← Volver
El Mundo ·

Instrucciones para dormir en un tren de alta velocidad

Resumen

No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad. Soy de la opinión de que todos los males de la patria se resolverían si sus naturales otorgásemos al sueño la importancia que merece.

No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad. Soy de la opinión de que todos los males de la patria se resolverían si sus naturales otorgásemos al sueño la importancia que merece. Los españoles llevamos fama de trasnochadores, enemigos de las arteras artes de Morfeo, ciudadanos convencidos de que la dulce sumisión nocturna a la inconsciencia arrastra el baldón de una derrota. En cada español se agita un noctámbulo insobornable, alguien criado en la convicción de que irse pronto a la cama y cumplir con las ocho horas de descanso que prescribe la Organización Mundial de la Salud entraña una claudicación. Para contribuir a deshacer ese equívoco el Ministerio de Transportes ha decidido ofrecer sus trenes lentificados a la ciudadanía como una oportunidad para la reparación del sueño que un prejuicio meridional y oscurantista les roba a diario. El ferrocarril decelerado se erige así en actualización de la siesta. Pero para conciliar el sueño en un incómodo vagón plastificado que se mueve a doscientos kilómetros por hora es preciso atenerse al espíritu con el que Julio Cortázar redactó las instrucciones para subir una escalera, para dar cuerda a un reloj o para matar hormigas en Roma. El viajero que quiera descabezar un sueñecito no bien arranca el traqueteo decimonónico de la alta velocidad española debe resolver enseguida el problema de la postura. Si le toca asiento de pasillo, y sus negociaciones para permutarlo con el vecino de ventanilla fracasan estrepitosamente, se aferrará todavía a la esperanza de que el vecino trasero acepte la inclinación del respaldo sin resistencia. Si por el contrario el viajero ha sido agraciado con asiento de ventanilla, su única lucha se entablará con la agresión térmica en forma de aire acondicionado que emana sin descanso, en verano y en invierno, de la rejilla de ventilación; a tal efecto se recomienda viajar pertrechado de jersey, sobretodo o toalla que tapone la salida de la refrigeración. Si a pesar de estas disposiciones el sueño no acude solícito a los párpados cansados del viajero, cabe la posibilidad de recurrir a los tapones de gomaespuma y al comodín de la mesilla. Yo he compartido habitáculo con cuerpos tiernamente abandonados sobre esa plataforma plegable, la boca abierta segregando una baba beatífica y el cráneo caído sobre los brazos cruzados a modo de almohada, bloqueando al educado vecino la posibilidad de salir al vagón restaurante o a aliviarse en el baño. Pero me temo que para alcanzar esa clase de nirvana es preciso haber llegado a la estación directamente desde la pista de alguna discoteca clandestina. Las pastillas siempre son una opción para almas desesperadas, pero se desaconsejan para el caso de que el destino del viajero no coincida con el final del trayecto. Una vez disuelta en el torrente sanguíneo, la química se vuelve francamente incontrolable. Es probable que el viajero que se proponía visitar a su tía de Calatayud se despierte estupefacto en Lérida. Se recomienda consumir alcohol a bordo. Se recomienda reconvenir con miradas coléricas a los desavisados pasajeros que por alguna extraña razón han decidido que el balance de sus negocios insignificantes o las vicisitudes de su familia disfuncional interesan lo más mínimo al resto del pasaje. Se recomienda apostar a que la azafata nos sonreirá espontáneamente en caso de que el insomnio se revele invencible. De un tiempo a esta parte no es fácil viajar en tren en España. La gente echa la culpa al ministro del ramo, que ciertamente no se caracteriza por sus dotes para el fomento de la serenidad en nuestra vida pública. Pero quizá el error sea nuestro por pensar que hoy, en la cuarta economía del continente, tenemos derecho a esperar, en virtud del simple abono de un billete, que nos trasladen de un punto a otro de nuestra geografía sin que medie un incidente cómico, una demora inopinada, un brote de hantavirus o un descarrilamiento trágico.