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El País ·

La trastienda de las buenas y las malas noticias que cuenta el diario en un día

Resumen

En 1947, un grupo de científicos de la Universidad de Chicago concibió un sistema para alertar al mundo de una catástrofe nuclear y aseguró que, según sus previsiones, el mundo estaba a ocho minutos simbólicos de su final. En 1976, cuando el primer número de El PAÍS salió a la calle, este colchón de minutillos había engordado hasta llegar a los nueve. Aquel día había muchos problemas y la primera portada del periódico se encargó de señalarlos, pero el riesgo de acabar todos convertidos en polvo de estrellas de un petardazo atómico no era el principal. Hoy, cuando este periódico está a punto de cumplir 50 años, estas previsiones apuntan a que estamos a solo 85 segundos de la extinción debido a la proliferación sin control del armamento nuclear, del calentamiento global y de un más que posible mal uso de la Inteligencia Artificial.

En 1947, un grupo de científicos de la Universidad de Chicago concibió un sistema para alertar al mundo de una catástrofe nuclear y aseguró que, según sus previsiones, el mundo estaba a ocho minutos simbólicos de su final. En 1976, cuando el primer número de El PAÍS salió a la calle, este colchón de minutillos había engordado hasta llegar a los nueve. Aquel día había muchos problemas y la primera portada del periódico se encargó de señalarlos, pero el riesgo de acabar todos convertidos en polvo de estrellas de un petardazo atómico no era el principal. Hoy, cuando este periódico está a punto de cumplir 50 años, estas previsiones apuntan a que estamos a solo 85 segundos de la extinción debido a la proliferación sin control del armamento nuclear, del calentamiento global y de un más que posible mal uso de la Inteligencia Artificial. Una noticia decididamente importante, esta de la extinción final, pero que no quedará reflejada en ninguna parte. Del fin del planeta, de las buenas y las malas noticias, del pesimismo y del optimismo al abordarlas y de la más que posible porquería de mundo que —sin que necesariamente se extinga en 85 segundos— vamos a dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos se habló ayer, entre otros muchos asuntos, en las naves de Matadero Madrid durante las actividades de la segunda jornada del Festival que hasta hoy se celebra por el 50 aniversario de EL PAIS. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez recordó el ejemplo del reloj del fin del mundo en la conversación que mantuvo con el también escritor francoitaliano Giuliano da Empoli. Da Empoli, lúcido y directo, autor del clarividente ensayo El tiempo de los depredadores, advirtió a los asistentes de los riesgos que implica la alianza de facto entre los tecnooligarcas como Mark Zuckerber o Elon Musk y los populistas como Donald Trump o Javier Milei para acaparar cada día más esferas de poder. “Les interesa fomentar los dos extremos, no solo el que ellos ocupan, para después enfrentarlos contra la opinión general y desarmarla”, aseguró. Da Empoli pintó un panorama tan oscuro, un futuro tan triste, con la polarización social y política extremándose y la ignorancia y el odio extendiéndose gracias a la pólvora de las plataformas digitales que al final, exhausto, Vásquez preguntó, casi enarbolando una bandera blanca: “¿Y qué podemos hacer?”. Las respuestas de Da Empoli —“fomentar lo físico, huir en los posible de lo digital, no conformarse…”— supieron a poco y uno salía de la conferencia con el alma sobrecogida. Para colmo, un aguacero apocalíptico se abalanzó sobre Madrid en ese momento y daba para pensar que acababan de descontarse por lo menos cinco segundos más del reloj del fin del mundo. La sombra se extendió por el Matadero. Porque no solo en las conferencias de escritores prominentes flotaba esa sensación de acabamiento. En un inocente taller de prensa para niños, a la petición de que escribieran una noticia, Rebeca, de nueve años, que había acudido con su hermana Leire, de siete, anotó: “Trump quiere hacer la tercera guerra mundial”. Ni mucho menos mal tirado, a juzgar por varios expertos en geopolítica. Menos mal que otra niña, Blanca, también de nueve años, propuso un titular esperanzador: “Se terminan los deberes y los exámenes”. Hurra por la propuesta de Blanca. Ahí tiene trabajo el ministerio de Educación. En la otra esquina del recinto, un grupo pequeño de periodistas de EL PAÍS resistía al enemigo en compañía de la filóloga y catedrática Lola Pons, colaboradora de este diario. Bajo el hoy por hoy provocativo título de No estamos tan mal, Mari Luz Peinado proyectó sobre la pantalla un ramillete de buenas noticias: un inmunólogo que revolucionó el tratamiento de la diabetes, un tratado para proteger las aguas internacionales, una madre coraje rusa que luchó contra el adoctrinamiento infantil, el aumento en determinadas zonas de rutas ferroviarias… También se proyectaron ejemplos de portadas de EL PAÍS de 1976 que reflejaban una sociedad mucho más machista, más tolerante con la violencia y propensa a llamar directamente subnormales a las personas con discapacidad. Por cierto, para que apareciera una mujer en portada hubo que esperar a finales de mayo, más de 20 días después del lanzamiento de este periódico hace medio siglo. La afortunada fue la reina Sofía en una visita a una mina en Asturias. Jaime Rubio Hancok, redactor del suplemento Ideas de EL PAÍS, explicó que es conveniente ser moderadamente optimista. “Si eres optimista haces cosas”. Y puso un ejemplo esclarecedor: “Un pesimista absoluto jamás dejará de fumar, porque pensará que no va ser capaz y además, ¿Para qué?; un optimista absoluto tampoco, porque pensará que jamás pillará cáncer; solo el optimista moderado tratará de dejar de fumar aunque lo haya intentado muchas veces infructuosamente, porque se ve capaz de hacerlo”. Tanto Peinado como Brenda Valverde, integrantes de la newsletter Correo sí deseado, abogan por un periodismo constructivo que no solo refleje problemas sino que muestre personas y situaciones que han conseguido solucionar adversidades concretas. —Un poquito de luz—, dijo Valverde. —Eso: un poquito de luz—, contestó Hancock. Todos los días, por la tarde, los responsables de las distintas secciones se reúnen con el director de este periódico para discutir qué contenidos serán noticia de primera página e irán destacados en la web. Ayer, esta reunión, por primera vez en la historia de EL PAÍS, se celebró en un lugar público, una sala abarrotada de Matadero Madrid. Ayer, como siempre, había que elegir. Por un lado, estaba la noticia pesimista de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanza una advertencia a toda Europa con la amenaza de retirar tropas de Alemania; por otro, un retrato optimista de seis inmigrantes que aspiran a que su vida se vuelva más decente y mejor tras conseguir la prometida regularización. Un dilema periodístico. Y social. Y político. Todo se resume a veces en decidir qué es lo más importante, cuál es la noticia que manda. El director, Jan Martínez Ahrens, ordenó que la principal noticia de la primera página del último número de EL PAÍS de los últimos 50 años iba a ser la del retrato colectivo de los inmigrantes. Mientras, en otra nave de Matadero Madrid, la ajedrecista iraní en el exilio Sara Khadem se enfrentaba, en una sala repleta de público, a unas partidas simultáneas con 22 hombres. Ella comandaba solo las blancas. Al verla jugar, una señora exclamó, con admiración: “Qué rápido mueve, cómo sabe siempre qué hay que decidir”. Al final, Khadem ganó 14 partidas, hizo seis tablas y solo fue derrotada por dos rivales. Algo ha cambiado en este medio siglo lleno de noticias buenas y malas, blancas y negras.