El día que Sánchez huyó derrotado
ResumenCuando Cerdán fue imputado, el grupo socialista le recibió en pie, con una excitación extraña, agitando ramas de olivo como si el que entraba en el hemiciclo fuera el Mesías y no algo parecido a su borrico. Algún tiempo atrás habían reaccionado de modo similar ... Fue aquel otro aplauso fervoroso, cálido y entusiasta, como si emergiera directamente de los parias de la tierra y del libro de firmas de la Segunda Internacional. Ambas ovaciones sonaron vergonzosas, bochornosas y sinceras.
Cuando Cerdán fue imputado, el grupo socialista le recibió en pie, con una excitación extraña, agitando ramas de olivo como si el que entraba en el hemiciclo fuera el Mesías y no algo parecido a su borrico. Algún tiempo atrás habían reaccionado de modo similar ... con Ábalos. Fue aquel otro aplauso fervoroso, cálido y entusiasta, como si emergiera directamente de los parias de la tierra y del libro de firmas de la Segunda Internacional. Ambas ovaciones sonaron vergonzosas, bochornosas y sinceras. Sin embargo, lo de este miércoles ha sido diferente. Los aplausos de apoyo a Zapatero no han resultado épicos sino laborales, como si vinieran en el convenio y en lugar de aplaudir estuvieran fichando. Ni un ápice de autenticidad. Las caras de los diputados socialistas no eran de asombro sino de preocupación, puede que de pánico. Ni uno solo podía fingir que no se esperara la imputación, eran los suyos rostros de sala de espera. Y ni una sola de sus intervenciones -erráticas, precipitadas- pudieron amortiguar el golpe.Algo ha tenido que ver el tono del grupo popular, más contenido que en otras ocasiones. Y, por ello, más eficaz. Comenzó Feijóo recitando los delitos por los que se investiga al expresidente del Gobierno y formulando a Sánchez tres preguntas. La primera, acerca de la manera en la que Zapatero influyó en su Gobierno. La segunda, sobre si va a seguir acusando a los jueces de 'lawfare'. Y la tercera, el corolario: «¿Qué hace ahí manchando un día más la Presidencia del Gobierno?». Uno podría pensar que la respuesta de Sánchez sería digna, institucional y de perfil bajo, algo así como que es el primer sorprendido por esta situación, que resulta preocupante y lamentable, pero que prefiere ser cauto y esperar a que la justicia haga su trabajo, para lo cual se pone a su disposición. O algo así. Pero el presidente optó por la otra vía, que es la del cierre de filas, el apoyo a Zapatero y el ensalzamiento de su obra mitificada, que según él, es habernos sacado de la guerra de Irak, no haber mentido a los españoles tras el 11-M, haber extendido derechos y libertades y poner fin a ETA.Hay momentos en el Congreso en que la tensión es insoportable y la sensación de que algo va a suceder es tan grande que se puede dividir en autonomías. Surge especialmente en los silencios compartidos, esos silencios tensos que anteceden a algo, que no sabes bien qué es, pero que no parece agradable. Bien, esta fue una de esas ocasiones. Tengo la sensación de que nadie podía creerse que el presidente no fuera a dar explicaciones y que, en su lugar, optaría por envolverse en la bandera del populismo y del ataque desesperado. Pero así fue. E incluso la reacción del grupo a sus palabras fue tibia, timorata, como si estuvieran decepcionados por la respuesta o, aún peor, como si supieran que no existe. Esto fue aprovechado por Feijóo para rematarlo, mirando a la bancada socialista: «Algunos de ustedes que siguen siendo honestos se han quedado de piedra». Y fijando la mirada en el presidente: «La pregunta es por qué usted no. Solo hay que leer el auto para entender que sin su consejo de ministros el señor Zapatero no habría podido delinquir». Y tiene toda la razón. Si en esta historia Zapatero es Aldama, falta saber quién es Ábalos, es decir, el cargo político que facilitó la operación. La respuesta fue una ovación cerrada, a la que Sánchez respondió metiendo por ahí a Miguel Ángel Rodríguez, dejando insinuaciones de conjuras judiciales y, en definitiva, volviendo a la esquina como un boxeador sonado. Abascal, en su turno, decidió, como es costumbre, dar aire al PSOE y hablar de la 'prioridad nacional' y de la invasión migratoria. En un día como hoy, con Zapatero imputado, Abascal prefiere obviar el tema. Él sabrá, yo solo lo cuento. Y hablando de aire, Rufián, que se fue a la esquina a dar un masaje a Sánchez, a soplarle en la herida y susurrarle al oído cosas intensas como «estoy jodido», «todo esto es una mierda» y «hay gente a la que esto le rompe el corazón». Sánchez huyó, como acostumbra, derrotado e incapaz de soportar lo que se le viene encima. Pero no pasó nada. Si el imputado fuera Aznar, hoy los sindicatos habrían convocado manifestaciones en toda España y habríamos tenido que salir del Congreso escoltados mientras los socios lo rodean. Pero, ah, es Zapatero. Y eso lo cambia todo. Acertados también Ester Muñoz y Borja Sémper, cuyo tono se echaba de menos y que elevó, como es costumbre, el nivel del parlamentarismo. Sus compañeros se lo reconocieron puestos en pie, pero sin ramas de olivo. Hay días en los que todo rima.