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El Mundo ·

Campeones labrados como la tierra, airosos como las alas

Resumen

Castellanos de alma como Rodri, catalanes de firmeza como Cubarsí, valencianos de alegría como el goleador Ferran Torres, andaluces de relámpago como Fabián, vascos de piedra blindada como Unai Simón y hasta extremeños de centeno como Pedro Porro. Hace 16 años, en Johannesburgo, recurrí al poema de Miguel Hernández, con los protagonistas de entonces, para relatar el episodio final de una epopeya homérica, la de la primera España campeona del mundo. La segunda, agonística, también en la prórroga, con Ferran en el papel de Iniesta, en otro remate para la eternidad, y frente a una Argentina que transpira orgullo a través de listas albicelestes, merece semejante altura literaria. Es la última Argentina de Messi, el Aquiles del fútbol, y Nueva York, su Troya.

Castellanos de alma como Rodri, catalanes de firmeza como Cubarsí, valencianos de alegría como el goleador Ferran Torres, andaluces de relámpago como Fabián, vascos de piedra blindada como Unai Simón y hasta extremeños de centeno como Pedro Porro. Hace 16 años, en Johannesburgo, recurrí al poema de Miguel Hernández, con los protagonistas de entonces, para relatar el episodio final de una epopeya homérica, la de la primera España campeona del mundo. La segunda, agonística, también en la prórroga, con Ferran en el papel de Iniesta, en otro remate para la eternidad, y frente a una Argentina que transpira orgullo a través de listas albicelestes, merece semejante altura literaria. Es la última Argentina de Messi, el Aquiles del fútbol, y Nueva York, su Troya. Al poeta de Orihuela le inspiró lo contrario, la tragedia que se cernía sobre España, durante el primer año de la Guerra Civil. La apelación a la unidad de sus versos era, en realidad, una utopía. Nuestra gran tragedia nacional pasó, pero continúa entre nosotros, como la lluvia fina de una política cainita, frente a la que, en ocasiones, no es fácil sentirse español como cada uno quiera, libremente. La pelota, inocua, libera esos temores y prejuicios, gracias a estos jugadores, como escribió el poeta, «labrados como la tierra y airosos como las alas». Al igual que en 2010, la selección saca a las calles y plazas a las gentes de España de toda condición y adscripción, salvo casos excepcionales, los de siempre, y pinta las mejillas de la inocencia con colores de los que, hoy, nadie sospecha. Mañana será otro día. Entonces, como ahora, la España del balón nos dejó la lección de lo mucho que los españoles, con nuestra singularidad y discrepancias, podemos conseguir juntos, en equipo, el principal nexo común entre ambas campeonas. Entre la conquista de 2010 y la actual, España vivió uno de los episodios más amenazantes para su unidad, como fue la declaración unilateral de independencia en Cataluña, enmarcada en el procés. Los hechos son tozudos, por lo que todo indica que después de las Meninas de los campeones volveremos al Duelo a garrotazos de Goya. No basta con culpar a los políticos. Mea culpa. Lamine Yamal, al final del partido.Abbie ParrAP Entre una y otra selección se aprecian cambios que son, asimismo, significativos de la evolución social en este país. En 2010, no había ni un solo jugador negro, y anteriormente apenas habían pasado de forma episódica Donato o Marcos Senna. Ahora, el gran referente es Lamine Yamal, un talento joven que ejemplifica el relato de la inmigración en carne y hueso. También Nico Williams, clave en el gol de la final. Una aportación que todavía es mayor en la selección femenina, también dominadora. La campeona está formada, a su vez, por futbolistas que tuvieron que dejar nuestro fútbol para abrirse camino fuera, Cucurella, Pedro Porro, Dani Olmo, Ferran Torres o hasta el gran Rodri, como tantos otros jóvenes españoles, para después regresar. Con mayoría de jugadores del Barça, algo natural por el gran trabajo de la cantera azulgrana, es, en realidad, la menos dependiente del bipartidismo futbolístico del país, todavía dominante en 2010. La Masía es una de las ganadoras de la final, al enfrentar a sus dos mejores creaciones, Messi y Lamine. Queda lejos el día en que el argentino pudo jugar con España, algo de lo que intentaban convencerle Piqué y Cesc cuando eran adolescentes, pero lo que es innegable es que es un fruto más del fútbol español. Hay que jugar donde se siente, y Messi no tuvo duda alguna, porque vivía y jugaba en Barcelona, pero dormía en Rosario. En su sueño onírico se veía de albiceleste con la Copa del Mundo en las manos. La levantó en Qatar, pero no pudo repetir la hazaña frente a una España colectiva, magistralmente dirigida por la sensatez de Luis de la Fuente. La selección neutralizó al equipo de Messi con el juego que tanto conoce, la posesión en la que creció para dominar el mundo, el mismo que, hoy, desde su cima, hace girar España como a la pelota.