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Ábalos, o la simpatía por el golfo español

Resumen

Para ser república bananera, a España le faltaba un poco de calor. En una mañana fresca —pero fresca—, se presentó a declarar en el Supremo José Luis Ábalos con unas gafas, un clínex para el resfriado y meses de prisión sobre la espalda. es un francotirador, pero le gusta moverse en ese papel del que no se entera pese a lo evidente, de golfo español al que uno no sabe si meter en la cárcel o invitar a organizar un arroz en la terraza. Por eso, cuando decía sus cosas en la sala, entre la prensa se escapaban risas, un poco enlatadas, un poco comprensivas, como todas las risas.

Para ser república bananera, a España le faltaba un poco de calor. En una mañana fresca —pero fresca—, se presentó a declarar en el Supremo José Luis Ábalos con unas gafas, un clínex para el resfriado y meses de prisión sobre la espalda. Ábalos ... es un francotirador, pero le gusta moverse en ese papel del que no se entera pese a lo evidente, de golfo español al que uno no sabe si meter en la cárcel o invitar a organizar un arroz en la terraza. Por eso, cuando decía sus cosas en la sala, entre la prensa se escapaban risas, un poco enlatadas, un poco comprensivas, como todas las risas. El humor es una forma de digresión como cualquier otra porque disuelve los esquemas morales para reconstruirlos en otro plano en el que todo es distinto. Hay un pacto de lectura con el humor y con Ábalos. Y cuando dijo no conocer de nada a Miss Asturias, entramos en esa dimensión blanda y peligrosa de la ternura, donde existen los bandidos adorables. Lo fue durante tres horas. Hasta que se rompió el hechizo.Venía esta vez con el pelo recién —uno imaginaba las charlas con el peluquero de la trena— y perfectamente afeitado, casi de primera comunión, para comparecer ante el fiscal Luzón, que no teme encasillarse en el papel de fiscal Anticorrupción. Durante el interrogatorio, Luzón lo mira a veces sin dar crédito, con los ojos muy abiertos, como si se le apareciera y, fijo en el sumario, pregunta al contraluz de un poder judicial que resiste como puede.Para no dejarse coger, Ábalos se embadurnó en el aceite de su propia caricatura: un tipo sometido a las pasiones humanas, a esa imperfección que nos ronda a todos. Un hombre que perdió la cabeza por una mujer. Y ese esquema funciona: todos entendemos al enamorado: todos le concedemos un margen porque todos hemos sido él. El amor iguala a los hombres mucho más que la muerte. Noticia relacionada general No No José Luis Ábalos se abre ante el Supremo sobre su relación con Jésica: «Con ella aprendí lo que significaba el 'ghosting'» Adrián PeñacobaEl hombre fuerte del PSOE generaba expectación no solo por su responsabilidad, sino porque es ya en sí un género literario. Nos retrotrae a una España donde se perdonaban los impulsos de la carne y no nos daban la turra desde el Monasterio de la Igualdad con mensajes sobre si la talla 38 oprime o si un piropo es violencia. Por eso fuimos a verle, como el que va al cine a una de Clint Eastwood. Una periodista veterana nos miraba de lado: «Hoy habéis venido todos». Sabía de la expectación que generaba el reo con su barba de dos días, esa ronquera en la voz, el pitillo en la comisura y unas flores en la mano, acaso compradas en Flores Loli, la que vende la rotonda de Concha Espina y que, dicen, duran más que Sánchez sin Presupuestos. La maniobra del reo, aprendida al milímetro, consistía en hacerse humano: convertir olvidos, encubrimientos y posibles delitos en fallos comprensibles. Una mancha que se limpia confesándose con el cura o lavando el coche en domingo. Cuando uno ve esas colas de hombres lavando el coche el domingo se piensa qué pecados no habrán cometido, un poco como Ábalos dejándose llevar, queriendo ayudar, siendo, al cabo, un ingenuo con algo de barriga y sin bici de enduro.Mala cabezaEl cénit de la obra maestra de teatro popular que representó se alcanzó en la sala cuando confesó que gran parte de sus problemas venían de su mala cabeza, esto es, de fiarse de una mujer a la que llaman Jésica. «Duele convertirse en carne de meme. Yo la quise», sentenció, y admitió haber buscado aquel piso de la Castellana, preso de algún filtro de amor o del celo cagalón que les da a los hombres a esta edad. Dijo que entonces supo lo que era el 'ghosting', que intentaba dejarlo con la mujer. Aparecía aquí en el papel de infiel que lo niega todo, ese personaje que encuentra estabilidad en la mentira y se hace absolutamente irresistible para el público. Era, como Sánchez, un hombre enamorado, y ante un hombre enamorado, ¿qué juicios vamos a hacer, ni nosotros ni Marchena, que lo miraba como un entomólogo de la Universidad de Tallahassee mientras Ábalos no recordaba ninguno de los hechos que podían incriminarlo? Todo había sido una confusión, como aquel al que le coge su mujer con un amante y viene a decir que ella se le cayó encima. Un hombre enamorado: ¿quién no ha hecho tonterías por amor? El esquema sugiere que todos podemos ser Ábalos. A Ábalos, como a España, le había perdido la braguetaUn hombre enamorado: ¿quién no ha hecho tonterías por amor? El esquema sugiere que todos podemos ser Ábalos, y así se desdibujaba la culpa en el conjunto de una sociedad culturalmente pilla, enamoradiza, pasional y desmemoriada. A Ábalos, como a España, le había perdido la bragueta.Así estuvo a punto de consumarse una de las mejores actuaciones teatrales que hayan visto los ojos de este cronista, y hubo momentos en los que a la gente le daban ganas de achucharlo. Desgraciadamente, el pacto de lectura se deshizo poco antes de la hora de comer, cuando se le fue el papel de las manos. Luzón le preguntaba por transferencias que Ábalos siempre negó; siempre eran menos dinero y siempre se trataba de préstamos que le daban en contra de su voluntad. Ni él tomó la decisión de las mascarillas. Ni Aldama le pagó la casa de vacaciones en Cádiz, que él mismo eligió. Todo era, al parecer, una trapisonda de circunstancias que lo llevaban a caer en los agujeros de conejo de la corrupción. En ese momento, dejó el clínex, tomó las gafas por la patilla e interrumpió a la Fiscalía un poco de más. Ahí apareció, de golpe, el otro personaje. El que ya no es golfo ni adorable y que basa su defensa en que no le habían encontrado el dinero, un gesto propio del villano que se ríe a carcajadas. La ficción había terminado. «Yo ya estoy condenado», dijo. Y, por primera vez en toda la mañana, parecía verdad.