Desvelos de articulistas: “Mi sueño es escribir una columna que acabe con el columnismo”
Resumen“A pesar de que es demasiado pronto, me han dicho que se podía cantar”, dice Pablo Moro, mientras rasguea la guitarra en un escenario en medio de la penumbra. A su alrededor, el público se acaba de sentar pero ya guarda silencio, expectante. “Creo que si cantamos va a ser más divertido”, oye la gente y, bajito, como suelen empezar los conciertos, como empiezan las manifestaciones en las que hay que desembarazarse de la vergüenza para poder alzar la voz, entonan un times are changing del estribillo de La buena estrella de Fito Páez, siguiendo a Moro. Dentro, el público aún no lo sabe pero está a punto de vivir una catarsis.
“A pesar de que es demasiado pronto, me han dicho que se podía cantar”, dice Pablo Moro, mientras rasguea la guitarra en un escenario en medio de la penumbra. A su alrededor, el público se acaba de sentar pero ya guarda silencio, expectante. “Creo que si cantamos va a ser más divertido”, oye la gente y, bajito, como suelen empezar los conciertos, como empiezan las manifestaciones en las que hay que desembarazarse de la vergüenza para poder alzar la voz, entonan un times are changing del estribillo de La buena estrella de Fito Páez, siguiendo a Moro. Es mediodía. Afuera llueve. Dentro, el público aún no lo sabe pero está a punto de vivir una catarsis. El primero en subir al escenario, Juan José Millás, con unas gafas negras rayban de superestrella, recibe una ovación que confirma que en realidad lo es. “Mi sueño es escribir una columna que acabe con el columnismo”, dice y el público, ya a tono, estalla en carcajadas. ¿Pero cómo va a acabar este hombre con el columnismo si es su esencia? Millás, que lleva desde los 90 ocupando un espacio en la última de los viernes, “cuando el periódico se leía en papel porque en internet la última ya no tiene sentido”, confiesa que escribir para EL PAÍS siempre ha sido una gran responsabilidad y que, para no dejarse agarrar por el miedo, decidió crear un alter ego, alguien que no era él, alguien que pudiera escribir sin agobio. “El problema es que muchas veces, el otro quiere escribir una columna propia”, asegura ante la hilaridad de los lectores. “Por eso, si alguna vez, alguna de estas columnas acaba con el columnismo, quiero que sepan que no la he escrito yo. Ha sido el otro”, advierte. Para cuando sube Rosa Montero al escenario, el público ya empieza a estar entregado, en sintonía con lo que hemos venido a hacer, que es escuchar como se cuecen los textos, lo que hay que echarle al caldo para que coja sabor. “Llevo 40 años escribiendo columnas y es lo más aburrido que he hecho”, dice Montero y se puede oír el crujido de las expectativas lectoras que acaban de romperse. “Yo lo que voy a hacer es contar mi entrevista con el ayatolá Jomeini”, dice Montero y un gran “oh” recorre la sala, confirmando que las esperanzas se han reconstruido porque el público está ávido de historias y sobre el escenario hay historia viva del periódico, alguien que lleva firmando artículos desde 1977. La periodista y escritora pasa entonces a contar cómo entrevisto al ayatolá en 1979. “Fue la entrevista más ridícula y patética que he hecho”, confiesa antes de pasar a relatar cómo le hicieron ponerse un velo y le prohibieron que su cabeza estuviera más alta que la del ayatolá con lo cual, como él estaba sentado en el suelo, ella tuvo que ponerse de rodillas y agacharse tanto que lo único que veía era la alfombra. “No olvidemos a las mujeres iraníes y tampoco a las afganas”, reivindica antes de bajarse del escenario. Pablo Moro, que ha acompañado a los columnistas durante todo el acto, cambia con su guitarra de ánimo y para cuando Manuel Jabois se pone bajo los focos, el ambiente ya esta listo para ser destensado de nuevo. El gallego comienza por el principio, que es cómo se hizo columnista y cuenta la historia de una columna que escribió en El diario de Pontevedra, que se llamaba Ruth y que iba de una amiga suya de mismo nombre. En el cierre del periódico alguien pegó el titular, pero no copió la columna en la maqueta (cosas que ocurren y que solo son graciosas años después), con lo cual se quedó la anterior que iba sobre el pianista de El pianista de Polanski y no sobre la amiga Ruth. “Empezaba con la frase ‘los huesos largos y cadavéricos’. Me quedé lívido”, recuerda entre las carcajadas de la sala y prosigue: “Pero me llamó la madre de Ruth y me dijo que le había encantado. Ahí entendí que puedes escribir lo que quieras que el lector entenderá lo que le da la gana y dije: este es mi sitio”. Moro toca Nada de esto fue un error y el público canta ya con ganas, hasta que se hace el silencio y Martín Caparrós sube al escenario con su silla de ruedas. Entonces, la sala se rompe. Los aplausos estallan como no lo habían hecho hasta ahora. Cuando paran, Caparrós cuenta que tenía preparada una historia, pero le da vergüenza contarla. Prefiere, en cambio, dar una primicia: hablar a los lectores que le acaban de ovacionar de un nuevo formato que está creando con un programa que convierte las columnas en canciones. Y pone una de ellas que no ha visto la luz aún, pero la verá pronto. “Yo prefiero hablar del futuro”, dice como disculpándose. “Me ha emocionado ver aquí a compañeros a los que admiro”, dice Elvira Lindo cuando le sucede bajo los focos y recuerda: “A Martín lo conocí en Buenos Aires pero él no se acuerda”. “Sí me acuerdo”, grita él desde el público, “fue un un lugar de dudosa reputación”, apostilla entre las risas. “No me salió bien lo del periodismo, me salió mejor el camino de la ficción”, confiesa Lindo. Ella, que empezó a escribir en el desaparecido suplemento El pequeño País, recibió en 2000 una llamada de Juan Cruz para escribir una columna a la que llamó Tinto de verano en el suplemento estival del diario. De ahí, moduló su tono hasta convertirlo en lo que quería, en lo que es ahora: reflexivo y más serio que en sus primeros años. También, más enfocado en las historias de los demás como la que relató en su artículo Historia de Abdul, sobre el inmigrante ghanés Abdul Azizu que llegó a Valencia en una caja de madera, siendo aún menor, en un contenedor. En Valencia fue acogido primero por las instituciones y después por una familia. “Quiero que veáis que esta columna trata de una persona real”, anuncia Lindo antes de pedir a Abdul que suba al escenario. Los lectores, después de haber oído la historia de un viaje terrible al que tantas personas hacen frente, escucharon a Abdul leer un papel en el que agradece a todas las personas que le han ayudado en España. En la penumbra, algunos, la mayoría, se secan las lágrimas que ya ruedan con absoluta libertad por las mejillas. Estalla una nueva ovación: por Abdul, por la mujer que le acogió, por Elvira Lindo que lo contó, por Caparrós, por Montero, por Millás, por Jabois, por EL PAÍS, que es altavoz, por ellos mismos porque, sin ellos, no estaría ninguna de estas personas en el escenario, no estaríamos hoy, una mañana lluviosa de mayo, celebrando que cumplimos medio siglo de vida. Moro vuelve a la guitarra. Toca Un beso y una flor, de Nino Bravo. Los lectores cantan bajito como en una misa, como se canta tras un desahogo. Afuera ya no llueve. No ha salido el sol, pero el aire es más ligero. Ninguno de los columnistas ha contado cómo debería escribirse una columna, pero han contado algo mejor: que detrás de cada una de las columnas hay un ser humano que lucha para hacer de este mundo un lugar un poquito mejor.