El amigo íntimo canadiense
ResumenAl más puro estilo del "Ich bin ein Berliner" ("Yo soy un berlinés") de John F. Kennedy se presentaba la joven Lauren este agosto en Toronto a una familia española que paseaba por el Lago Ontario (que no Lago América, por mucho que insista Donald Trump). Con sólo tres palabras y una enorme sonrisa sincera, la canadiense que había cursado su carrera universitaria en Madrid dejaba constancia de la nueva sintonía y conexión que ha surgido entre el país norteamericano y el Viejo Continente. No es sólo geopolítica, estrategia o maniobras de mandatarios.
"¡Yo soy madrileña!". Al más puro estilo del "Ich bin ein Berliner" ("Yo soy un berlinés") de John F. Kennedy se presentaba la joven Lauren este agosto en Toronto a una familia española que paseaba por el Lago Ontario (que no Lago América, por mucho que insista Donald Trump). Con sólo tres palabras y una enorme sonrisa sincera, la canadiense que había cursado su carrera universitaria en Madrid dejaba constancia de la nueva sintonía y conexión que ha surgido entre el país norteamericano y el Viejo Continente. No es sólo geopolítica, estrategia o maniobras de mandatarios. Se plasma en el ambiente, en las miradas cómplices y acogedoras de cualquier ciudadano canadiense que detecta a un europeo por las calles de Montreal, Vancouver o Banff. Un nuevo puente se ha instalado de una orilla a otra del Océano Atlántico, cerrando filas y buscando cobijo juntos frente a los zarpazos que llegan desde Washington. "Hay que fortalecer los lazos de Canadá con la Unión Europea en beneficio de ambos pueblos", ha dicho el primer ministro canadiense, el liberal Mark Carney. "Fortalecer nuestras relaciones es vital", ha respondido la Comisión Europea. Pero no se trata de palabras, sino de lo más importante, de hechos. Esta misma semana, la ministra de Exteriores Anita Anand ha participado en una reunión con sus homólogos de la UE en Irlanda; el próximo mes de octubre, el titular de Comercio Maninder Sidhu se reunirá también con sus colegas comunitarios; este otoño, se celebrará la cumbre UE-Canadá; en breve, el 16 de septiembre, Mark Carney viajará a Estrasburgo como invitado de honor para escuchar el Discurso sobre el Estado de la UE de Ursula von der Leyen, convirtiéndose en el primer jefe de Gobierno extranjero en asistir a la relevante cita; es más, él mismo se dirigirá al Parlamento Europeo al día siguiente. Por si no quedaban claros los nuevos tiempos y para llegar a todo tipo de público, el líder del Partido Liberal canadiense ha echado mano también de las redes sociales para anunciar que el país competirá en Eurovisión en 2027. ¿Alguna señal más que arrojar para constatar el romance Ottawa-Bruselas? No parece necesario, pues el debate está en todas partes: que se olvide Trump de que Canadá se convierta en el Estado 51º de EEUU; si acaso, sería el miembro 28º de la Unión Europea. Más allá de la reflexión de hasta qué punto un país que no pertenece geográficamente a Europa puede formar parte de la UE -a pesar de compartir valores y la visión del nuevo orden mundial-, lo relevante es que en escasos meses se ha establecido una relación de cercanía a un ritmo vertiginoso. Todo fluye de manera muy natural, pues se parte de sociedades con muchos puntos en común, desde las mismas ventajas (sanidad pública, Estado del Bienestar...) hasta los mismos problemas (inflación, vivienda...). Para Mark Carney, desde su llegada al poder en marzo de 2025, todo ha sido muy difícil. Aunque, visto de otra forma, también se podría decir que muy fácil. El liberal ha estado atrapado en un enfrentamiento constante con Donald Trump. Los últimos coletazos de este choque han sido comerciales, con una reciente ruptura de negociaciones económicas que barrunta graves consecuencias para ambas partes. Sin embargo, los canadienses apoyan a su primer ministro. Según una encuesta citada en 'The Wall Street Journal', el 76% de los canadienses respalda que su 'premier' abandone las conversaciones con los estadounidenses, aunque ello conlleve nuevos aranceles. Trump le está siendo de gran ayuda a Carney. Le está haciendo la campaña. No sólo llegó al poder aupado por su pugna con el republicano, sino que sus rivales internos, los conservadores, están, a día de hoy, diez puntos por detrás. De estos datos se desprende que los canadienses, célebres por su espíritu tranquilo y conciliador, están transformando este aura en indignación y patriotismo. Y es que -aseguran- no es sólo sufrir mazazos de un vecino que ha sido tradicionalmente tu aliado, sino el dolor por las burlas y las provocaciones, como cuando la Casa Blanca publica una imagen de un águila calva sujetando a un ganso canadiense o cuando varios secretarios de EEUU insisten en que Canadá "no tiene ejército". ¿Y qué hay de los jóvenes soldados canadienses muertos en guerras en las que han luchado codo con codo con el 'Tío Sam'? Otro asunto es el ciudadano de a pie. Según la agencia Reuters, sólo el 20% de los estadounidenses apoya los aranceles sobre los productos canadienses o decisiones como cambiar el nombre del lago que ambos países comparten en la frontera. Pero nada frena ya el desplazamiento hacia Bruselas de los intereses y las alianzas que antes vinculaban a Ottawa con Washington. El presidente finlandés, Alexander Stubb (quien, como Carney, defiende el "realismo basado en valores"), visitó Ottawa recientemente y se vio sometido a la pregunta de cómo vería una eventual entrada de Canadá en la Unión Europea. A lo que Stubb respondió sonriente: "Sería un matrimonio hecho en el cielo".