Kim Jong-un, el modelo a seguir para todos los Jameneis del mundo
ResumenLa de veces que en los últimos tiempos se habrán mesado las barbas los ayatolás iraníes por estampar su firma en 2015 en aquel acuerdo nuclear tachado en su día de histórico con el Grupo P5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China). Como recuerda con tono quejumbroso estos días a quien le quiera oír Borrell, Teherán cumplió su parte y el globo respiro aliviado con la seguridad de que se controlaban los límites estrictos a las actividades atómicas del régimen con inspecciones periódicas nunca antes tan férreas de la OIEA. Pero llegó Trump a la Casa Blanca, en su primer mandato, y con aquella resolución se fumó un puro. No iba con él ese principio que se enseñaba en parvulitos de pacta sunt servanda.
La de veces que en los últimos tiempos se habrán mesado las barbas los ayatolás iraníes por estampar su firma en 2015 en aquel acuerdo nuclear tachado en su día de histórico con el Grupo P5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China). Como recuerda con tono quejumbroso estos días a quien le quiera oír Borrell, Teherán cumplió su parte y el globo respiro aliviado con la seguridad de que se controlaban los límites estrictos a las actividades atómicas del régimen con inspecciones periódicas nunca antes tan férreas de la OIEA. Pero llegó Trump a la Casa Blanca, en su primer mandato, y con aquella resolución se fumó un puro. No iba con él ese principio que se enseñaba en parvulitos de pacta sunt servanda. La República Islámica volvió a ser percibida como el demonio en la Tierra y, eso sí, tras desaprovechar su oportunidad histórica de avanzar en la bomba nuclear que le habría convertido en intocable per saecula saeculorum. Ya no se habría animado Netanyahu, no. Terrible moraleja. Miedito da solo pensarlo. Pero la envidia con la que se debió de ir al otro barrio el fanático Jamenei de ese dictador campanudo que es Kim Jong-un, cuyo estrafalario aspecto de chiste no oculta que es una de las mayores amenazas para el orden mundial, aunque naturalmente nadie se atreve a toserle, justamente porque él sí tiene un arsenal nuclear de tomo y lomo capaz de destruir en poco rato no se sabe bien cuántas ciudades de Estados Unidos en una sola tacada demencial. Y tampoco hacía falta irse al sucesor de Jomeini. Los europeos llevamos cuatro años sufriendo la devastadora guerra en una Ucrania exhausta que cada día abre los ojos maldiciendo aquel memorandum del 94 por el que la que era nada menos que tercera potencia atómica mundial transfirió todas sus ojivas a la recién nacida Rusia para su desmantelamiento, a cambio de garantías plenas de respeto a su soberanía y de seguridad. Lo que tardó Putin en hacer lo mismo que luego Trump con el papelito y un mechero. De todo el horror al que estamos asistiendo por esa carrera alocada y sin freno hacia el desastre a la que nos han invitado potencias con intereses tan chiflados como Rusia, Estados e Israel, la lección más inquietante que ya se ha incrustado en todas partes es la de que hoy sólo va a sentirse protegida en su integridad aquella nación que posea bombas de destrucción masiva de la buena. Y eso es tan deleznable como peligroso. Como decía sobre el tema en este diario el divulgador científico Carlo Rovelli, "la humanidad no ha hecho otra cosa que masacrarse y lo estamos repitiendo, alegre y gloriosamente; vamos como sonámbulos hacia la catástrofe". Es peor. Nos lanzamos hacia ella bien conscientes y despiertos.