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El Mundo ·

Dedicatoria que es historia, lluvia de sombrillas y "ni carteles ni banderas" en una misa 'blindada' que no todos pudieron ver

Resumen

Una bandada de helicópteros revolotea sin descanso el cielo de la plaza de Cibeles, donde más de un millón de personas aguardan con entusiasmo la ansiada llegada del papa León XIV. Sobrevuelan el espacio aéreo para que no quede ningún cabo suelto en cuestiones de seguridad. La marea de fieles se extienden más allá de la Puerta de Alcalá, llegan hasta la plaza de Colón y se asientan junto al museo del Prado. Son algo más de las 9.00 horas y un mensaje se repite una y otra vez para desesperación de más de uno: "¡Probo, probo, probo!".

Una bandada de helicópteros revolotea sin descanso el cielo de la plaza de Cibeles, donde más de un millón de personas aguardan con entusiasmo la ansiada llegada del papa León XIV. Sobrevuelan el espacio aéreo para que no quede ningún cabo suelto en cuestiones de seguridad. La marea de fieles se extienden más allá de la Puerta de Alcalá, llegan hasta la plaza de Colón y se asientan junto al museo del Prado. Son algo más de las 9.00 horas y un mensaje se repite una y otra vez para desesperación de más de uno: "¡Probo, probo, probo!". Se ultiman en italiano los últimos detalles de la megafonía, mientras la muchedumbre se hace preguntas sobre cuál será la ruta del Papa. "¿Hará la rotonda el papamóvil o acortará para llegar al Ayuntamiento?", se pregunta uno de los asistentes, bajo un sombrero de paja con el que se protege de los afilados colmillos del sol madrileño. "Les pedimos que eviten levantar carteles y ondear banderas", advierten desde la organización, mientras un rumor se empieza a apoderar de ese gran templo al aire libre en el que se ha convertido la capital. "¡Por allí viene el Papa!", avisa uno de los cientos de voluntarios, bajo la gorra naranja del uniforme. Resuena entonces el clásico mensaje que tienen por costumbre corear los más jóvenes: "¡Esta es la juventud del Papa!". Encara la rotonda de la plaza de Cibeles con algo de retraso respecto al horario previsto, pero, sí, respeta la rotonda, antes de acceder al consistorio madrileño por la calle Alcalá. Y en el zaguán del edificio, el Pontífice recibe la Llave de Oro de la ciudad, de manos del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y en presencia de la Familia Real al completo. "Que Madrid siga siendo una ciudad acogedora e integradora, donde la vida en sociedad se inspire en los auténticos valores humanos", deja escrito en el Libro de Honor, un mensaje para el recuerdo de la capital, antes de que dé comienzo la gran celebración. A ese encuentro, por cierto, se ausenta a última hora la portavoz de Más Madrid, Rita Maestre. Probablemente, no haya mejor palco para vivir la gran cita con el Papa que el balcón del Banco de España, donde un puñado de personas se arremolina para no perder detalle. Abajo, junto al escenario principal para 600 personas, sillas marcadas con el nombre de los asistentes más ilustres. "¿En esta primera fila estará Pedro Sánchez?", pregunta una joven, desconocedora de la ausencia del presidente del Gobierno. "A esto no viene. No le va", apunta su acompañante, que vienen de hacer doblete tras la vigilia de la plaza de Lima. Poco a poco las botellas de agua se van apropiando de la escena. Aprieta el calor. Miles de personas en la calle de Alcalá para presenciar la misa.ALBERTO DI LOLLI Pero la misa no sólo se vive en el corazón de Cibeles. Hay muchas historias alejadas de ese epicentro de la eucaristía. Por ejemplo, la de María, de 52 años, que aguarda sobre la valla de la Biblioteca Nacional. Sujeta la silla de su hijo mayor, con discapacidad, y al que dice que no han dejado entrar al carril central de la Castellana para ver la celebración. "Nos han metido en un sector donde daba el sol y no se veían las pantallas, y realmente yo he venido porque a él, que no lo va a poder ver, le hacía ilusión", protesta. Al ver la situación, una voluntaria se ha acercado para conducirles hasta una carpa de descanso, donde han introducido la silla del chaval junto a los voluntarios, y desde donde alcanza a ver una de las pantallas que retransmiten el oficio. Reconocen los voluntarios que el aforo de los sectores estaba calculado al milímetro y lamentan que haya personas que no hayan podido entrar. "Pasó lo mismo, da mucha pena porque se quedan fuera sin poder ver las pantallas, pero no podemos hacer nada", apunta Teresa, voluntaria del sector W9. Adriana, de 25 años, espera con un grupo de jóvenes junto a un centenar de personas frente a un paso de cebra. "Teníamos QR, pero no hemos podido entrar en nuestro sector, hay muchísima gente", apunta. Más de uno, por cierto, llegó hasta Cibeles a través de las salidas de emergencia de Metro. En la estación de Príncipe de Vergara se abrieron esas compuertas ante la marea de fieles que quisieron vivir de cerca un hecho histórico. Decenas de sacerdotes, bajo paraguas blancos, dieron la comunión a cientos de personas, mientras las voces del coro y el incienso empapaban el corazón de la ciudad. Después de la procesión del Corpus Christi, con un ejército de paraguas blancos desplegados, llegó la bendición de León XIV. Una página imborrable que ya forma parte de la historia de la capital.