Sánchez, siempre un pasito por detrás de Trump, rodea el Congreso
ResumenEn un reciente encuentro empresarial a puerta cerrada, el presidente del Gobierno fue preguntado por sus malas perspectivas electorales. «Voy a luchar hasta el final, porque todo lo que hago es por el bien del pueblo», contestó. Ni en los espacios íntimos, Pedro Sánchez elige las palabras al azar, porque es una manera de amasar la conciencia colectiva a su interés. En España, el pueblo se llama soberanía nacional y está representado en las Cortes, que conforman el Poder Legislativo, aquel que le invistió tras perder las elecciones de 2023 a cambio de amnistiar a los insurrectos del proceso independentista de Cataluña.
En un reciente encuentro empresarial a puerta cerrada, el presidente del Gobierno fue preguntado por sus malas perspectivas electorales. «Voy a luchar hasta el final, porque todo lo que hago es por el bien del pueblo», contestó. Ni en los espacios íntimos, Pedro Sánchez elige las palabras al azar, porque es una manera de amasar la conciencia colectiva a su interés. En España, el pueblo se llama soberanía nacional y está representado en las Cortes, que conforman el Poder Legislativo, aquel que le invistió tras perder las elecciones de 2023 a cambio de amnistiar a los insurrectos del proceso independentista de Cataluña. Como pronto fue consciente de que quedaría en minoría, le declaró la guerra en similares términos que al Poder Judicial. «Gobernaré con o sin el legislativo», proclamó. Lo cual es equiparable a decir «gobernaré con o sin el pueblo», pero eso hubiera supuesto explicitar que no iba a respetar los mínimos usos, tiempos y costumbres de una democracia parlamentaria, como por ejemplo la que obliga presentar en tiempo y forma los Presupuestos Generales del Estado. La ausencia de éstos durante una legislatura entera supone mucho más que una anomalía y se adentra en una transformación de facto y por la vía de los hechos del orden constitucional. No es, por tanto, ilógico que dentro de una estrategia de acoso a los poderes que no le son sumisos, el presidente esté encantado con que «el pueblo» o «la gente» que se alinea con sus ideas rodee el Congreso que representa las de todos. Se trata de la democracia emocional asaltando la normativa. Sánchez es feliz con un pie en cada lado. Ya lo ensayó en la Vuelta a España del pasado año cuando llamó a boicotear por la fuerza la última etapa y luego envió a la Policía a reprimir a los manifestantes. Algo parecido ha sucedido ahora con los decretos de la vivienda. Después de ocho años en los que los precios no han hecho más que subir y la combinación entre sus pactos con la extrema izquierda y la minoría parlamentaria han imposibilitado estudiar políticas viables, el presidente enerva un conflicto entre la calle y sus representantes y se eleva como solución. Sánchez ha hecho del antagonismo con Donald Trump su mejor carta de presentación internacional y la justificación del muro contra la ultraderecha. Y bien hecha está. Se ha convertido en su sombra, incluso para interpretar la acción política. El primero impulsó el asalto a su Congreso para negarle representatividad; el segundo se conforma con rodearlo con idéntico fin: el legislativo no respeta la voluntad de la calle. Es decir, la suya. La destilación de todo el movimiento en un eslogan binario del estilo de «con la gente o con los poderosos» sólo es el culmen lógico de una dinámica populista. La situación del mercado inmobiliario es realmente grave. Su solución sólo puede alcanzarse desde la moderación porque implica el consenso de actores con sensibilidades diferentes. Pero estamos hablando de algo distinto. Con Sánchez la excepcionalidad es la norma, porque sin aquélla él no existiría. El psicodrama generado en torno al caso Maricarmen no es más que el enésimo intento sentimental de seguir en el poder de aquel que transformó la voluntad de las urnas en el enemigo del pueblo. Al final ha coseguido el mejor de los resultados: movilizar a sus bases y no tener que aplicar el desastre que hubiese supuesto aprobar esos decretos.