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El País ·

EL PAÍS fue el primer periódico en España en tener Defensor del Lector: esto es lo que nos ha enseñado

Resumen

Un administrativo llamado Juan Carlos Olmo se apostó en 1994 una cena que José Bonaparte, Pepe Botella, había muerto en Canadá. Lo había leído en EL PAÍS así que debía ser verdad. Pero en realidad, José I murió en Florencia y Olmo tuvo que pagar aquella cuenta. Antes, mandó una carta a la defensora del lector de EL PAÍS, en aquel momento Soledad Gallego-Díaz; en ella, argumentaba que debería ser este periódico el que les invitara a los dos.

Un administrativo llamado Juan Carlos Olmo se apostó en 1994 una cena que José Bonaparte, Pepe Botella, había muerto en Canadá. Lo había leído en EL PAÍS así que debía ser verdad. Pero en realidad, José I murió en Florencia y Olmo tuvo que pagar aquella cuenta. Antes, mandó una carta a la defensora del lector de EL PAÍS, en aquel momento Soledad Gallego-Díaz; en ella, argumentaba que debería ser este periódico el que les invitara a los dos. “Algunos creerán que Olmo exagera. La defensora del lector cree, por el contrario, que tiene razón y que no exagera nada (…). La rapidez con la que se trabaja en un diario hace prácticamente imposible garantizar la comprobación y confirmación de todos y cada uno de los detalles de una información (…). La única solución que se nos ocurre a los ombudsman o defensores del lector es corregir, rectificar y pedir disculpas tantas veces como sea necesario”, respondió entonces la futura directora en una columna titulada “EL PAÍS debe una cena”. Ese es un buen ejemplo de la utilidad que tiene dentro de un periódico la figura de un Defensor del Lector: un periodista ajeno a la producción de noticias que arbitra entre quienes las publican y quienes las leen, la intersección más esencial del oficio. En 1985, poco antes de cumplir los 10 años, EL PAÍS decidió incluir en su Redacción este cargo, presente en los mejores periódicos anglosajones, pero entonces inédito en la prensa española (actualmente hay cuatro). “Es una figura que se instituye para garantizar los derechos de los lectores. Privadamente o en las propias páginas del diario, explica cómo se han elaborado las noticias o por qué se tomaron determinadas decisiones editoriales”, describía, en noviembre de 1985, la noticia que anunciaba a Ismael López Muñoz como primer defensor del lector en España. EL PAÍS ha mantenido esta práctica a lo largo de 41 años y 16 defensores (se puede permanecer en el cargo un máximo de cuatro años), que cada 15 días han publicado una columna donde resumen la correspondencia recibida en ese periodo. Para el lector, significa que el periódico va a responder, de forma pública y habitual, por sus errores; para los periodistas, supone recordatorios constantes de para quién escriben cuando escriben y en qué fallan cuando fallan, dos cuestiones cardinales bastante fáciles de olvidar en la vorágine del día a día. ¿Qué consecuencias tiene para un lector el enfoque de una información, lo que se da por hecho en una crónica, un error factual en el quinto párrafo, esa fotografía excesivamente reencuadrada o, quizá, demasiado gráfica? “Está muy bien que de vez en cuando, aunque sea cada 15 días, reflexionemos sobre el periodismo que hacemos. Porque si no hay alguien que te llama a la puerta y te dice: ‘Vamos a pensar hoy en el español que hablamos en el periódico’, ‘vamos a pensar cómo usamos las fuentes’, queda demostrado que no lo piensas”, explica Soledad Alcaide, actual defensora desde 2023. EL PAÍS ha reunido para este suplemento a siete de los nueve defensores: Camilo Valdecantos (que ejerció entre 1999 y 2003), Sebastián Serrano (2005-2006), Milagros Pérez Oliva (2009-2012), Tomás Delclós (2012-2014), Lola Galán (2014-2019), Carlos Yárnoz (2019-2023) y Soledad Alcaide. Juntos, recuerdan sus épocas en el cargo, en una conversación que acaba resultando en un repaso a la historia del periodismo en las últimas décadas —el primer Defensor solo recibía cartas sobre la edición impresa en España: Alcaide responde a cartas, correos electrónicos, wasaps y llamadas telefónicas sobre las ediciones digitales de España y América (siete, en total), más la impresa, más redes sociales, más las secciones de Audio y Vídeo—, pero no solo. También recuerda lo constante que es la toma de decisiones, pequeñas y nodales, que conforman la personalidad de un periódico. Por ejemplo, en la sección de Opinión: ¿hasta qué punto es libre un columnista de servirse de una anécdota que no es cierta para ilustrar una verdad? Aquí Milagros Pérez Oliva rescata una experiencia de 2011: “Tuve un rifirrafe con Francisco Rico, escritor experto en el Quijote, que en un artículo de opinión [‘Teoría y realidad de la ley contra el fumador’, 11 de enero de 2011] decía: ‘En mi vida he fumado un solo cigarrillo’. ¡Toda la hemeroteca está llena de fotos de él fumando! En ningún punto aparecía como una metáfora o ironía: hablaba en serio para después defender la libertad de los fumadores”, relata. “Escribí para refutarlo. Al poco, Javier Cercas hizo un artículo refutando el mío [‘Rico, al paredón’, 13 de febrero de 2011. Decía: ‘Denunciar que Rico fuma es como denunciar que los niños no vienen de París’]. Es muy libre de hacer una opinión contra el defensor, pero esto no acabó aquí. En el diario El Mundo, Arcadi Espada sacó un artículo [el 16 de febrero] diciendo algo así: ‘Han detenido a Cercas al salir de un prostíbulo’. Quería demostrar la importancia de la verdad en las columnas de opinión”. TOMÁS DELCLÓS. Se espera del Defensor un veredicto: esto está bien o está mal. ¿Vosotros os habéis encontrado con dificultades para llegar a él? TODOS. Todo el tiempo. DELCLÓS. Yo siempre recordaré una foto de niños víctimas de la guerra en Siria, cadáveres de niños. Se publicó en la edición digital y llegó un cúmulo de quejas… A mí me parecía que la foto no debía haberse publicado. Pero para sustentar la argumentación, llamé a dos fotoperiodistas muy reconocidos y ambos me manifestaron el hastío que sentían con estas polémicas. “La obscenidad no es la foto, es la guerra”. Tuve un cierto colapso. Iba orientado hacia una conclusión, pero lo planteé como una reflexión. Me guardé el veredicto en el bolsillo. SEBASTIÁN SERRANO. Muchas veces tienen razón todos. Un lector me escribió que por qué decíamos “en loor de multitudes” cuando es “en olor de multitudes”, por lo del incienso y esas cosas. Consulto en el libro de Lázaro Carreter y le daba la razón: es en olor de multitudes. Lo publico y a la siguiente semana me lanzan la caballería: otro sabio decía que es “en loor”. Es una cuestión marginal y anecdótica, pero pasa con cosas más serias como una guerra. DELCLÓS. La imagen de un defensor está asociada al señor o señora que hace el artículo criticando una mala práctica profesional. Pero, como defensor, no fui ni presionado ni censurado. MILAGROS PÉREZ OLIVA. Yo tampoco. LOLA GALÁN. Tampoco. Y a veces es un poco peor la libertad absoluta. ¿Me estaré equivocando? PÉREZ OLIVA. En mi primer o segundo artículo me metía con [Juan Luis] Cebrián directamente. Era el presidente de Prisa. GALÁN. Es más fácil meterse con un director. CARLOS YÁRNOZ. Yo criticaba artículos de Cebrián, Vargas Llosa, Félix de Azúa… Vargas Llosa publicó que había habido fraude en las elecciones de Perú, con tan mala suerte que unos días después la Comisión Electoral declaró que había sido todo limpio. Por supuesto le dediqué un artículo. GALÁN. Vargas Llosa, pese a ser tan importante, aceptaba las críticas. La experiencia de cada defensor es emblemática de la era en la que ejercieron. Valdecantos estaba al frente cuando EL PAÍS era principalmente un diario impreso: las cartas que recibía protestaban por erratas y errores gramaticales y factuales. También comprobó que los apegos más fuertes del lector de papel no eran con las páginas de información. “La queja que alcanzó proporciones de diluvio se produjo cuando el periódico suprimió el cuadernillo de pasatiempos y los incluyó, con recortes, en la paginación del diario”, explica. José Miguel Larraya, que había sido defensor entre 1989 y 1991, retomó el cargo unos meses en 2007 y observó cuánto había cambiado el mundo entre medias (y el periódico, en manos ya de una nueva generación de periodistas que, por primera vez, habían sido lectores de EL PAÍS antes de ser sus jefes). Serrano y Pérez Oliva plasmaron el auge del periodismo online, con sus prisas y sus presiones, la necesidad de normas nuevas y más laxas para conciliar la palabra escrita, históricamente reposada, con la inmediatez. Delclós y Galán estuvieron presentes cuando EL PAÍS pasó a ser un periódico audiovisual, con vídeos y podcasts. Soledad Alcaide afronta hoy la realidad de que ya no hay solo un único perfil de lector sino varios. “El lector de papel exige que la edición impresa guarde las esencias de hace 40 años: le molesta bastante lo que hacemos en la web”, resume. “El lector web no toca el papel y quiere que todo sea más ágil, no piensa tanto en las esencias”. Aquí Delclós vuelve a lo aprendido en sus tiempos. DELCLÓS. Siempre utilicé mucho una frase de Gabriel García Márquez: “¿Quién da la noticia?”. [Serrano y Galán se suman a la respuesta como en un responso] “No quien la da primero, sino quien la da bien”. En la información online, sobre todo en mi época, la obsesión era ser el primero. Pero entonces te llama un lector porque han puesto 1940 y es 1968: lo que haces es llamar a la Redacción y se corrige en el digital. Y lo que no se consigue tanto es que haya constancia de la fe de errores en el formato online. SOLEDAD ALCAIDE. Se considera que si una noticia está en evolución, no todos los cambios se incluyen en la fe de errores porque hay demasiados. Cuando el texto ya lleva un tiempo publicado, una corrección de un error grave se debe meter. YÁRNOZ. Siempre que escribes, de lo que sea, va a haber lectores que saben mucho más que tú. Es una norma elemental de cualquier periodista pensar antes de empezar a escribir: “Me va a leer gente que sabe muchísimo más que yo de eso”. Cualquier error que cometas en el octavo párrafo puede desacreditar todo el artículo. Es mejor quedarse corto que escribir de lo que no sabes. Que este trabajo tiene un componente ingrato resulta evidente. Obliga a señalar los fallos de los compañeros. Delclós tuvo que escribir sobre el ERE a 149 periodistas en 2012; Galán, cuando un editorial llamó “insensato sin escrúpulos” a Pedro Sánchez en 2016. Pérez Oliva, de la publicación de una foto que supuestamente mostraba a Hugo Chávez en la portada del periódico cuando era de otra persona. Yárnoz tomó la decisión de no nombrar a los periodistas en sus columnas: lo importante no era la autoría del error sino el error en sí. La recompensa a este mal trago, sin embargo, hace que valga la pena. Publicar los errores no resta credibilidad, la refuerza. Admitir las debilidades las convierte en lecciones aprendidas. Además, y en esto coinciden todos los defensores, darle voz al lector le da valor a una relación que, habitualmente, trasciende la anécdota. YÁRNOZ. Siempre me ha parecido que hay lectores y, luego, lectores que escriben al periódico. Esos tienen un plus. Son gente que se siente muchísimo más implicada de lo normal con el proyecto. Los que escriben, fundamentalmente, es porque quieren que el periódico sea mejor, quieren subsanar cosas para que no volvamos a cometer los mismos errores, para que no volvamos a tropezar en las mismas piedras. A esos hay que valorarlos muchísimo más, atenderles muchísimo más. No me olvidaré jamás de uno que tuve: Fausto Rojo. GALÁN. Conmigo ya tenía un pasado. Todos los días mandaba cartas. YÁRNOZ. Sí, señor. Él las llamaba Patadas al idioma. Y las iba numerando. Cada e-mail que enviaba iba numerado. Patada al idioma número 420. Cuando se fue Lola del cargo, iba por el 360. Cuando a mí me llegó llegamos al 400 y le dediqué una columna. “400 patadas al idioma”. GALÁN. Y no solamente eran patadas al idioma. Era un señor que atinaba con todo. Una vez me encontró un error que había encontrado a Javier Sampedro [el aclamado periodista científico]. YÁRNOZ. Había cerrado un famoso restaurante de Madrid [Zalacaín]. La información decía: “Cierra este restaurante después de 47 años de singladura”. Para mí hubiera colado. Y Fausto escribió: “Perdonen pero ‘singladura’ es lo que navega un barco en 24 horas”. Era cartógrafo del Ayuntamiento de Barcelona, aunque había nacido en Cartagena. Un cartógrafo muy culto. GALÁN. Se mantiene una relación muy especial con los lectores. YÁRNOZ. Empecé siendo defensor en 2019. En otoño de 2020, de pronto, silencio. No llegaban más Patadas al idioma. Me empecé a mosquear. Enero de 2021: no aparecía. Me puse en contacto con él y me contestó su hija. “Ha muerto”. Fue un shock. Llevaba exactamente, me resulta inolvidable, 558 Patadas al idioma. Publicamos su obituario en el periódico. Me parecía obligado.