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El Mundo ·

Izquierdistas vs. centristas: la batalla por el alma demócrata se reaviva tras el éxito en las midterms

Resumen

El Partido Demócrata logró este martes una de las victorias más aplastantes en los últimos 75 años. Cuando acabó el recuento en 2024, y Donald Trump volvió al poder, la devastación entre sus filas fue mayúscula. Los progresistas llevan desde entonces aturdidos, perdidos, sin brújula y rumbo claro. Sin líderes destacados, lo han fiado casi todo al daño autoinfligido por Trump al país, a la economía y a sus filas.

El Partido Demócrata logró este martes una de las victorias más aplastantes en los últimos 75 años. Cuando acabó el recuento en 2024, y Donald Trump volvió al poder, la devastación entre sus filas fue mayúscula. Los progresistas llevan desde entonces aturdidos, perdidos, sin brújula y rumbo claro. Sin líderes destacados, lo han fiado casi todo al daño autoinfligido por Trump al país, a la economía y a sus filas. Ha sido más que suficiente para barrer tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, pero esta victoria era condición necesaria, no suficiente, para su objetivo final: romper el trumpismo y la fortísima coalición que el líder MAGA logró forjar en 2024 aglutinando a los tecnogurús, los evangelistas, los rednecks sureños, los jóvenes, los latinos, los adeptos a las conspiraciones, los insurreccionistas o los guerreros de las cuestiones identitarias. Desde hace años hay una batalla abierta por el alma del Partido Demócrata y una discusión enorme sobre cómo romper esa coalición. La euforia por lo ocurrido sólo va a acentuarla. De un lado está el establishment del Partido, los de toda la vida. Los que creen que la única forma de vencer a Trump es irse al centro, apuntalarlo e ir recuperando descontentos. Son los que quieren figuras carismáticas pero moderadas, centristas, consolidadas. Que abogan por olvidarse de guerras culturales, de la obsesión identitaria, de sacar las cuestiones de género, por ejemplo, de las prioridades de mensaje. Partidarios del libre mercado, generalmente defensores de Israel, con matices. Temerosos de ser considerados demasiado izquierdistas o wokes. Ahí están Gavin Newsom, todavía gobernador de California y el más claro aspirante a presidente en 2028. La propia Kamala Harris. Josh Shapiro, gobernador de Pensilvania. Jon Ossoff, senador victorioso en Georgia. Rahm Emmanuel, ex alcalde de Chicago y jefe de gabinete de Obama. O los gobernadores de Maryland, Illinois, entre muchos otros. Los favoritos en todas las quinielas para el próximo ciclo. Del otro lado están los más jóvenes y los urbanos, que piden caña. Creen que el progresismo ha sido demasiado blando, pusilánime. Hartos de no presentar batalla quieren replicar los métodos, el tono, los campos de combate de la derecha. Ahí se encuadran las nuevas figuras emergentes del DSA, los Socialistas Democráticos de América del senador Bernie Sanders, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez o el popular alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Están a la izquierda del progresismo, son muy críticos con Israel. Quieren poner topes a los alquileres, cambian las leyes de financiación de los partidos, gravar a los multimillonarios. Son mucho más explícitos y ponen muy nerviosos al establishment, que cree que EEUU no está preparado para una agenda socialista. El martes, cinco nuevos candidatos del DSA lograron escaños en la Cámara de Representantes, y se sumarán a la mencionada Ocasio-Cortez y a otra compañera. Y hay dos más respaldadas por ellos. Un grupo pequeño, sin mucho poder interno pero con enorme repercusión mediática y en las redes sociales. Las elecciones han dado al Partido y a la oposición una plataforma formidable, pero no han resuelto las contradicciones internas. Los azules han barrido a los rojos porque ha sido una enmienda casi a la totalidad a Trump y el trumpismo. A su forma de ser, su tono, su estilo autoritario, al deterioro de las instituciones, a las nominaciones a dedo y los castigos como si fuera un rey, a la guerra de Irán, al coste de la gasolina, las deportaciones y la crueldad, a las muertes de ciudadanos a manos del ICE. Ha sido masiva y han caído los candidatos MAGA, los candidatos que escogió por su lealtad y no por sus virtudes (como en Texas o en Ohio), pero también los republicanos de toda la vida, como la senadora Collins en Maine. El núcleo del Partido Demócrata, con Nancy Pelosi, Barack Obama o Schuck Schumer, puede sentir la tentación de pensar que los hechos demuestran su tesis, ya que las victorias en los principales feudos republicanos en el Senado han llegado de la mano de candidatos moderados, centristas, que de hecho se han distanciado de la identidad del partido. Adam Hamilton, un pastor metodista, repetía una y otra vez que él de Kansas no tenía nada que ver con los demócratas de Nueva York y Los Ángeles. James Talarico, en Texas, es un seminarista. En Carolina del Sur ganó una pediatra contra los centros de datos y en Ohio recuperó el puesto Sharrod Brown, un histórico del sindicalismo y el voto trabajador. Pero el ala más a la izquierda puede argumentar que en Alabama, nada menos, una transexual se impuso y estará en la legislatura estatal. Que el DSA tendrá cerca de 10 nombres en primera división. Que Abdul El-Sayed, el primer musulmán en la historia del Senado, triunfó en Michigan contra todo pronóstico y con un discurso de izquierdas, combativo. "Nos dijeron que el establishment era demasiado poderoso. Que Washington iba a dictar quién ganaba y quién perdía. Que Washington y sus intereses particulares no nos querían. Nos dijeron que cuando se contaran todos los votos el 4 de agosto, y luego nuevamente el 3 de noviembre, habría sido tiempo, dinero y energía desperdiciados", dijo El-Sayed en su discurso de victoria en Detroit el martes por la noche. "¿Saben qué? Es 3 de noviembre, y los votos ya se contaron. ¿Y saben qué les demostramos? Que un movimiento del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, al final triunfará". Él y Troy Jackson, en Maine, lograron victorias defendiendo políticas que en EEUU se consideran populistas a menudo, como la sanidad universal (Medicare for All) y mayores impuestos a los ricos, desafiando la idea de que estas posiciones dificultan ganar elecciones. Cuando Michigan parecía perdido, Sanders y Ocasio Cortez enviaron un millón de dólares cada uno de sus propios fondos de campa. La realidad es que el Partido Demócrata, históricamente caracterizado por su amplia y compleja base electoral, ha protagonizado dos sucesos aparentemente contradictorios al mismo tiempo. Varios de los escaños tradicionalmente demócratas se han vuelto todavía más izquierdistas, mientras que casi todas las victorias en distritos muy disputados las lograron centristas. Esto les da la mayoría suficiente para impulsar políticas y revitalizar la imagen del Partido, que está seriamente tocado, un profundo declive. El eje central del debate interno de los próximos meses girará sin duda en torno a las cuestiones identitarias, algo importantísimo para el DSA pero que el resto ven como un lastre imposible. Y hay serios riesgos de que las luchas internas consuman las energías y los recursos, una vez más. El sector que busca conseguir una posición común apuesta por leer estos resultados como una oportunidad para redefinir la identidad del partido, alejándolo de las llamadas guerras culturales y acercándolo a las preocupaciones económicas de la clase trabajadora. Unir a los llamados Blue Dogs con los chicos de Barney. "Cuando la gente piensa en los hiperprogresistas, se imagina a personas en la ciudad de Nueva York con el pelo azul, piercings en la nariz y dos maestrías", le ha dicho este miércoles a Politico Chuck Rocha, estratega demócrata y ex colaborador de Bernie Sanders, quien trabajó en 25 campañas para la Cámara de Representantes en este ciclo electoral. "Muchos de estos movimientos dentro del Partido Demócrata surgen en San Francisco, Nueva York o Chicago. Pero todos los escaños en el Congreso que se ganaron esta noche, especialmente entre los latinos, se obtuvieron en las afueras y en las zonas rurales".