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ABC ·

Torear por greguerías

Resumen

Debemos al escritor francés Michel Leiris esta poderosa insinuación: «La literatura considerada como tauromaquia». 'Avant la lettre', con augural audacia, había recogido el guante Ramón Gómez de la Serna. Maestro en los lances, pases y recortes del tropo, toreador de paradojas, diestro en el manejo ... del engaño del lenguaje, Ramón pone en suerte al toro de lo real-imaginario.

Debemos al escritor francés Michel Leiris esta poderosa insinuación: «La literatura considerada como tauromaquia». 'Avant la lettre', con augural audacia, había recogido el guante Ramón Gómez de la Serna. Maestro en los lances, pases y recortes del tropo, toreador de paradojas, diestro en el manejo ... del engaño del lenguaje, Ramón pone en suerte al toro de lo real-imaginario. La greguería centellea cual traje de luces. Sugiere, cita, incita, invita, encandila y desengaña, acomete y se escabulle. «Fatal exclamación de las cosas y del alma al tropezar entre sí por pura casualidad», provoca perplejidad. Despierta la ternura perdida por las cosas. En 'Automoribundia' cuenta Ramón la historia de 'El torero Caracho' (1926), su «novela de toros». La escribe en Nápoles, donde la vida «se siente como un atardecer imperecedero». El apelativo torero del protagonista dice haberlo tomado de la Via Caracciolo. Curioso origen del nombre trasplantado junto con su personaje a la Villa y Corte. Una Gran Vía metropolitana se ha enseñoreado aquí de las viejas calles. Tampoco el madrileñismo de Ramón es ya un costumbrismo trasnochado. Aunque deambule por «los barrios bajos de la atención», como dijo Ortega y Gasset del arte del momento.'Caracho' viene al mundo «con la obsesión y el orgullo de la torería». Se abre camino; casa con Pascuala, la hija del maestro 'Córcoles'; tiene una querida, la Rosario, y un rival, 'Cairel' (en la cubierta de la primera edición dos siluetas de torero cruzan sus estoques en cómica pose de esgrima). Todo podría resultar convencional, pero todo lo trastroca la metáfora. Hasta el desenlace trágico: «El toro sabe cuánto ha matado, y por si no ha matado, y por si no mató bien, hace un último disparo definitivo de sus pistolas ensañadas y vuelve a ensartar en el aire al arlequín». Diríase que el humorismo, mirada oblicua que saca a luz las entretelas de la vida, es contrario a la derechura del torear. Pero el toreo se juega entre burlas y veras. «La muleta es el telón del guiñol de la muerte». Salvando un dudoso clasicismo, el toreo aúna vanguardia y barroquismo. Como la greguería.