Lyceum Femenino, la década prodigiosa del club de las 'maridas'
ResumenA comienzos del siglo XX, Constance Smedley le propuso un trato a su padre: si conseguía reunir a mil mujeres, él financiaría la sede del club femenino que soñaba con crear en Londres . Insistió en instalarse en Piccadilly, donde se ... concentraban los clubes masculinos que relegaban a las mujeres a un segundo plano o, directamente, las excluían. «Empezaron a reunirse en su casa, más alejada.
A comienzos del siglo XX, Constance Smedley le propuso un trato a su padre: si conseguía reunir a mil mujeres, él financiaría la sede del club femenino que soñaba con crear en Londres . No quería cualquier lugar. Insistió en instalarse en Piccadilly, donde se ... concentraban los clubes masculinos que relegaban a las mujeres a un segundo plano o, directamente, las excluían. «Empezaron a reunirse en su casa, más alejada. Sin embargo, no se trataba solo de estar en el meollo, si no de ocupar el mismo espacio . Es simbólico, pero importante», indica Eva CosculluelaLa periodista y crítica literaria de ABC Cultural ha investigado cómo aquella conquista de la vida pública no fue un gesto aislado. Se convirtió en la semilla de una red internacional que, años después, en 1926, desembocaría en el Lyceum Club Femenino en plena dictadura de Primo de Rivera . En una época donde las mujeres necesitaban permiso marital para abrir una cuenta bancaria, este espacio se convirtió en un oasis de libertad intelectual cuya memoria rescata ahora en 'El club de las modernas' (Seix Barral), que se publica coincidiendo con la celebración del centenario de la institución.Noticia relacionada general No No Cultura usa el centenario del Lyceum Femenino como ariete contra el «fascismo» Jaime G. MoraUno de los principales escollos con los que se ha topado la periodista es la ausencia de un archivo centralizado: tras la victoria franquista en la Guerra Civil, la Sección Femenina incautó la sede de la madrileña Casa de las Siete Chimeneas y gran parte de la documentación desapareció o fue destruida. Se sabe que María de Maeztu, Victoria Kent, Clara Campoamor, Zenobia Camprubí , Ernestina de Champourcín, Isabel Oyarzábal o María Lejárraga habían contribuido a su gestación, pero se desconoce el número total de asociadas que tuvo la institución durante su década de existencia. «Se dice que antes no había tantas mujeres creando, pero, ¿cómo vamos a conocer su obra si no nos han contado que existieron? Para reivindicarlas, primero hay que conocerlas. Es frustrante encontrar nombres de mujeres que lucharon por la igualdad y por nuestra conciencia ciudadana que hoy han pasado sin pena ni gloria, sin poder reconstruir su vida. Eso debe animarnos a seguir buscándolas».Cerrar un círculoLa escritora ha logrado despejar incógnitas a través de memorias, diarios, cartas y la ayuda de la nieta de una de las fundadoras, Pilar de Zubiaurre , que estuvo al frente de la sección de literatura del Lyceum en España. Fue hasta la casa natal de la intelectual vasca, en Garay, para encontrarse con Pilar Gutiérrez de Zubiaurre, que no hace mucho se estableció allí tras llegar de México, donde se exilió su abuela. «Es su digna nieta. El espíritu ese que intuyo que tuvieron estas mujeres lo encontré también en ella. Trajo todos sus documentos». Entre ellos una libreta con un censo que ampliaba el que había hasta entonces, basado en uno mecanografiado de Camprubí con 341 nombres y en el de Concha Fagoaga, investigadora histórica de la institución. Su rescate converge con el proyecto de investigación institucional impulsado por el Ministerio de Cultura por la conmemoración del centenario . Si hasta ahora se pensaba que el club lo formaban 402 mujeres, las nuevas indagaciones han permitido documentar 98 más, hasta alcanzar las 500. Eva resalta que es un proceso abierto a cualquiera que tenga información. «Es un trabajo en marcha. Seguro que sale gente que se acuerda de haber oído en casa que su madre, que su abuela formó parte y y se va a ir ampliando ».Mientras Ortega o Marañón dudaron sobre el papel de la mujer, sus esposas fueron socias fundadorasLa considerada joya de la corona de la celebración llegará en septiembre con una exposición en la Fundación Ortega-Marañón de Madrid, antigua sede de la Residencia de Señoritas (María de Maeztu fue la primera directora en ambas instituciones). Cosculluela relata con agudeza en 'El club de las modernas' cómo, en el contexto de aquella época, el Lyceum nació rodeado de suspicacias. Marañón veía que la mujer estaba «condicionada por una biología que la preparaba para la maternidad» y, para Ortega y Gasset, la esencia femenina «residía en su función como compañera, musa y madre, inspiradora del hombre». Mientras, sus propias esposas, Rosa Spottorno y Dolores Moya respectivamente, se hacían socias fundadoras. Y, un siglo después, se cierra el círculo en la fundación que lleva el nombre de ambos intelectuales. «Se puede decir: 'Mira, esto opinabais y esto decíais, pero hoy, cien años después y gracias a que no os hicieron caso estas mujeres, aquí estamos».Otra muestra de que el Lyceum fue un adelantado a su tiempo es que la palabra sororidad todavía no estaba extendida. Cuando María de Maeztu habla de él como un espacio de mutua ayuda en el que «por ejemplo, asistir a muchachas que en cualquier campo de actividad estén pugnando por abrirse camino», habla de fraternidad femenina. Cosculluela ha rastreado cuándo se usó en prensa por primera vez. Fue Miguel de Unamuno en un artículo que publicó para la revista argentina 'Caras y Caretas' sobre 'Antígona' en 1921. El filósofo reflexiona sobre la falta de un término semejante a fraternal aplicado a las mujeres. «Reivindicaba la invención de una palabra que no existía en castellano, pues 'fraternal' viene de frater, 'hermano', y Antígona era 'soror', 'hermana', explicaba, y, por tanto, la hermandad femenina debía llamarse 'sororidad'», escribe. 'El club de las modernas' Autora Eva Cosculluela Editorial Seix Barral Año 2026 Páginas 440 Precio 22,90Esa red de apoyo mutuo encontró un aliado en ABC y 'Blanco y Negro'. Elena Fortún, con su inolvidable Celia, y María Lejárraga eran habituales. «Cuando empecé la investigación, no estaba demostrado que Lejárraga publicara artículos feministas bajo la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra [la sección se titulaba 'La mujer moderna'], pero ahora ya está asumido. Por eso quise ir más allá y ver si en la época esto era conocido o no. A través de la hemeroteca, descubrí varios artículos en los que hablaban abiertamente de que era ella quien escribía los textos. Cipriano de Rivas Cherif cuenta incluso que están en una reunión de amigos en la que le preguntan a Martínez Sierra por su último libro y no sabe contestar. Es ella quien responde por él», señala. Cosculluela destaca también el papel pionero del periódico en el ámbito visual: «ABC fue de los medios que más mujeres tuvo trabajando como colaboradoras ilustrando y dibujando». Esta apuesta por el talento femenino cristalizó en el Salón de Dibujantas , que tuvo lugar en el Lyceum Club Femenino en 1931 y que expuso las obras Piti Bartolozzi o Viera Sparza, habituales de la casa. Un hito en la lucha por hacerse un lugar en el mundo del arte, rescatado por el Museo ABC en 2019.En una época marcada por fuertes divisiones ideológicas, mejorar la condición de la mujer fue para las asociadas un objetivo superior. En el club convivieron monárquicas convencidas y defensoras de la República; católicas fervientes, moderadas y laicas; progresistas y conservadoras de todas las edades. Los estatutos no tenían en cuenta la renta ni la posición social y entre las socias se encontraban mujeres de familias humildes como Clara Campoamor y también la Reina Victoria Eugenia (presidenta de honor) o la duquesa de Alba, madre de Cayetana Fitz-James Stuart . A pesar de ello, en 'El club de las modernas', la autora refleja que eran en gran parte burguesas ilustradas, ¿cómo si no podían dedicar su tiempo si tuvieran que trabajar de sol a sol para dar de comer a sus hijos? «Tanto pesó esta condición que Concha Méndez, por aquel entonces una joven poeta que empezaba a introducirse en los círculos intelectuales, las llamó 'las maridas de sus maridos'». El artículo 438Pese a las reticencias, comenzaron a trabajar pronto. Solo tres meses después de su inauguración, ya se reunió la junta para aprobar la propuesta que se elevaría a la Comisión de Códigos del Gobierno en la que solicitaban una reforma de la ley, especialmente la eliminación del artículo 438 del código penal, por el que si el marido castigaba a su mujer por adulterio físicamente (incluso con la muerte), podía recibir la pena máxima del destierro. En la legislación aprobada no quedó rastro. Con la Segunda República , en 1931, llega el sufragio universal y el seno del Lyceum también vivió el histórico enfrentamiento entre Clara Campoamor y Victoria Kent por el voto femenino. Se dio la paradoja de que ambas formaban parte del Parlamento, pero no habían podido votar para llegar allí. Lo hicieron por primera vez en 1933.El club también ejecutó proyectos sociales revolucionarios . Es el caso de la Casa de los Niños , una guardería moderna y laica que atendía a hijos de trabajadoras para evitar que acabaran «maleándose» en las calles. «Fue un empeño impresionante de ellas. Esos niños no hubieran salido adelante. Se morían de raquitismo y de inanición, tenían muchos accidentes porque estaban en la calle desde que aprendían a andar y nadie los cuidaba. En 1926, esto era absolutamente rompedor», relata Cosculluela. Recuerda también el Comité del Libro para Ciegos , creado para fomentar la educación y el acceso a la cultura de personas con discapacidad visual a través de la creación y transcripción de libros al sistema Braille.«En la historia del Lyceum hay grandes leyes, pero también hay gestos pequeños. Y tan importantes son unas como otros. Eso pasaba entonces y pasa ahora. Es como el feminismo. En el libro cuento que en esa época nadie quería reconocerse como feminista. Se lo he leído a María de Maeztu, Carmen Baroja, María Lejárraga y pocas más. Pero todas ejercían un feminismo de acción y eso me hace pensar en ahora. También hay una división y gente que reparte carnets, cuando cada mujer descubre si es feminista o no cuando le toca y lo ejerce como puede y como sabe. No tenemos que encajar todas en un molde», concluye Cosculluela.