La alegría de España
ResumenEl seleccionador Luis de la Fuente terminó en febrero su intervención en nuestro Future Makers con una cita de Alfredo di Stéfano: "Ningún jugador es tan bueno como somos todos juntos". "No hay ninguna individualidad, por extraordinaria que sea, que sea mejor ni más importante que un gran equipo", aclaró él mismo. El fútbol límpido y fascinante de España se presenta esta noche a la conquista de la segunda estrella después de una exhibición sensacional de juego colectivo en la memorable semifinal contra Francia. La victoria hoy en Nueva York ante la combativa Argentina de Messi sería el triunfo de la continuidad de una idea: esa cultura futbolística diferencial que levantó la primera Copa del Mundo hace 16 años.
El seleccionador Luis de la Fuente terminó en febrero su intervención en nuestro Future Makers con una cita de Alfredo di Stéfano: "Ningún jugador es tan bueno como somos todos juntos". "No hay ninguna individualidad, por extraordinaria que sea, que sea mejor ni más importante que un gran equipo", aclaró él mismo. El fútbol límpido y fascinante de España se presenta esta noche a la conquista de la segunda estrella después de una exhibición sensacional de juego colectivo en la memorable semifinal contra Francia. La victoria hoy en Nueva York ante la combativa Argentina de Messi sería el triunfo de la continuidad de una idea: esa cultura futbolística diferencial que levantó la primera Copa del Mundo hace 16 años. De aquel equipo de leyenda con Xavi, Villa e Iniesta llegó a escribir The Wall Street Journal que era el mejor que había existido nunca en cualquier disciplina deportiva y de este sofisticado e hipermoderno de Lamine, Rodri y Cucurella quizá se dirá en algún momento lo mismo. El tiki-taka vistoso, solidario y dinámico de entonces es el tiktok juvenil, mestizo y trepidante de ahora. El testigo ha pasado natural y sencillamente a una nueva generación. Si la final del Mundial condensa el estado de ánimo de un país, nuestra mayor ilusión es pensar que ese flow talentoso, imparable y sin complejos de la selección es la representación simbólica de lo mejor de nosotros mismos. La España pujante que ha sabido adaptarse a un mundo en continua transformación; la de las empresas, creativos o investigadores que lideran proyectos asombrosos en todo el planeta. Una nación también real y convencida de sí misma que mira al futuro. Y mientras España contempla orgullosa a una generación que gana porque comparte, crea y se sacrifica junta, nuestra política permanece secuestrada por la lógica inversa: la de quienes exigen que las reglas, las instituciones y hasta la convivencia se acomoden a las necesidades de su supervivencia personal. Ningún acontecimiento es más expresivo de esa manera de entender la vida pública que la concesión de la amnistía a los líderes independentistas. Cuando Sánchez celebró durante su investidura que se trataba de «hacer de la necesidad virtud», significaba estar dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso doblegar la ley, con tal de no ceder el poder. La sentencia del tribunal europeo era previsible, pero sigue siendo decepcionante. La Corte de Luxemburgo omite la objeción principal, la que fue más extensa y apasionadamente defendida por el abogado de la Comisión durante la vista: que nos encontramos ante un acto de arbitrariedad porque la motivación real de la amnistía consistía en retribuir con la impunidad a quienes podían prestar los votos que le hacían falta a Pedro Sánchez. Es por tanto una "autoamnistía", redactada de su propia mano por sus concretos beneficiarios. Así que no es un asunto de naturaleza meramente moral, sino que afecta al corazón del Estado de Derecho y del artículo 2 del Tratado de la Unión, la piedra filosofal de su comunidad de valores. Esteban Urreiztieta publicó el lunes en EL MUNDO una información trascendental con la que se escribirá esta historia. Sánchez utilizó la negociación con Junts a través de Zapatero y los "bailes de fechas" de Cándido Conde-Pumpido sobre la amnistía para dejar atado a Carles Puigdemont a una expectativa permanente. Esa dependencia le sirvió para prolongar la legislatura y dejarlo exangüe. No puede comprender el cambio social quien vive ensimismado con su prioridad personal desde hace nueve años a miles de kilómetros. Sus restos se los repartirán el esencialismo xenófobo de Aliança Catalana y el pujolismo de nuevo cuño que pretende encarnar el PSC de Salvador Illa de la mano del recurrente establishment. La "reconciliación" era esto. La selección no necesitará esta noche que las reglas se doblen a su favor ni que el equipo permanezca cautivo de algún destino individual. Ésa es también la nación que queremos reconocer en ellos: una España joven, plural, unida y segura de sí misma. La victoria más profunda ya se ha producido. Está en los cientos de miles de jóvenes que han salido en Don Benito, Madrid, Sabadell o Vitoria para festejar sin pedir permiso y sin tener que resolver previamente qué significa ser español. Chicos y chicas de distintos orígenes, lenguas y tonos de piel que viven su españolidad con naturalidad, compatible con todas las demás formas de pertenencia. Ayer recordaba Iñaki Ellakuría la frase del Rey en su discurso de proclamación: "En esta gran nación, caben todas las formas de sentirse español". Este Mundial puede ser la primera gran experiencia colectiva de la nueva España global del siglo XXI: el país mestizo, tecnológico y confiado que realmente somos, capaz de entenderse de muchas maneras y de reconocerse en una misma alegría. La mejor España