Lo aguantamos (casi) todo
ResumenPues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.
Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes. Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo. En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí? Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas.