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El País ·

Maricarmen pasa su primera noche sin casa en el hospital con un cuadro de  agotamiento severo

Resumen

Unos 25.550 días rodeada de los mismos olores, fotos, recuerdos. El mismo gotelé y los mismos muebles de madera oscura. Maricarmen se ha despertado durante siete décadas con la seguridad de saber dónde se acostaría. Primero en su cama de adolescente, y después en la de adulta.

Más de 70 años. Unos 25.550 días rodeada de los mismos olores, fotos, recuerdos. El mismo gotelé y los mismos muebles de madera oscura. Maricarmen se ha despertado durante siete décadas con la seguridad de saber dónde se acostaría. Primero en su cama de adolescente, y después en la de adulta. Pero por primera vez desde 1956, ha dormido fuera de casa con un único pensamiento en la cabeza: ya no hay casa a la que volver. Hace menos de 24 horas fue desahuciada de su piso de Retiro y trasladada en ambulancia al hospital Gregorio Marañón, donde ha pasado su primera noche apartada de todo lo que conoce. Se quedará allí los próximos días, porque el desalojo le ha provocado mucho estrés y ansiedad y todavía tienen que hacerle varias pruebas. Sufre un cuadro de agotamiento producto de la ansiedad y el estrés por el desalojo. Su primo Vicente ha confirmado este jueves que Maricarmen sigue ingresada en el hospital y que todavía no recibirá el alta. “La van a pasar a planta y seguirá unos días más”, ha indicado a una persona cercana. “Está bien, pero, debido a los nervios por el desahucio y a cómo ha sucedido todo, se va a quedar en observación”. Vicente también estuvo en sus últimas horas en el piso y guardó en una bolsa de mano las pocas cosas que les dio tiempo a coger antes del lanzamiento. Un par de neceseres con productos de higiene, las pastillas que debe tomar, algo de ropa, pañales, alguna pieza de valor y varias fotos de Maricarmen, de su sobrina y de su madre. Es lo único que le recuerda a casa en la habitación del Gregorio Marañón donde ha amanecido, todavía agotada física y mentalmente. Aún no saben cuándo le darán el alta, pero una vez abandone el hospital, lo más probable es que se mude temporalmente con Vicente y su mujer a un modesto piso de menos de 58 metros cuadrados en Segovia, donde hasta ahora vivían ya cuatro personas. Unos 91 kilómetros separarán a Maricarmen, de 87 años, del barrio que la ha visto crecer. En los últimos meses, su salud se ha deteriorado y ha perdido peso, movilidad y autonomía. Aun así, en silla de ruedas y gracias a la ayuda a domicilio, todavía mantenía rutinas y placeres diarios. Una vuelta a la manzana, saber que el centro de salud, con su médico de siempre, está a pocos minutos, o comprar en la carnicería Marcial, la de la esquina. El Ayuntamiento de Madrid le ofreció una plaza temporal en una residencia, pero Maricarmen no podía ni pensar en estar lejos de su hogar y, además, sola. Quería tener a la única familia que le queda cerca, por si le pasa algo. Ahora vivirán cinco personas en un apartamento de una habitación. Vicente, de 70 años, y su mujer dormirán en el sofá y ella en la cama, cuenta su abogada, Beatriz Duro. “Esto no es una solución habitacional”, critica. Tampoco lo es la plaza en una residencia, alejada de sus familiares, añade. Dejar Madrid también supone perder de golpe la asistencia que le hacía más fácil el día a día. “La ayuda a domicilio, para prepararle, por ejemplo, la comida, o ayudarle a levantarse y acostarse. Todos los recursos que ya estaban en marcha, con el cambio de comunidad autónoma y de ciudad, los pierde”, señala la abogada. En concreto, Maricarmen tenía ayuda a domicilio 90 horas a la semana, terapia ocupacional, fisioterapia preventiva y atención psicológica especializada, detalla el Ayuntamiento. En Segovia, tendrán que empezar de cero a dos meses de cumplir 88 años. Blanca Martínez, miembro del Sindicato de Inquilinas, lleva seis años acompañando a Maricarmen. Casi desde que empezó la batalla por quedarse en el piso. “Era completamente independiente y ahora su salud física y mental ha sufrido mucho. Ha aguantado por la fuerza que le ha dado la gente. Yo le enseñaba vídeos en el móvil y ella solo decía: ‘Ya hemos ganado’, aunque el final haya sido cruel”, relata. Maricarmen recibe una pensión de 1.300 euros y nunca ha dejado de pagar los 500 euros al mes del alquiler (de renta antigua) y las facturas. Pero en 2018, Urbagestión compró la casa y le pedían, primero, 2.650 euros mensuales, y, después, 1.650. Tanto la primera oferta como la segunda son inasumibles para ella. Maricarmen sigue, por ahora, en el hospital: “Por el estrés han visto mejor que se quede allí unos días”. Martínez ha hablado con su primo Vicente, que, según relata, “está muy triste, pero muy agradecido por todo el apoyo”. Alicia del Río, portavoz del sindicato, también ha pasado los últimos días muy cerca de Maricarmen. El desahucio, dice, la ha dejado ante una vida que no conoce y en la que no se reconoce. “Se asustó mucho al escuchar los gritos y eso le provocó aún más ansiedad. Por eso se va a quedar ingresada”, explica. Cuando salga del Gregorio Marañón, Maricarmen, ya en casa de su primo, pensará qué hacer: considera “inasumible” la alternativa de irse a una residencia. Del Río cuenta que, tras la oferta de una donante anónima a pagar la diferencia de alquiler ―que la empresa propietaria rechazó―, otros escritores y personas del mundo del cine y de la música,también se han ofrecido a pagarlo. Entre ellos, el pianista James Rhodes, que incluso propuso comprar la vivienda, pero que los dueños no aceptaron, según ha relatado en el programa La hora de la 1 de RTVE. Y quienes no pueden aportar esa suma de dinero, han ofrecido habitaciones, comida y hasta ayuda con la limpieza. Los que estuvieron con ella antes, durante y después del desahucio, contaban a última hora del día, cuando Maricarmen ya intentaba conciliar el sueño en una cama desconocida, que está muy cansada, baja de ánimo e invadida por la incertidumbre: “Está muy mal. Muy mal. No sabe ni cuándo va a poder recuperar sus cosas”. En el número 46 de la calle del Alcalde Sainz de Baranda ha quedado un piso sin nadie que lo habite y lleno de cajas. Urbagestión se ha comprometido a mantener las pertenencias de Maricamen ―empaquetadas y solas― y enviarlas al lugar donde vaya a vivir a partir de ahora, detalla la abogada Duro. “No le dieron ni una hora. Tiene una casa montada desde hace 70 años. Salió sin nada, sola en la camilla. Nada, no tenía nada. Nada”, repite, a un tiempo enfadada, triste e impotente. En el piso, Maricarmen deja atrás todo lo que heredó de sus padres. Una casa atestada de fotos, cuadros, figuritas. La colección de porcelanas, las ilustraciones de paisajes. Un paragüero. Un gnomo de felpa colgado de la pared. En cada esquina, algo que recoger y empaquetar. Y entre cajas y bolsas, los huecos. “Mis padres murieron en esta casa y esto es lo que me tocaba a mí”. Ya no será posible.