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El Mundo ·

"Llevo 20 años como guardia civil en la frontera de El Tarajal, y lo peor es que nuestro trabajo no sirve para nada, es lamentable"

Resumen

Hay un punto en el discurso de Juan, tras 20 años currando como guardia civil en El Tarajal y con una voz, al otro lado del teléfono, que expresa muy bien la dureza de su trabajo, que pone negro sobre blanco el extraño, paradójico límite en que se vive en esta frontera entre el Tercer Mundo y el primero: "Tú tienes que tratar de impedir que entren, estás ahí para que se mantenga la legalidad y la legalidad es respetar la frontera, el límite... Pero, en cuanto han entrado y les interceptas, tu prioridad es salvarles la vida. Les das agua, ropa seca, mantas, llamas a Cruz Roja para que les curen. Lo primero es protegerles del frío: todos llegan con hipotermia".

Hay un punto en el discurso de Juan, tras 20 años currando como guardia civil en El Tarajal y con una voz, al otro lado del teléfono, que expresa muy bien la dureza de su trabajo, que pone negro sobre blanco el extraño, paradójico límite en que se vive en esta frontera entre el Tercer Mundo y el primero: "Tú tienes que tratar de impedir que entren, estás ahí para que se mantenga la legalidad y la legalidad es respetar la frontera, el límite... Pero, en cuanto han entrado y les interceptas, tu prioridad es salvarles la vida. Les das agua, ropa seca, mantas, llamas a Cruz Roja para que les curen. Lo primero es protegerles del frío: todos llegan con hipotermia". A un lado de la línea, hay que contener a los migrantes. Pero, en cuanto ellos consiguen doblegar ese escudo, pasan por así decirlo de adversarios -o de elemento a contener en cualquier caso- a aliados, y todo consiste en protegerles: "Es así, hay que evitar que entren, pero en cuanto entran lo que prima es su protección". De hecho, en otro momento de la conversación, Juan hace hincapié en esto: "Le has salvado la vida a una persona, y eso es... Pues lo que es salvarle la vida a alguien. Una cosa muy seria". Quizás ese es el mejor sentimiento que este guardia civil de frontera expresa en charla con EL MUNDO. Quizás el peor: "¿Frustración por lo que ha pasado? Bueno, es más... Es ver que no servimos para nada cuando estamos aquí, que nuestro trabajo no sirve para nada. Que unos entran y se quedan, otros son devueltos y lo vuelven a intentar... Y nada cambia. Nosotros no traemos ninguna solución, no sirve de nada lo que hacemos. La solución sólo puede ser política para que esta gente no haga lo que hace". Juan (el nombre no es real), de algo más de 60 años y que comenzó a trabajar en El Tarajal, destino que él pidió -"y donde me quiero jubilar"-, hace cerca de 20, sintió la avalancha de los días 30 y 31 "como una fiesta". No suya, evidentemente, sino de los 80.000 magrebíes y subsaharianos que cruzaban: "No es lo mismo cuando cruzan en plan violento, a veces te tiran orina, o heces, y otras veces han atacado a compañeros con los ganchos con los que saltan la valla... Que lo que pasó esos días: para ellos era como una fiesta, venían alegres... No es lo mismo". Por el mar, sin embargo, llegaba el funeral: "Creo que no hubo muertos por aplastamiento, entiendo que todos murieron ahogados [83 personas en el lado español, ha certificado el Instituto Armado]. En estos casos, es la aglomeración lo que de alguna manera contribuye a que mueran... Muchos no saben nadar, y cuando te estás ahogando te agarras a lo que tienes más cerca, que ahí era otra persona...". Juan analiza con frialdad, pero como quien ve algo que sucede en su propia casa, las escenas que sacudieron al planeta hace ahora algo más de un mes: "Mucha gente entró agarrándose a las piedras del espigón, sin tener que nadar, pero muchos otros entraron muy alejados del espigón. Los barcos nuestros estaban llenos, fue una locura. Si vienen nadando desde lejos, sí necesitan una condición física especial, pero si llegan al espigón, casi no es necesario: cruzan agarrados". El guardia ha vivido los años, "hasta el Covid", en que cruzaban la frontera "cada día unas 20.000 personas y unos 8.000 coches" desde Marruecos y de vuelta a ese país, en una especie de comercio clandestino pero permitido por el país vecino: "Lo llamaban aduana de subsistencia. Marruecos no controlaba nada de lo que entraba porque asumía que era para que pudiera vivir la población de Castillejos y de esas zonas". La pandemia cerró la frontera "y a partir de ahí sí todo se controló más", cuando se volvió a abrir, dos años después. Cuando comenzó "había muchos intentos de saltar la valla, pero menos a nado de lo que hay ahora, que hay mucho nadador. Los dos días previos al 30 de julio vinieron 300 personas, estaba claro que algo podía pasar, pero quienes estamos ahí a pie de obra somos a veces los que menos información tenemos". ¿Siente que están abandonados, solos ante el peligro? "Es verdad que faltan muchas cosas: mejores medios materiales, más personas trabajando un protocolo serio de contención... Falta mucho para que eso se haga bien, y es todo voluntad política". Ante la pregunta de si Marruecos es quien en realidad controla la frontera, responde con otra cuestión, secamente: "¿No está claro, después de lo que ha pasado?". Pero, volviendo a esa condición bifronte -de guardián de la frontera pero salvador si el migrante la franquea-, Juan cuenta cómo llevan años pidiendo que se pueda cotejar el ADN de los ahogados en El Tarajal con el de los familiares que los buscan: "A los que fallecen y de los que no se tiene identidad se les entierra con un número, sin más pero se les sacan fotos, huella dactilar y restos de ADN, y hay ONG que vienen muchas veces buscándolos, con sus familiares del brazo. Llevamos años intentando que ese ADN se pueda cotejar, pero los ministerios de Exteriores de España y Marruecos no lo han acordado". ¿Se llega a poner en el lugar de los migrantes a los que tiene que repeler y, momentos después, cuidar? "Vamos a ver, emigrar para conseguir una vida mejor es muy lícito. Mi madre emigró, en los años 50, a Alemania. Mi hijo ha emigrado a Francia. Pero se puede hacer legalmente. Todos los años miles de marroquíes van a Huelva, con un permiso de trabajo, a recoger fresa, y luego vuelven. Se puede organizar, y se debe hacer". Juan admite que le "frustra" que su trabajo no sirva para "nada", "pero lo aparto", añade. El día de autos "el despliegue era el normal de todos los días, ni más ni menos. Luego, cuando se empezó a armar, ya trajeron refuerzos, pero antes nada". No es que tenga amigos musulmanes en Ceuta, "es que he vivido en bloques en que todo el mundo era musulmán, y trabajo cada día con muchos guardias y policías que lo son, y me junto al salir en el bar pequeñito, blanco, que hay al lado de la frontera, con muchos que son musulmanes, y ahí ponemos todo en común... Pero es que esto no va", agrega, "de musulmanes o no [el 45% de la población de Ceuta es musulmana], sino de poner los medios para que la gente no haga lo que hace, y se ponga en peligro como se pone. Y eso sólo lo puede arreglar la política", finaliza.