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El Mundo ·

¿Sobrevivirá el trumpismo al declive de Trump?

Resumen

Para un europeo, las elecciones de medio mandato estadounidenses suponen un espectáculo curioso. En primer lugar, porque se desarrollan en un sistema en el que no existe la figura del líder de la oposición. Desde el momento en que se celebran las presidenciales en EEUU, el partido ganador tiene un líder claro e indiscutido: el presidente de la república. Pero el partido perdedor queda descabezado durante tres años, hasta que elige a su siguiente candidato a la Presidencia.

Para un europeo, las elecciones de medio mandato estadounidenses suponen un espectáculo curioso. En primer lugar, porque se desarrollan en un sistema en el que no existe la figura del líder de la oposición. Desde el momento en que se celebran las presidenciales en EEUU, el partido ganador tiene un líder claro e indiscutido: el presidente de la república. Pero el partido perdedor queda descabezado durante tres años, hasta que elige a su siguiente candidato a la Presidencia. Claro que tiene una máquina electoral propia, cargos relevantes en el Congreso y el Senado, y líderes simbólicos –empezando por sus ex presidentes–. Pero no hay nadie que encarne el programa general del partido y la oposición al Ejecutivo actual. Cuando se señalaba que los demócratas llegaban a estas elecciones sin un referente claro, y con una pugna soterrada entre distintas facciones, solo se apuntaba a las consecuencias inevitables del propio sistema. Por esto, las midterms son unas elecciones contradictorias, casi esquizofrénicas. Sin posibilidad de que se produzca un choque indirecto entre el líder de un partido y el líder del otro, la competición electoral se disgrega en centenares de campañas regionales. Pocas veces es tan oportuno el plural de elecciones, porque en rigor hablamos de una miríada de competiciones a lo largo y ancho de un país gigantesco, en las que, además, el desempeño individual de los candidatos es muy importante. Se habla de figuras como James Talarico, Abdul El-Sayed, Annie Andrews, Adam Hamilton y otros nuevos senadores demócratas como los «vencedores» de la noche electoral porque no ha ganado la campaña del partido demócrata, sino que se han impuesto las campañas de cada uno de ellos. Un rasgo que viene reforzado por el personalismo de la política estadounidense, tan distinta en este aspecto de la de Europa occidental. Comparemos, en cualquier caso, estas elecciones con nuestras autonómicas: los resultados recientes en Extremadura o Aragón suponían un espaldarazo para Guardiola y también para Feijóo, para Azcón y también para Feijóo; en el sistema norteamericano no existe esa segunda figura nacional que pueda apuntarse los tantos. Pero decíamos que las midterms son contradictorias, y esto es porque, al mismo tiempo que las candidaturas de la oposición son múltiples y variadas, en el lado gubernamental hay una referencia ineludible: el presidente. Así, unas elecciones estrictamente legislativas suelen actuar como referéndum sobre el líder del Ejecutivo. No pueden serlo sobre nadie más. Por eso, los presidentes han tendido a rebajar su perfil ante estos comicios: solo hay una cabeza que cortar, así que mejor no asomarla. La estrategia se vuelve aún más oportuna en momentos de horas bajas para un inquilino de la Casa Blanca. Y aquí es donde se junta lo estructural con lo coyuntural. Un presidente impopular como lo es hoy en día Donald Trump siempre iba a llevarse un castigo en las midterms. Es el único punto de referencia de la política nacional, ninguno de los otros candidatos en liza, sean del partido que sean, tienen un poder o una visibilidad comparables a los del jefe de Estado. Al mismo tiempo, Trump ha hecho todo lo posible por ponerse en la diana en estas elecciones. Por su propia forma de ser –su egocentrismo, su verborrea, su desquiciada necesidad de ser siempre el centro de atención– y también por unas decisiones políticas que han marcado toda la agenda nacional. Suya fue la decisión de atacar Irán, suyo fue el impulso a los aranceles y las guerras comerciales con socios como Canadá; suya es, por tanto, gran parte de la responsabilidad por las subidas de precios que están dañando el bolsillo del americano medio. Suyo es también el impulso al descarado enriquecimiento de su propia familia y de sus aliados políticos en el marco de su Presidencia. Si juntamos esto con el hecho de que sus decisiones más dañinas han ido en contra de promesas que hizo en su regreso a la Casa Blanca –se acabaron las guerras lejanas, se acabó la inflación, se acabaron los privilegios y la corrupción de las élites– se puede ver por qué el referéndum sobre su Presidencia era tan ineludible, y por qué el veredicto ha sido tan demoledor. ¿Trump es hoy más mentiroso, tóxico, corrupto, cruel, esperpéntico, vanidoso, matonil, frívolo y cínico que hace dos años? Desde luego que no; pero su farsa ha quedado mucho más expuesta. Y quien la ha expuesto ha sido él mismo. La pregunta más difícil de resolver, sin embargo, es si este varapalo electoral supone también el fin del trumpismo. La Presidencia del propio Trump ha quedado lastrada irremediablemente al perder el control del Capitolio, y de todas formas su fin estaba cerca por cuestiones tanto constitucionales –no puede presentarse a un tercer mandato– como biológicas –tiene 80 años–. Pero esto no impide que pueda haber un trumpismo después de Trump. Su partido puede elegir a alguno de sus jóvenes imitadores, como J. D. Vance o uno de sus propios hijos, como cabeza del ticket republicano en las próximas elecciones presidenciales. Y también es posible que un líder que no provenga del ala nacionalpopulista del partido deba empaparse de ese estilo y ese programa para ganar unas primarias. Mientras la salud se lo permita, el antiguo magnate querrá seguir influyendo en la política de su formación; y ha tenido nada menos que 10 años para moldear la cultura política de las bases republicanas. Además, incluso cuando ya no pueda influir directamente, quedará su proyecto político. Perón murió hace 50 años, pero el peronismo ha seguido siendo una de las fuerzas centrales de la política argentina. Que haya trumpismo después de Trump, sin embargo, no significa que ese trumpismo pueda volver a ganar. El presidente norteamericano es un personaje verdaderamente excepcional; no por las razones que él piensa, pero sí en cuanto a su capacidad de sacudir la política convencional y de marcar una fórmula de éxito propia y difícilmente transferible. El comportamiento de Trump en estas midterms es buena muestra de ello: por todo lo que se ha expuesto al comienzo de este artículo, ningún presidente habría actuado como lo ha hecho él en los últimos meses. Ninguno habría tomado una decisión tan arriesgada e impopular como el ataque a Irán; ninguno se habría expuesto tanto en una campaña en la que solo podía perder. Esa irracionalidad política contribuye ahora a sus penurias electorales, pero también debemos reconocer que le ha dado muchos éxitos. Trump ha construido toda una trayectoria sobre su personalidad excesiva, su peculiar carisma, su sintonía con las dinámicas de la economía de la atención, y su voluntad de ir en contra de las reglas habituales de la política. La personalidad de Trump no ha sido un lastre para su éxito, sino que se encuentra en el centro del mismo. No es difícil que surjan imitadores, pero sí que consigan imitarlo tan bien como para obtener los mismos resultados. Luego hay otra pregunta más amplia: si el auge del trumpismo se ha debido únicamente a esa personalidad excepcional -o excepcionalmente capaz de aprovechar las transformaciones sociales y tecnológicas de la última década-, o si se debe a factores sociales, económicos y culturales que rebasan su propio discurso. Llevamos una década escuchando que el apoyo a Trump se debía a la angustia socioeconómica de los perdedores de la globalización; de ser eso cierto, no se entiende por qué el trumpismo estaría llegando a su fin. Cuesta argumentar que las masas desposeídas han dejado de apoyar a Trump porque estén ahora mucho mejor que en 2016. Si algo resuena en todo el mundo occidental es más bien lo contrario: el malestar de unas clases medias y populares que se sienten desconectadas de las élites, agobiadas por el precio de la vivienda y los productos esenciales, e incapaces de traducir sus aspiraciones y su esfuerzo en una mejora de sus condiciones de vida. Todo esto es terreno fértil para que el momento populista continúe, por mucho que sus rostros empiecen a cambiar. David Jiménez Torres es profesor en el Departamento de Historia, Teorías y Geografía Política de la Universidad Complutense de Madrid