Pedro Trapote, dueño de chocolaterías San Ginés: "No llego a 500 euros de pensión y pago 300 de cuota de autónomos"
ResumenPedro Trapote responde a la pregunta sobre cuándo se va a jubilar sin pensárselo. No necesita tiempo para buscar una frase ingeniosa porque lleva muchos años dándole la misma respuesta a todo el que se la hace. "Jubilarse es empezar a morir", afirma mientras recibe calurosamente a este suplemento en su centro de operaciones, la chocolatería San Ginés que está en el centro de Madrid. Tiene 86 años y sigue trabajando todos los días.
Pedro Trapote responde a la pregunta sobre cuándo se va a jubilar sin pensárselo. No necesita tiempo para buscar una frase ingeniosa porque lleva muchos años dándole la misma respuesta a todo el que se la hace. "Jubilarse es empezar a morir", afirma mientras recibe calurosamente a este suplemento en su centro de operaciones, la chocolatería San Ginés que está en el centro de Madrid. Tiene 86 años y sigue trabajando todos los días. Continúa dado de alta como autónomo, mantiene reuniones, visita sus negocios, piensa en nuevas aperturas y todavía dedica parte de su tiempo a estudiar proyectos empresariales de otros. Mientras muchos cuentan los meses que les faltan para dejar de trabajar, él asegura que sigue teniendo exactamente la misma ilusión que cuando empezó. "Tengo la necesidad de estar encima de los negocios, de ampliarlos en la medida de lo posible." Una de las razones por las que conserva ese entusiasmo está lejos de sus propias empresas. Desde hace años forma parte del jurado de los Premios Jaime I de Valencia, uno de los grandes reconocimientos españoles al emprendimiento. Allí escucha los proyectos de empresarios mucho más jóvenes y sale con la sensación de que todavía queda mucho por hacer. "Ves gente con unas inquietudes empresariales tan maravillosas que te anima a seguir. Te contagian." Su historia comenzó muy lejos de los focos y de los restaurantes llenos de turistas. Nació en Valladolid y es hijo de un carpintero. La falta de oportunidades obligó a su familia a marcharse a Barcelona. "Pedro Trapote ha sido un emigrante interior." Recuerda aquellos años con más orgullo que nostalgia. Asegura que fue precisamente entonces cuando aprendió el valor del trabajo y de las oportunidades. Por eso, cuando alguien dice que empezó desde cero, él corrige: "Menos cero." Trapote dentro de la chocolatería San GinésÁNGEL NAVARRETE Aquella etapa también le permitió descubrir algo que marcaría toda su carrera empresarial. En Sitges abrió una pequeña tienda de artesanía de piel dirigida a los visitantes extranjeros y comprendió que el turismo acabaría siendo uno de los grandes motores económicos del país. "Me di cuenta perfectamente de que el turismo iba a ser la auténtica fuente de riqueza de España." Desde entonces nunca dejó de observar qué hacían otros antes que él. Viajar se convirtió en una forma de aprender. Uno de esos viajes cambió su vida. A finales de los años 70 leyó en la prensa que había una discoteca en Nueva York que estaba revolucionando el ocio nocturno mundial: Studio 54. Cogió un avión y se fue a verla. Durante tres noches seguidas intentó entrar sin éxito. "No me dejaron entrar, me verían pintas de paleto, no sé." Aquello, lejos de desanimarle, despertó todavía más su curiosidad. La cuarta noche decidió darle cien dólares al portero. "Y me dejó entrar." Lo que encontró dentro le dejó sorprendido. "Fue el primer sitio donde me di cuenta que la puerta en estos locales nocturnos tiene importancia. Había una selección por parte del portero. Cuando entré y vi lo que era, me quedé totalmente fascinado." JOY ESLAVA Regresó a Madrid y colgó el cartel de 'Se compra teatro'. Era una época en la que este espectáculo empezaba a flojear y los que lo llevaban -Luis Escobar, el marqués de las Marismas, entre otros- tenían ganas de entregar el testigo. Poco después encontró la oportunidad de comprar un viejo teatro, lo que después se convertiría en la sala Joy Eslava. "Todo era barro, madera y cordel. Yo pensaba si se ponen aquí a bailar 1.500 personas esto se viene abajo." Lo reformó y las obras se alargaron durante casi dos años. Cuando por fin estaba todo preparado ocurrió algo que amenazó con echar por tierra el proyecto. El 23 de febrero de 1981, Antonio Tejero entró armado en el Congreso de los Diputados. La joven democria se tambaleaba. Trapote ya había enviado invitaciones para inaugurar Joy Eslava dos días después. "Mandé cinco mil invitaciones... y me encuentro con el tejerazo." El 25 de febrero de 1981 abrió las puertas de Joy. Recuerda perfectamente el ambiente que se respiraba entonces en Madrid. La democracia todavía era frágil pero resistió la embestida. "Había unas ansias de libertad tan grandes..." Joy Eslava se convirtió enseguida en uno de los símbolos de aquella época. "Fue espectacular. Se convirtió en el centro social de Madrid." Por allí pasaron jefes de Estado, actores, cantantes, escritores y deportistas. Desde Tina Turner hasta Plácido Domingo, pasando por Jimmy Carter, Gina Lollobrigida, Mario Vargas Llosa o el doctor Christiaan Barnard, el primer cirujano que realizó un trasplante de corazón. Pero cuando se le pregunta cuál fue realmente el secreto del éxito, no habla de los famosos. Habla de responsabilidad. "Yo tenía cinco hijos varones. Tenía mucho miedo de coquetear con el alcohol o con otro tipo de cosas." Pedro Trapote en sus comienzos como empresarioCedida Durante décadas dirigió uno de los grandes templos de la noche madrileña sin beber alcohol, sin fumar y sin tolerar el consumo de drogas dentro de sus locales. "Yo no puedo decir que no pasara. La vida es así. Pero nunca lo permití ni fui partícipe." Cree que aquella disciplina fue decisiva. "Si no das ejemplo a tus hijos... Desde luego si sigo aquí es porque tengo esa cartilla limpia de no haber bebido, fumado o tomado sustancias". Ahora sigue siendo el dueño de Joy pero desde 2018 son otros los que la explotan. Esta manera de entender los negocios también explica otra de las decisiones más importantes de su carrera. Después de consolidar Joy Eslava, Trapote empezó a fijarse en un detalle que otros pasaban por alto. Cada madrugada veía salir a cientos de personas buscando algo que comer después de la fiesta y antes de volver a casa. Recordó entonces un artículo que había leído en Estados Unidos sobre las propiedades del chocolate caliente después del consumo de alcohol y empezó a darle vueltas a una idea. "Yo veía que cuando cerraba Joy, la gente se iba a San Ginés." La histórica chocolatería, fundada en 1894, pertenecía entonces a una señora mayor que vivía sobre el propio local. Trapote terminó comprándola con la convicción de que aquel negocio todavía tenía mucho recorrido. Hoy la Chocolatería San Ginés recibe cerca de dos millones de visitantes al año y se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de Madrid. "Es un producto muy humilde, el churro con chocolate, pero muy agradable", resume. Precisamente esa sencillez es la que cree que explica su éxito. "No vienes a tomar champán ni caviar. Vienes a tomar un chocolate con churros." Lejos de conformarse con convertir San Ginés en una institución madrileña, sigue pensando en cómo hacerla crecer. Sus hijos dirigen establecimientos en Austin (Texas), Miami o Lisboa. Hace apenas unas semanas inauguraron otro en Manila y estudian nuevas aperturas. "Yo tengo la ilusión de que mientras Dios me dé fuerzas, podamos seguir ampliando este concepto." Su imperio chocolatero es tan vasto que sus hijos no han dudado en unirse a él. Sergio, Pablo, Alejandro y Gonzalo trabajan con su padre y aprenden mucho de él. Aunque han estudiado todos en muy buenos colegios e incluso tienen experiencia profesional fuera de España, han apostado por el negocio familiar. "Ya se han incorporado también Pablito y Álvaro, dos de mis nietos. Me dicen: 'Papá, ya puedes descansar'. Y yo les respondo que primero me tienen que demostrar que son capaces de que el barco llegue a buen puerto. Todos están muy integrados." En la barra de San GinésÁngel Navarrete Hace poco recibió el informe de su vida laboral y todavía recuerda las cifras. "Llevo 58 años y siete meses cotizando." Con 86 años cobra una pensión reducida porque continúa al frente de sus empresas. "No llego a 500 euros de pensión y pago 300 de cuota de autónomos." A lo largo de su carrera ha tratado con presidentes del Gobierno, empresarios, artistas, deportistas y miembros de la realeza. Ser cuñado de Felipe González nunca le ha impedido mantener una buena relación con dirigentes de otros partidos. Prefiere hablar de personas antes que de siglas y rehúye las trincheras políticas. "Lo que más orgullo me da, por mi origen, es poder dar trabajo a la gente. Crear puestos de trabajo es lo más importante que he hecho y que podré hacer". Al terminar la conversación queda la sensación de que Pedro Trapote no mide el tiempo por los años que ha cumplido, sino por los proyectos que todavía tiene entre manos. Para él, la jubilación nunca ha sido una meta. Cierra la charla con una de sus nuevas apuestas: "Ahora nos están pidiendo los hoteles de cinco estrellas el desayuno San Ginés en la carta. Esto es un campo que estamos abriendo".