En su primer discurso ante el pueblo de Tebas, Creonte, rey por la muerte en guerra fraticida de Eteocles y Polinices, advierte: «Jamás pasaré en silencio el daño que amenaza a mis ciudadanos, y nunca tendré por amigo a un enemigo del país. Creo, en efecto, que la salvación de la patria es nuestra salvación y que nunca nos faltarán amigos mientras nuestra nave camine gobernada con recto timón. Apoyándome en tales principios, pienso poder lograr que esta ciudad sea floreciente».
Y lo dice Creonte, surgido de la pluma de Sófocles para representar la figura del Estado en Antígona, pero no costaría encontrar una declaración similar en este siglo XXI. «Enemigo del país» es una expresión que, por ejemplo, ha utilizado Donald Trump para referirse a quienes se oponen a su agenda ideológica para los Estados Unidos. Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, la empleó también para referirse a Hamás durante el asedio a la Franja de Gaza.
En una de las escenas iniciales de Los siete contra Tebas, de Esquilo, el coro exclama en mitad del asedio a la ciudad y la desesperanza de Etéocles, entonces rey: «Un ronco estrépito cunde por la ciudad, mientras alrededor se extiende una red de torres. El guerrero cae bajo la lanza del guerrero. Vagidos ensangrentados, infantiles, resuenan encima de los pechos nutricios. En todas partes el robo, unido a las persecuciones; el saqueador se encuentra con otro saqueador, y el que está todavía sin botín llama a otro, queriendo tener un cómplice; nadie codicia ni menos ni igual. La razón puede conjeturar lo que vendrá después de esto».
Tras la invasión rusa a territorios ucranianos, los saqueos a gran escala en viviendas, en comercios y en instituciones culturales comenzaron a ser una constante en la prensa. En noviembre de 2024, en plena Guerra de Gaza, más de 100 camiones fueron asaltados por una banda organizada cuando acudían con alimentos y productos básicos para la población en mitad del conflicto en la Franja.
Dice Hécuba en los últimos instantes de Las troyanas, la tragedia con la que Eurípides retrató las consecuencias para las mujeres que sobrevivieron a la caída de Troya: «¡Ay, desventurada de mí! Dejo mi país natal y a mi ciudad entregada a las llamas. Así, pies cansados por la vejez, dénse prisa a saludarla por última vez, aunque les cueste trabajo. ¡Oh, dioses!... Pero, ¿qué dioses invoco? Antes, cuando los llamé, no me oyeron. Precipitémonos, pues, en el fuego, pues será para mí lo más honroso perecer en él».
Todo eso lo exclama la mujer antes de partir en los barcos de los griegos mientras observa la devastación de Troya. Es decir, antes de convertirse en una refugiada de guerra. Según un informe del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, en el año 2024, 670 millones de mujeres en el mundo están en situación de riesgo por conflictos armados, siendo este el mayor número desde los años de la Guerra Fría. El 17% del total mundial femenino, por tanto, podría ser hoy Hécuba.
Son unos 26 siglos los que separan el nacimiento de esas tragedias –mayoritariamente del siglo V a. C.–, en el albor de la democracia ateniense con sus conflictos armados, y el mundo que hoy habitamos, con una mayoría asentada de democracias desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuyo orden empieza a tambalearse entre conflictos bélicos y movimientos autoritarios. Y, aún hoy, los textos de Esquilo, Sófocles y Eurípides, siguen explicando, casi con absoluta precisión, nuestra sociedad. ¿Quizás no somos tan distintos a ellos como pensamos?
Quizás también por ese paralelismo entre sociedades, han empezado a proliferar las versiones de esas tragedias en los últimos tiempos. Solo en la primera mitad del año coincidirán en nuestro país cinco montajes teatrales de las mismas entre Madrid y Barcelona: Tebanas –una versión libre de Edipo Rey, Siete contra Tebas, Antígona y Fenicias–, Las troyanas, Contra Antígona, Èdip & Antígona –que agrupa las tres principales tragedias de Sófocles– y Tres noches en Ítaca –que no alude directamente a ninguna de las tragedias, pero lo es en sí misma por su influencia–. El dramaturgo Miguel del Arco ha desempolvado también su adaptación de Antígona, de 2015, y está ya en el proceso de ensayos para estrenarla el 28 de marzo en la Comedia Nacional de Montevideo. La novelista Nerea Pallares, en su novela debut Punto de araña, acude a un elemento indispensable de este género, el coro, para acompañar su historia sobre las palilleiras gallegas. La filósofa Ana Carrasco-Conde recurre también al pensamiento de la Grecia clásica para su último ensayo, El cuerpo de la Gorgona. Y, por supuesto, para el 17 de julio está fijado el estreno de La Odisea –epopeya, en este caso–, del ganador del Oscar Christopher Nolan, como uno de los eventos cinematográficos de este año.
"La tragedia tiene que ser un atolladero sin salida. ¿Quién encuentra ahora la salida? Casi nadie"
«Eurípides y Sófocles, sobre todo Eurípides, son muy útiles en el tiempo presente porque expresan grandes conflictos entre el ser humano y su entorno político y social. Permiten que el público piense en la complejidad de las grandes preguntas y de los grandes conflictos sin solución: la guerra, el destino de los vencidos, de los refugiados (sobre todo, mujeres), las víctimas del poder, la perversión del poder y la corrupción», detalla la doctora en Filología Clásica y profesora de la Universidad de Barcelona, Montserrat Prats. La docente se detiene en dos de esos textos: Euménides, de Esquilo, como «una tragedia muy útil para reflejar la complejidad de una sociedad de derecho y la capacidad de la comunidad para resolver conflictos extremos a partir de la reconciliación», y Las troyanas, de Eurípides, «que evocan a través de un mito conocido por todo el mundo a la realidad de los refugiados». «Los conflictos que plantean son muy reales también hoy en día, pero el contexto, el lenguaje del mito, la situación en el tiempo permite tomar distancia del mundo actual, demasiado concreto, y ver las líneas fundamentales del conflicto y de la desazón humana», apunta la profesora.
Cuando la situación política pasa a ser inestable, tiende a ganar terreno en la vida de los ciudadanos. Y, ahí, estos textos, pese a la distancia temporal, también proliferan. La guerra, más allá de la introducción de nuevas tecnologías, no ha cambiado en exceso desde la Grecia del V a. C. Hay alguien que la declara, hay un pueblo (o varios) que la sufren y, en general, sigue habiendo buenos y malos para la opinión pública. Lo mismo se puede decir del sistema democrático, cuyas bases no se han alterado en exceso desde sus inicios atenienses aunque haya aspectos que se hayan ido transformando con el avance de la sociedad. Es fácil, por tanto, que los espectadores sigan sintiendo que los problemas a los que se enfrentaban los personajes de esas tragedias se parezcan mucho a los suyos.
«Mi sensación es que estos textos nunca han perdido vigencia, sirven para explicar nuestro mundo. Literalmente podrían explicar el mundo de hace tres cuartos de hora. Yo sigo mucho la máxima de Goethe de que la tragedia tiene que ser un atolladero sin salida porque en el momento que hay una salida, ésta pierde sentido. ¿Y quién está encontrando ahora mismo la salida en este mundo? Casi nadie», asegura Miguel del Arco, que ya hace una década desarrolló una adaptación de Antígona. En 2011, de hecho, el dramaturgo había explorado ya el terreno con su montaje Juicio a una zorra, que tomaba como protagonista a Helena de Troya. «En estos tiempos en los que tanto se habla de la polarización, que es una palabra que me espeluzna, como la imposibilidad de jamás llegar a un acuerdo, crecen las tragedias. Porque lo que perseguían precisamente los griegos es utilizar algo innato en el ser humano, nuestra capacidad para relatarnos y contar historias, para poner de manifiesto la permanente necesidad de construirnos en sociedad y de llegar a una experiencia conjunta», incide el director teatral.
"La tragedia siempre parte de un conflicto irresoluble y acaba en muerte. A nivel político y social es fácil sentirse ahí"
No difiere del análisis de su colega, Alberto Conejero, que este pasado mes de febrero ha estado en Nave 10 Matadero de Madrid con sus Tres noches en Ítaca, un texto que partiendo de la tradición de las tragedias construye una historia familiar. «Para mí hay dos cuestiones claves. La primera es que se centran en la lucha trascendente de los seres humanos contra lo que llamamos destino o dioses. Ahora mismo estamos necesitados de experiencias trascendentes y no hay nada más trascendente que el ser humano intentando sobreponerse o comprender su propio destino». ¿Y la segunda? «Vivimos tiempos de gran penumbra y la tragedia busca darnos una salida. Nuestra cobardía, nuestra valentía, nuestro miedo o nuestro valor aparecen en las situaciones trágicas. En la tragedia es muy perceptible lo que somos, descubrimos una vida que se enfrenta a una posible derrota, a un combate por la mera supervivencia. Por eso nos resulta tan contemporánea», enfatiza el creador madrileño.
En Barcelona, el tándem formado por Andrea Jiménez y Victoria Szpunberg, triunfadora en los últimos Premios Max y ganadora del último Premio Nacional de Literatura Dramática respectivamente, están ahondando, desde el texto clásico de Antígona, en ese carácter contemporáneo. El título de la obra que, en el mes de mayo se estrena en el Teatre Lliure, ya es elocuente: Contra Antígona. Una de las grandes heroínas de la literatura clásica despojada de ese elemento. «Hemos mitificado demasiado el gesto radical de Antígona, ese gran no, que desde luego es muy importante. A mí lo que me interesa es mirar a otros personajes, como el de Ismene [hermana de Antígona] o Hemón [prometido de Antígona], que eligen caminos más moderados y mucho más complejos», defiende Jiménez, que dirige el montaje y ha compartido con Szpunberg la dramaturgia.
Por llevarlo a unos términos políticos actuales, esos dos personajes serían los que se podrían acomodar a los clásicos partidos conservador/moderado y socialdemócrata. Los del sistema y el consenso. En España, eso que ha dado en llamarse constitucionalismo. Para ahondar aún más en esa idea del consenso, la Antígona de las dramaturgas otorga una gran aportación al coro, el elemento para representar al pueblo. «La tragedia siempre parte de un conflicto irresoluble y acaba en muerte. Ahora es un momento en el que a nivel político y social es fácil sentirse ahí. Supongo, pues, que acudimos a ellas con la esperanza de que o nos enseñen el camino de lo que no hay que hacer o para que nos refugien en que siempre hay alguien que le va a peor que a nosotros. A mí me interesa la resolución del conflicto sin dar un portazo, el atrevernos a quedarnos en esa discusión con el diferente. Por eso tiene esa importancia el coro», asegura Andrea Jiménez.
«Sobre todo lo que plantean estos textos, que son profundamente políticos, es la relación de los gobernantes con el pueblo desde el corazón mismo de la democracia occidente», aporta Álvaro Tato, responsable junto a Yayo Cáceres del montaje de Tebanas que se representó en el Teatro de la Abadía de Madrid en enero y febrero. Esas tragedias construyen las imágenes de los gobernantes que son fácilmente replicables en nuestro tiempo: Creonte, un poder estatal rígido y rozando el autoritarismo; Edipo, un modelo más racional y moderado; Orestes, el gobernante violento y vengativo; Jasón, el oportunista... Y también esos textos permiten dibujar a actores políticos fuera del poder: Antígona, el espíritu de la revolución y el desafío al poder; Medea, la imagen de los excluidos y los marginados del sistema; Tiresias, el intelectual crítico con el poder, o Hécuba, la gran derrotada por el sistema. «Creo que no me hace falta mencionar ningún nombre, a todo el mundo se le están viniendo a la cabeza los líderes de las grandes potencias que encajan en esas categorías. Al meterte en estos textos vas descubriendo que el ser humano sigue cometiendo los mismos errores, cayendo en los mismos odios y los mismos abusos de poder», aporta Tato.
"El ser humano sigue cometiendo los mismos errores, cayendo en los mismos odios y los mismos abusos de poder"
Quien sí les pone nombres es Miguel del Arco que va citando una retahíla de líderes autocráticos al frente de gobierno en todos el mundo: Donald Trump, Javier Milei, Vladimir Putin, Benjamin Netanyahu... «Cualquiera de esos te podría firmar el primer discurso de Creonte [el que abre este texto], pero Sófocles lo hace con una inteligencia que es muy interesante. Te lo presenta como alguien que quiere darle al pueblo lo que necesita, hasta casi con honradez y desde el servicio público. Y lo hace claramente desde la ironía, sin escorarse al dibujar al tirano. Es lo mismo que yo siento con Trump, Putin o Milei, me parece que es un flaco favor decir que son unos hijos de puta o unos malvados. Lo interesante es entender que no son hechos aislados, que son la representación de un sistema que les apoya y cree que la manera en la que actúan es la mejor para el mundo», explica el dramaturgo.
Alberto Conejero, siguiendo la misma teoría, decide poner el foco en otro lugar. En la parte trasera, en todo lo que rodea precisamente a esas figuras de las tragedias griegas y también de nuestra sociedad. A lo que las sostiene y les permite ejercer ese poder. «No hay duda de que son gente borracha de poder, soberbia y que pierde la capacidad de poder gobernar. Eso lo podemos ver en las tragedias y ahora mismo si encendemos la televisión. Pero hay una cosa importante que es que los poderes que marcan nuestro destino son cada vez menos visibles, ya no sabemos quién nos quiere llevar a la perdición. ¿Son los presidentes o es el capital? ¿Son los fondos buitres o son los ayuntamientos? ¿Son esos gobiernos o son los magnates que los apoyan? Lo único claro es que cuando el diálogo no se consigue hacer efectivo y somos incapaces de considerar la opinión del otro digna, surge la tragedia. En la pérdida de la humanidad».
En ese sentido, Las troyanas que ha adaptado y dirige Víctor Heranz se distancia un poco de sus compañeros. Aunque ya el texto de Eurípides tenía una clara voluntad de centrarse en las mujeres que sobreviven al asedio de Troya, en este montaje desaparece por completo la figura de los griegos. «Creo que es el momento de que se empiece a mirar de verdad a las historias de los que pierden las guerras. Siento que hay una necesidad de compasión hacia ellos y de entender realmente su situación», arranca. Y sigue: «Hay algo de los últimos siete u ocho años de que hemos normalizado las matanzas que vemos en la televisión. Lo que mostraba Eurípides de que los griegos mataban a los troyanos y se quedan con sus mujeres como esclavas es el mismo proceso que en los 90 siguieron los serbios en Croacia durante la Guerra de los Balcanes o que vemos con la limpieza étnica para volver a repoblar Gaza. Ahí es donde cobra interés un texto que se centra en mirar hacia las víctimas».
Porque nadie se queda fuera del campo de acción de las tragedias griegas. Es posible que, incluso sin saberlo, usted también esté allí. ¿Quién será?


