓMEZ El vagón 8 del AVE incrustado en un vagón del Iryo, la imagen de la tragedia con decenas de vidas rotas: Antonio, Adriana, Ana, Raúl, Julieta...Toledo. Los desaparecidos del accidente de trenes en Urda: un presentador de televisión, una empleada de Metrovacesa, un director de colegio, el maquinista...Redacción: OLGA R. SANMARTÍN Redacción: ANA CARRASCO Redacción: ESTHER GÓMEZ Redacción: JAVIER SÁNCHEZ Redacción: MARINA PINA Redacción: LUIS F. DURÁN Redacción: DANIEL SOMOLINOS Redacción: VIRGINIA GÓMEZ Los desaparecidos del accidente de trenes en Urda: un presentador de televisión, una empleada de Metrovacesa, un director de colegio, el maquinista... P. Quería preguntarle sobre un comportamiento que se da en estas situaciones. Da la impresión de que el único objetivo de los políticos es «recuperar la normalidad». Una buena gestión mediática impulsa carreras, mientras que una mala las hunde. R. Los gobiernos se interesan por la opinión pública, quieren decir cuanto antes que los trenes vuelven a funcionar y lanzar mensajes de cara al exterior de que el país funciona. A los políticos les queda todavía mucho por aprender, todavía no saben nada de la ciencia de los desastres.Esta inglesa considera que el tiempo en estos sucesos es clave. La solidaridad de todos los españoles, los comentarios en redes sociales, las horas de televisión, por desgracia, tienen fecha de caducidad. La empatía será aplastada por otra noticia, otra catástrofe. «La solidaridad y el interés informativo no dura más de ocho semanas», anuncia. «Luego las víctimas se sentirán abandonadas porque verán que el resto de la gente sigue con sus vidas y no pueden procesar que ellos sigan sufriendo tanto». Cuando el ruido se apaga, empieza lo realmente difícil. Según su experiencia y sus conversaciones con cientos de víctimas, hay un patrón que se repite, no sólo en estos grandes desastres, sino en las pérdidas que sufrimos cualquiera de nosotros: una breve sensación de impulso inicial, seguida de un descenso emocional profundo y una reconstrucción lenta, que casi siempre es irregular y también desconcertante. Se han observado dos tipos de comportamientos a largo plazo en los supervivientes de enormes tragedias. A menudo las personas recurren a cambios drásticos en su vida: un nuevo trabajo, un divorcio o una mudanza. Eso Easthope lo llama el gran éxodo. Muchas decisiones son poco meditadas y autodestructivas. Por eso es necesario tener una red de apoyo y, si es necesario, terapia para evitar precipitarse, ya que las consecuencias suelen quedar envueltas en la amargura y la insatisfacción por los cambios realizados. Luego está lo que ella define como la epifanía, que es la que se produce si la víctima ha contado con ayuda para afrontar su nueva vida. Es mucho más pausada que el gran éxodo, implica cambios, pero estos van asociados a la búsqueda de un propósito y alcanzar la plenitud. Se trata de gente que deja su trabajo, pero lo hace con un plan. Hacen lo mismo, pero de forma diferente. Se toman su tiempo en vender su casa y diseñan un itinerario si quieren viajar durante una época. Invierten en salud mental y en autocuidado. Cambian de preferencias. En definitiva, son decisiones meditadas. En su trabajo Easthope utiliza mucho la palabra permacrisis: esa sensación constante de pasar de un gran acontecimiento a otro sin periodos de respiro ni tiempo «para recuperar el aliento». Las imágenes que acompañan a la permacrisis son inmediatas, no son editadas. No hay filtros. Eso hace que la gran cantidad de impactos que recibimos de las tragedias colectivas hagan que su espectador considere que la guerra y el hambre son más terribles que nunca, cuando no es así. Ahora vemos en las redes sociales sin descanso fotos de cadáveres de soldados en Ucrania o vídeo de niños rodeados de edificios en ruinas de Gaza. Esta exposición constante al dolor hace que a Easthope le pregunten con frecuencia cómo puede sobrellevar esa carga, dormir y estar con su familia cuando unos días antes ha paseado entre la desolación. Para comprender el peculiar carácter y arrojo necesario para este oficio de la especialista de las emergencias es realmente interesante leer un fragmento de su libro Después del shock en el que Easthope dibuja su autorretrato. «Nací con la capacidad de ver al tigre entre la maleza. Incluso el que está realmente oculto, ese que algunos podrían pasar por alto, ignorar o confundir con una alfombra. Siempre he percibido lo que viene después en una cadena de daños como una especie de hormigueo corrosivo, con una certeza y una urgencia que me convertían en una pésima empleada. Soy seria y bienintencionada, pero también entrometida y obstinada. De niña, tiraba de las mangas de los adultos hasta que escuchaban mi advertencia y hacían algo al respecto». Su primera experiencia con un desastre se produjo cuando sólo tenía 10 años. Había ido a ver con su familia un partido de fútbol en el estadio Hillsborough, en Sheffield, que se jugó el 15 de abril de 1989. Murieron 97 aficionados en la considerada mayor tragedia del deporte inglés. Al principio parecía que una estampida de los aficionados del Liverpool contra las vallas desencadenó la masacre, si bien investigaciones posteriores demostraron que la Policía había mentido. El recinto no cumplía con las medidas básicas de seguridad y aquel día se había permitido un exceso de aforo. Lo vivido le impresionó mucho. La década de los 80, la de su niñez, en Inglaterra es conocida como la Década de los desastres. Los informativos abrían con la explosión de una mina o un accidente en una plataforma petrolífera, el atentado del vuelo de la Pan Am sobre Lockerbie y el naufragio de un ferry en el Canal de la Mancha. Acontecimientos que hicieron que una Lucy curiosa empezara a hacer preguntas extrañas a sus padres: «¿Cómo se escapa uno cuando un barco ha volcado?» «¿Dónde se guardan los cadáveres?». Todo era una forma de intentar domar la incertidumbre que marcaría su edad adulta.«La vida es incierta», sostiene. «Lo que viene después es incierto. Pero saberlo afila la mente y la concentra. ¿Mi mayor lección aprendida en estos últimos años? Que no hay ninguna garantía del mañana. Todo lo que tienes es hoy».