El abuelo y la nieta
ResumenEsta semana lo he visto todas las mañanas, abuelo y nieta, de la mano, paseando las calles desde temprano. Él tendrá setenta y pico, ella alrededor de siete. Él viste camisa de manga corta, ella un vestido de flores. se concentra ya a los lados, y a ella le cuelga la coleta rubia hasta la mitad de la espalda.
Esta semana lo he visto todas las mañanas, abuelo y nieta, de la mano, paseando las calles desde temprano. Él tendrá setenta y pico, ella alrededor de siete. Él viste camisa de manga corta, ella un vestido de flores. El escaso pelo blanco del hombre ... se concentra ya a los lados, y a ella le cuelga la coleta rubia hasta la mitad de la espalda. No tengo claro el escenario, pero nos encontramos en esos días extraños en los que los padres ya han vuelto al trabajo, pero el colegio aún no ha comenzado, lo que crea un agujero negro en el calendario laboral que solo puede llenarse de abuelos. Tenían que ver la sonrisa del hombre, una sonrisa amplia, completa y reconocible. El tipo está orgulloso de su nieta, es la suya una sonrisa de victoria. Una vez leí que el ser humano estaba diseñado para ser abuelo, que ese es el verdadero objetivo, el estadio ideal al que aspira toda existencia: sobrevivir, llegar a anciano con una descendencia sana, que esa descendencia haga lo propio y que la proyección de tu ADN en el futuro esté asegurada. Si además tienes pareja, algún ahorro y buena salud, has llegado a la cima: ofreces a la tribu tu sabiduría y el rol de consejero, eres el patriarca que mira al fuego y que comparte sus conocimientos mientras los jóvenes los usan y te protegen. Este señor es la viva imagen de esta escena evolutiva: solo camina, escucha y sonríe escuchando a su nieta en un festival de inocencia y patas de gallo.Porque la niña no para de hablar. No grita, no lloriquea y no tiene móvil, tan solo conversa, hace preguntas y mira para arriba interesándose por las respuestas. Una niña de siete años y un señor de 75 pueden pasarse cuatro horas hablando sin necesidad de recurrir a Ceuta, a Sánchez o al precio de la vivienda. Ella le explica quién se ha enfadado con quién, de quién se va a hacer amiga este curso y por qué necesita una cosa de plástico rosa que ha visto en un escaparate. Él la escucha con un respeto extraordinario y de vez en cuando hace preguntas. Se nota que se conocen perfectamente. El abuelo sabe que la niña no tiene sed sino ganas de sentarse y la niña sabe que «ni hablar» significa «pregúntamelo dos veces más». Ella conoce sus pasos, sus silencios y hasta el momento exacto en el que empieza a cansarse; él sabe cuándo miente, cuándo tiene sueño y qué pinta se le pone a esa cara cuando está a punto de pedir algo. Así que allí van, de la mano, cruzando calles, parándose en los escaparates y sentándose en los bancos. Me gustan especialmente las parejas formadas por un abuelo y una nieta porque entre ellos existe una relación extraña, una especie de conexión de los extremos de la vida en el que ninguno de los dos necesita hacerse pasar por nada, más que por ellos mismos.A eso de las dos regresarán a casa y la abuela estará terminando la comida. Preguntará dónde han estado y por qué llegan tan tarde. La niña contará una versión, el abuelo otra y ninguna de las dos coincidirá del todo con los hechos. Después comerán y verán una película mientras los padres creen que han solucionado un problema de conciliación. Pero yo los miro pasear y sospecho que funciona al revés. Nosotros creemos que los abuelos nos hacen un favor cuidando de nuestros hijos, pero posiblemente el favor se lo estemos haciendo nosotros a ellos. Y algo más: esa niña que ahora tira de la mano de su abuelo conservará muy pocas cosas de estas mañanas. No recordará qué la compraron, de qué hablaron ni dónde se sentaron. Pero dentro de unos años, cuando el abuelo ya no esté, es posible que aún recuerde cómo un día le dieron la mano bajo el sol de septiembre.