Después de Ormuz
ResumenLa geografía sonríe de manera caprichosa. Libra a Estados Unidos de rivales, le proporciona océanos como barrera, dos cadenas montañosas que blindan una fértil llanura central y un sistema fluvial que promueve el comercio y el tráfico de ideas. Para otros países, el entorno es una maldición que les aparta del mar, les expone a las invasiones o les somete a climas extremos. El ingenio humano ha logrado moldearla y construir ventajas cuando la naturaleza las niega.
La geografía sonríe de manera caprichosa. Libra a Estados Unidos de rivales, le proporciona océanos como barrera, dos cadenas montañosas que blindan una fértil llanura central y un sistema fluvial que promueve el comercio y el tráfico de ideas. Para otros países, el entorno es una maldición que les aparta del mar, les expone a las invasiones o les somete a climas extremos. Pero la geografía no es invencible. El ingenio humano ha logrado moldearla y construir ventajas cuando la naturaleza las niega. Hace 2.700 años, los tiranos de la Antigua Grecia ya soñaban con el canal de Corinto que, desde finales del siglo XIX, une el mar Jónico con el Egeo. China lleva más de 20 años jugando con la geografía. Contenida por cadenas de islas controladas por EEUU y sus aliados —de Borneo a Japón y de Japón a Nueva Guinea—, Pekín ha construido arrecifes artificiales militarizados y disputa territorios a Filipinas, Vietnam y otros vecinos para ganar control en el mar de la China meridional. A la vez, busca alternativas por toda Asia para evitar lo que Hu Jintao llamó en 2003 el "dilema de Malaca": su dependencia vital del estrecho marítimo controlado por Malasia, Indonesia y Singapur, donde se mezclan el Índico y el Pacífico en un paso de apenas tres kilómetros de anchura en su punto más angosto. Por allí transita el 80% del crudo que China necesita y el 25% del comercio mundial. En caso de guerra, el bloqueo condena a Pekín a la asfixia económica, así que sus ingenieros llevan dos décadas proyectando oleoductos, gasoductos y corredores hacia Asia Central, Rusia y Birmania, y cruzando el continente hasta el puerto paquistaní de Gwadar, donde recogerá petróleo en el Índico, como alternativa al paso por Malaca. Los vecinos de Irán también han tomado nota de lo que podía pasar en Ormuz. A raíz de la guerra Irán-Irak de los años 80, Arabia Saudí impulsó el oleoducto Petroline para derivar el crudo hacia el mar Rojo en caso de que el estrecho se cerrara. Aquella precaución le permite hoy salvar buena parte de sus exportaciones. De la guerra actual también saldrán lecciones y, pase lo que pase, nada volverá a ser lo mismo. Los próximos años se dedicarán a debilitar Ormuz como arma de chantaje. En un discurso reciente, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dibujó un escenario: "Hagamos oleoductos y gasoductos hacia el oeste, cruzando la península arábiga hasta Israel, hasta nuestros puertos mediterráneos, y evitaremos los puntos de estrangulamiento para siempre", dijo. "Ese será un cambio real que saldrá de esta guerra". El régimen de Teherán, en su lucha por la supervivencia, ha recurrido a un arma de doble filo. Por un lado, lanza un poderoso aviso a futuro: ante un ataque, Irán extiende el dolor, destruye la prosperidad de sus vecinos y paraliza la economía mundial, con la esperanza de que la presión internacional y las opiniones públicas de los países democráticos frenen a los enemigos. Cualquiera se lo pensará dos veces antes de dar de nuevo el paso, creen los iraníes. Pero, a la vez, esa estrategia encierra algunos riesgos. A partir de un punto concreto de dolor, los afectados son cada vez más conscientes de que jamás volverán a dormir tranquilos. La espada seguirá apuntando a sus cabezas de ahora en adelante. Quizá sea mejor luchar a cualquier precio para someter definitivamente a quien controla la llave de paso.