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Expansión ·

Un revés para Trump, una prueba para los vencedores

Resumen

Los demócratas arrasaron en las elecciones legislativas del martes. Con los demócratas encaminados a controlar ambas cámaras del Congreso, el equilibrio de poder en Washington se ha desplazado claramente en contra del presidente. Sus dos últimos años en la Casa Blanca estarán sujetos a una mayor fiscalización y a un margen de maniobra legislativa considerablemente menor. Para los gobiernos extranjeros, sin embargo, el resultado plantea una pregunta más compleja: ¿un presidente con mayores limitaciones internas estará más dispuesto a negociar o más decidido a demostrar su poder?

Los demócratas arrasaron en las elecciones legislativas del martes. El principal derrotado fue Trump. Con los demócratas encaminados a controlar ambas cámaras del Congreso, el equilibrio de poder en Washington se ha desplazado claramente en contra del presidente. Sus dos últimos años en la Casa Blanca estarán sujetos a una mayor fiscalización y a un margen de maniobra legislativa considerablemente menor. Para los gobiernos extranjeros, sin embargo, el resultado plantea una pregunta más compleja: ¿un presidente con mayores limitaciones internas estará más dispuesto a negociar o más decidido a demostrar su poder? Las elecciones no ofrecen una respuesta definitiva. Cambian las condiciones en las que Trump tomará sus decisiones, las resistencias que encontrará y los costes políticos que podrá permitirse. Son distinciones importantes para aliados, adversarios, empresas e inversores que tratan de anticipar lo que viene. La magnitud de la derrota republicana no debe confundirse con la solidez del mandato demócrata. Los electores pueden rechazar a quienes les gobiernan sin respaldar el programa de quienes aspiran a sustituirlos. A mi juicio, este voto expresa fundamentalmente una desaprobación del liderazgo de Trump y un rechazo al statu quo. Los demócratas han ganado la oportunidad de reconstruir la confianza ciudadana. Mantenerla es otra cuestión. El malestar económico, los costes de la guerra y la percepción de un Gobierno al servicio de grupos privilegiados se reforzaron mutuamente. Para las familias que afrontan el encarecimiento de la vida, las explicaciones de Washington importaban menos que la presión sobre sus Presupuestos y la aparente distancia entre sus preocupaciones y las prioridades de la Administración. La guerra con Irán hizo que esa distancia resultara políticamente perjudicial. Un conflicto presentado en términos de seguridad nacional se convirtió en una carga económica interna, a través del aumento del precio de los carburantes y la mayor incertidumbre. El propio Trump reconoció que Irán contribuyó a las pérdidas republicanas. La percepción de corrupción agravó el malestar económico. El Senado ofrece la medida más clara de la derrota republicana. Los demócratas conquistaron escaños en territorios tradicionalmente republicanos, incluidos Texas, Kansas e Iowa. Las lealtades partidistas consolidadas no bastaron para contener la insatisfacción con el liderazgo nacional. Las decisiones de Trump sobre los candidatos agravaron esa vulnerabilidad. La selección de candidatos sigue siendo una responsabilidad estratégica. La lealtad personal ofrece una protección limitada cuando los votantes cuestionan el criterio del presidente que la exige. Los republicanos deben afrontar ahora la diferencia entre la influencia de Trump dentro de su partido y su capacidad para construir una mayoría en el país. Sus posibles sucesores buscarán formas de afirmar su independencia sin alejar a sus seguidores. La pugna por la candidatura presidencial de 2028 condicionará cada vez más las decisiones durante el resto de su mandato. Para Trump, el problema inmediato es cómo gobernar con un Congreso controlado por la oposición. Cuando éste se constituya en enero, las mayorías demócratas podrán intensificar las investigaciones y bloquear las principales iniciativas legislativas partidistas, mientras que los demócratas del Senado podrán rechazar los nombramientos presidenciales. Si Trump quiere dejar leyes que perduren más allá de su presidencia, necesitará acuerdos con sus adversarios políticos. La acción ejecutiva ofrece otra vía, pero sus resultados pueden ser impugnados ante los tribunales o revertidos por un sucesor. Estas limitaciones también importan en el exterior, aunque no conviene exagerar su alcance. Un presidente que ha perdido el control del Congreso conserva amplias facultades en diplomacia y en el empleo del poder estadounidense. El Congreso puede oponerse a determinadas partidas presupuestarias, retrasar nombramientos y elevar los costes políticos de una decisión. No cabe suponer que pueda impedir cualquier iniciativa que rechace su mayoría. Los gobiernos extranjeros deberán, por tanto, evaluar qué compromisos estadounidenses cuentan con un respaldo suficientemente amplio para resistir un cambio de circunstancias políticas. Esta cuestión conecta la seguridad europea con las preocupaciones de los socios estadounidenses en Asia oriental. Los gobiernos que evalúan la fiabilidad de Washington respecto a la OTAN, Ucrania o Taiwán necesitan algo más que garantías presidenciales o expresiones de solidaridad del Congreso. Necesitan pruebas de que esos compromisos se mantendrán cuando exijan recursos, impongan costes o entrañen el riesgo de una confrontación. El control demócrata abre oportunidades para estrechar las relaciones con el Congreso. No resuelve, por sí solo, la incertidumbre sobre cómo equilibrará Trump sus obligaciones con los aliados, sus exigencias comerciales y su preferencia por la negociación bilateral. Oriente Próximo ofrece la prueba más inmediata de hasta qué punto el castigo electoral puede alterar los cálculos presidenciales. Los costes internos de la guerra con Irán podrían reforzar los argumentos a favor de una desescalada. Pero Trump también podría concluir que necesita ejercer nuevas presiones para obtener un acuerdo que pueda presentar como un éxito. Los gobiernos del Golfo evaluarán ambas opciones por sus consecuencias para su seguridad, sus infraestructuras energéticas y sus rutas comerciales. Un anuncio diplomático ofrecerá pocas garantías si los acuerdos que lo sustentan dejan sin resolver los mismos riesgos. Para las empresas que operan en la región, la pregunta será si disminuye realmente su exposición a las interrupciones de la actividad y de los intercambios. Una cautela similar se impone en Latinoamérica, donde la migración, los aranceles y la seguridad regional podrían seguir siendo instrumentos de presión y negociación presidencial. El cambio de mayoría en el Congreso no permite suponer que desaparecerá la competencia con China. Los gobiernos deberán distinguir las oportunidades de alcanzar acuerdos concretos de las expectativas de un replanteamiento integral de las relaciones. Las empresas también deberán distinguir el cambio político de la certidumbre para sus negocios. La oposición en el Congreso podrá limitar algunas partes de la agenda económica de Trump, pero no resolverá automáticamente las disputas sobre aranceles, sanciones o acceso a los mercados. En esas áreas, las elecciones modifican el contexto político del poder estadounidense más claramente que su orientación estratégica. La debilidad interna puede favorecer el compromiso, pero también aumentar el atractivo de una iniciativa de gran impacto en el exterior. Ni la contención ni la escalada deben considerarse inevitables. Los demócratas también deberán demostrar buen criterio. Su victoria les otorga un poder considerable para limitar a Trump, pero una capacidad reducida para obtener resultados económicos al margen del Ejecutivo. Los votantes preocupados por el coste de la vida esperarán algo más que investigaciones y victorias parlamentarias de procedimiento. En el ámbito internacional, los demócratas también deberán explicar qué compromisos están dispuestos a sostener. Los aliados necesitan saber qué garantías de seguridad cuentan con un respaldo duradero. Los socios comerciales necesitan claridad sobre acceso a los mercados y reglas económicas. La oposición a Trump no ofrece, por sí sola, una respuesta completa a ninguna de esas cuestiones. Las divisiones entre los moderados y la izquierda progresista complicarán estas decisiones. El acuerdo sobre la necesidad de limitar al presidente no resuelve las discrepancias sobre gasto público, energía, comercio o intervención militar exterior. Gestionar esas diferencias será esencial para transformar la coalición electoral en una mayoría eficaz en el Congreso. El voto del martes marca el comienzo de una etapa final de la Presidencia de Trump sujeta a mayores restricciones. Darlo por políticamente acabado supondría subestimar los poderes que conserva. Presuponer que puede continuar como hasta ahora ignoraría las consecuencias del veredicto electoral. Trump conserva el poder de actuar en el exterior, pero dispone de menos margen político para absorber los costes de un fracaso. Los demócratas han ganado más poder para limitarlo, pero deben demostrar que saben ejercerlo con criterio. Marco Vicenzino, Director de Global Strategy Project