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El Real Madrid no podía ganar la Euroliga

Resumen

El Real Madrid no podía ganar la Euroliga 2025-26 porque había sido un muy mal (pésimo, para sus expectativas) equipo a domicilio. Llego al OAKA con, entre fase regular y playoff, un balance total de 7-14 fuera del Movistar Arena . Ningún otro equipo de los diez primeros, la zona que recoge la repesca del play in , había perdido tanto en cuanto ponía un pie fuera de su pabellón. No podía ser campeón , no en la segunda competición de baloncesto más exigente del mundo, tras otra revolución en la plantilla, en esencia la segunda en dos temporadas , que no parecía haber sido, precisamente, un dardo en el centro de la diana.

El Real Madrid no podía ganar la Euroliga 2025-26 porque había sido un muy mal (pésimo, para sus expectativas) equipo a domicilio. Llego al OAKA con, entre fase regular y playoff, un balance total de 7-14 fuera del Movistar Arena. Ningún otro equipo de los diez primeros, la zona que recoge la repesca del play in, había perdido tanto en cuanto ponía un pie fuera de su pabellón. No podía ser campeón, no en la segunda competición de baloncesto más exigente del mundo, tras otra revolución en la plantilla, en esencia la segunda en dos temporadas, que no parecía haber sido, precisamente, un dardo en el centro de la diana. Con jugadores sin apenas rol (David Kramer), más de mañana que de hoy (Gabriele Procida, Izan Almansa), un lío con los pasaportes (Chuma Okeke, Gaby Deck) que impidió sostener ciertas dinámicas en las competiciones domésticas y una nueva estrella (Theo Maledon) que ha vivido durante meses, y eso en el mejor de los casos, en fase de adaptación.

No podía ganar porque las finales de la Supercopa y la Copa habían evidenciado cierta rigidez que podía sugerir, tal vez, que la pizarra de Sergio Scariolo había dejado atrás sus mejores días. Porque desde el banquillo se miró hacia los despachos sugiriendo, en cuanto alguien quería escuchar, que al puzle le faltaba la pieza definitiva, ese combo guard (base-escolta) generador y anotador sin el que hoy en día no se puede salir de casa en Europa. Y, sobre todo y por encima del resto de debates, el Real Madrid no-podía-ser-campeón-de-Europa sin su pívot titular, un Edy Tavares que ha sido, en formato terror cósmico para los rivales, la referencia en las zonas de la competición de la última década.

El eje de seguridad de los partidos importantes, la vía central Campazzo-Tavares, saltó por los aires con la lesión de rodilla del caboverdiano. Si el base se encarga de que el suelo nunca sea demasiado bajo y el Madrid circule con vida por los partidos delicados, el pívot es el que dispara el techo. La imagen de la última Euroliga, la de Kaunas (un milagro) será para siempre el tiro de Sergio Llull a falta de seis segundos, su única canasta de partido. Pero el MVP fue Tavares: 23 de valoración en la final y, dos días antes, 39 (¡39!) contra un Barcelona que había terminado segundo en la fase regular. El Olympiacos, primero. El Madrid los devoró, a ambos, en 48 horas.

Si era improbable que el Real Madrid ganara una Final Four sin una regularidad probada fuera del Palacio y sin Tavares, parecía imposible que tuviera opciones si se añadían, además, las bajas de Alex Len y Usman Garuba. Los tres pívots, fuera. Y más contra un Olympiacos que habría sido favorito en todo caso, también con un Madrid al completo. Que desde que comenzó la segunda vuelta, más o menos, de ese maratón que es ahora la fase regular, ha sido el mejor equipo de Europa. Que jugaba en su ciudad, con el morbo extra de teñir de blanquirrojo ese OAKA que para ellos suele ser un infierno verde y que remata una plantilla de ensueño con una rotación interior pletórica: al frente la mejor pareja de la competición esta temporada, Sasha Vezenkov (un dos veces MVP que por fin tiene su corona) y Nikola Milutinov; como guardaespaldas Tyrique Jones, Donta Hall, Alec Peters y hasta el ya recuperado después de una grave lesión Moustapha Fall, una envergadura de casi 230 centímetros por encima de la que anotó Llull la definitiva canasta de la vida llena de canastas de la vida, en Kaunas.

En el peor momento, y porque no todo se puede tener bajo control (si no, no sería deporte), las lesiones entraron en el despacho de Scariolo y lo desordenaron todo. Un goteo de malas noticias, todas concentradas en 23 días malditos y grapadas a la rotación interior, arruinó la escrupulosa, científica, planificación del Excel del italiano, un rígido libro de estilo que no gustó a todo el mundo durante la primera parte de la temporada pero que parecía empeñado en tener razón… hasta que llegó la plaga. Ganar la Euroliga es un ejercicio tan complejo, requiere una mezcla tan perfecta de excelencia, precisión y suerte, que durante mayo fue macerando la sensación, camino de la Final Four, de que no era el año del Real Madrid. Por eso, y más allá del discurso buenista y de que toda final perdida es una oportunidad que vuela, conviene valorar la ventana a la esperanza que mantuvo abierta el equipo blanco hasta los últimos ataques del último partido de la competición, una licencia para soñar que ni siquiera habría sido extraño que le hubiera robado el Valencia Basket, una armada invencible en su remontada histórica de cuartos, contra el Panathinaikos.

El Madrid, y no es poco, dejó esa espléndida semifinal y un ejercicio de fe tremendo en la final, hasta que ya no pudo burlar más a la lógica. El deporte profesional es, a la fuerza, dual: se gana o no se gana. Pero hay formas, sensaciones y narrativas, de ganar. Y de no ganar. Y esta merece reconocimiento: el Real Madrid, que en la parrilla de salida de la temporada era cualquier cosa menos una Cenicienta, jugó la final en obvia inferioridad contra un equipo que también habría sido favorito con todos en pista, sin ese asterisco de las lesiones que va cosido al propio juego, más en este formato extenuante que conduce a una resolución exprés, en 48 horas. El Olympiacos ha sido el mejor equipo de Europa y es el justo campeón, pero el Real Madrid se ha ganado un respiro -y un aplauso- en la derrota y el derecho a permitirse un what if, un cómo habría sido con Tavares que no moverá el agua pasada de Atenas pero sí cierra, como mínimo y finalmente sin ningún remordimiento, este capítulo para un equipo que en el día D estaba más preparado que equipado (la plaga...) para competir.

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Eso, una derrota de resaca mucho más suave que otras, es tan cierto como que, la dualidad, el Real Madrid no hizo los deberes en la Supercopa y la Copa, opciones domésticas y siempre menos abstractas, y afronta con vértigo la recta final de la temporada. La Liga como único título era, a priori, un rasero mínimo porque es un saldo que no salvó el puesto de Chus Mateo. Ahora, a la fuerza ahorcan, ese plan de mínimos se ha convertido en el techo, un objetivo al que mirar con obsesión. Porque, con todos los infortunios que se quiera, una temporada en blanco sería, como mínimo, un asunto muy espinoso. Como para el Valencia Basket el viernes, Atenas queda en el retrovisor y la Liga multiplica su valor. Una carretera ya de un solo sentido en la que, tal vez (Supercopa, Copa, Final Four…), el destino les tenga reservado -en un particular todo o nada- una última colisión.

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