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El Mundo ·

La batalla desigual (y mortal) contra el narco en Huelva: "Sabemos cuándo salimos, pero no sabemos si vamos a volver"

Resumen

Junto al pantalán donde tiene su base de operaciones el Servicio Marítimo de la Guardia Civil en Huelva hay un puñado, al menos seis, narcolanchas. Mastodónticas, con sus cuatro, cinco o seis motores fueraborda. La mayoría, incautadas junto a sus cargamentos de droga en operaciones llevadas a cabo en el extenso litoral onubense. Pero hay una que tiene una historia muy diferente y algo más lejana y también mucho más trágica.

Junto al pantalán donde tiene su base de operaciones el Servicio Marítimo de la Guardia Civil en Huelva hay un puñado, al menos seis, narcolanchas. Mastodónticas, con sus cuatro, cinco o seis motores fueraborda. La mayoría, incautadas junto a sus cargamentos de droga en operaciones llevadas a cabo en el extenso litoral onubense. Pero hay una que tiene una historia muy diferente y algo más lejana y también mucho más trágica. Allí está, en dique seco frente a la ría de Huelva, la narcolancha que hace algo más de dos años, el 9 de febrero de 2024, mató a los guardias Miguel Ángel González y David Pérez en Barbate tras pasar por encima de la zodiac con la que habían salido aquella noche. El capitán Jerónimo Jiménez y el agente Germán Pérez la veían cada día cuando acudían a su puesto de trabajo. Ellos y el resto de los guardias civiles y funcionarios del Servicio de Vigilancia Aduanera que pelean en primera línea en la guerra abierta contra el narco en el litoral de Huelva. Como un macabro recordatorio de lo que podía pasar, de lo que terminó pasando a primera hora de este viernes, a 80 millas de las costas onubenses, cuando una persecución, otra más, de una narcolancha les terminó costando la vida al capitán Jerónimo Jiménez, de 50 años, padre de tres hijos, y al agente Germán Pérez, de 56 años, casado, además, con otra guardia civil destinada, como él, en el Servicio Marítimo. La narcolancha que mató a otros dos guardias en Huelva en 2024.E. M. Guardias civiles y funcionarios de Aduanas comparten la base del puerto onubense, a tiro de piedra del Muelle del Tinto, un antiguo cargadero de mineral convertido en reclamo turístico. También comparten, cuentan fuentes cercanas, el dolor y, sobre todo, "el miedo". No es un miedo que haya nacido ahora, tras el brutal fallecimiento de estos dos guardias civiles, es un miedo con el que, dicen sus compañeros, conviven desde hace años, conscientes de que cada día es una batalla enormemente desigual contra un enemigo muy superior. "Sabemos cuándo salimos, pero no sabemos si vamos a volver", cuenta a EL MUNDO, un compañero de los dos fallecidos que pide preservar su identidad y relata la inseguridad de su día a día. El capitán y el agente muertos ayer se habían embarcado a primera hora de la mañana, sobre las ocho, en una embarcación semirrígida de las dos que tiene la Guardia Civil en Huelva junto a otro compañero, el cabo Vicente. En una de las dos patrulleras que también forman parte del operativo, la Río Antas, embarcaron otros tres guardias. Iban a patrullar, en principio sin un objetivo definido, hasta que se toparon con una embarcación sospechosa a la que persiguieron hasta que, por razones que se desconocen, las dos colisionaron. La peor parte se la llevó la semirrígida. La noticia empezó a correr por los grupos de WhatsApp de la Guardia Civil y de Aduanas y la incredulidad dio paso pronto a la conmoción. Pero no a la sorpresa. "Sales al mar con lo que tiene, con tu armas y con tus compañeros, sin saber si vas a volver", relatan quienes compartían el día a día con los dos fallecidos. Cuentan cómo, cada vez que se embarcan, se repiten entre ellos una frase que es como un mantra: "Compis, tenemos que volver". No es filosofía, es puro instinto de supervivencia porque, apuntan, el trabajo de perseguir a los malos, a los traficantes de droga, se ha vuelto, de unos años a esta parte, más que peligroso. Casi una ruleta rusa diaria, exponen. Años atrás, recuerdan, "cuando los alcanzábamos se acababa", pero ahora no solo se resisten con uñas y armas de guerra incluidas, sino que "vienen a atacarnos". Ya no navega una narcolancha sola con el hachís o la cocaína, lo hace acompañada de otras dos o tres que tiene como misión, precisamente, defender el cargamento de las fuerzas de seguridad. Lo hacen "a toda costa". "Hace dos veranos casi nos matan a nosotros", dice uno de soldados que combaten en la guerra contra el narco. Casi todos tienen una experiencia similar que contar, o varias. Incluido el capitán Jiménez, que hace un año resultó herido en otra persecución a una narcolancha frente a las costas de Isla Cristina. Sus compañeros recordaban este viernes que entonces tuvo más suerte. La provincia de Huelva tiene más de cien kilómetros de costa, un frente demasiado extenso, "inabarcable" para los cuerpos de seguridad que persiguen a los clanes que controlan un negocio que no conoce límites y que se ha extendido por prácticamente todo el litoral andaluz desde su histórico epicentro, en el Campo de Gibraltar, tras la presión ejercida allí después de que en 2019 los narcos asaltasen un hospital en La Línea dejando claro hasta qué punto actuaban con impunidad total. Se les apretó en Cádiz y se dispersaron por toda Andalucía, incluida Huelva, donde se han asentado y se han hecho fuertes, pone de manifiesto Lucas Lavilla, portavoz en la provincia de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), que coincide en que se trata de una lucha muy desigual en la que la Guardia Civil, sus medios, están a años luz de los que tienen a su disposición los narcos. El problema, dice Lavilla, es sobre todo de disponibilidad de las embarcaciones porque "cada equis millas tienen que someterse a tareas de mantenimiento y quedan inmovilizadas", lo que supone, en el caso de Huelva en concreto, que casi nunca estén las cuatro operativas al mismo tiempo. Los narcos, en cambio, cuentan quienes salen cada día a luchar contra ellos, "están muy organizados, tienen ingenieros de telecomunicaciones, abogados muy buenos y bien pagados, nos dan tres mil vueltas en todo". Saben, asimismo, "dónde estamos y cuándo salimos", apunta, porque "tienen gente en todos lados". Su violencia ha ido en aumentando, escalando en estos años, sobre todo cuando el negocio ha ido virando del hachís a la cocaína. Entonces han aparecido los kalashnikov. "Por la coca matan y se matan", resumen estas fuentes. Eso y que, denuncia, desde el Gobierno no se han tomado medidas para endurecer las penas y, especialmente, para proteger a los agentes. Las asociaciones profesionales llevan años reclamando que se decrete la zona como de Especial Singularidad y que la suya sea, oficialmente y a todos los efectos, una profesión de riesgo. "Nos están tiroteando", clama. Los equipos de psicólogos atendían ayer a los compañeros de los guardias fallecidos y a la esposa del agente Germán Pérez, que se enteró del fallecimiento de su esposo cuando estaba, ella también, trabajando. En las puertas de la Comandancia de Huelva se daban cita amigos y compañeros, que pedían, por favor, respeto a su dolor.