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El Mundo ·

Trump e Infantino: ocho años de amistad y tarjetas rojas

Resumen

Hay algo deliciosamente irónico y profético en el hecho de que el 28 de agosto de 2018, el día en el que Gianni Infantino y Donald Trump se conocieron, el presidente de la federación internacional de fútbol le regalara al (otro) político un juego personalizado de tarjetas rojas y amarillas y le dijera: "ahora es usted parte de la FIFA". El suizo, convertido desde entonces probablemente en el mayor adulador internacional del presidente, le sugirió que las utilizara contra la prensa cuando se cansara de ella. Y Trump, encantado, mostró inmediatamente la roja a las cámaras, sin saber que ocho años después, de nuevo en la Casa Blanca, el planeta entero iba a escandalizarse por sus maniobras para anular una igual a uno de los jugadores de su selección. El estadounidense entiende todas las relaciones desde la óptica del poder crudo, y considerándose el hombre más poderoso del planeta exige no sólo lealtad y entrega, sino sumisión.

Hay algo deliciosamente irónico y profético en el hecho de que el 28 de agosto de 2018, el día en el que Gianni Infantino y Donald Trump se conocieron, el presidente de la federación internacional de fútbol le regalara al (otro) político un juego personalizado de tarjetas rojas y amarillas y le dijera: "ahora es usted parte de la FIFA". El suizo, convertido desde entonces probablemente en el mayor adulador internacional del presidente, le sugirió que las utilizara contra la prensa cuando se cansara de ella. Y Trump, encantado, mostró inmediatamente la roja a las cámaras, sin saber que ocho años después, de nuevo en la Casa Blanca, el planeta entero iba a escandalizarse por sus maniobras para anular una igual a uno de los jugadores de su selección. Llevarse bien con Trump es complicado. El estadounidense entiende todas las relaciones desde la óptica del poder crudo, y considerándose el hombre más poderoso del planeta exige no sólo lealtad y entrega, sino sumisión. Todo va bien si hay genuflexión, elogios y regalos, preferiblemente muy grandes y dorados. Quiere estar en todo y a todas horas, y eso incluye el fútbol estas semanas. Tras la contundente derrota ayer de la selección frente a Bélgica, celebrada en todos los continentes, editoriales y columnas se preguntan hoy en EEUU por qué el presidente siente esa necesidad expansiva sin ser consciente del daño y odio que ocasiona. Infantino entendió muy rápido cómo era su interlocutor y se adaptó. Mientras jefes de Estado y de Gobierno llevan una década desesperados para encontrar el tono adecuado con Trump y rezando para evitar encerronas y humillaciones, especialmente, pero no sólo en el Despacho Oval, Infantino nunca ha tenido el menor roce. Al revés. Ese primer día, Trump aseguró que su hijo pequeño, Barron, el único aficionado al fútbol de toda la familia, era un fan del dirigente y quería conocerlo. "Debes de ser muy famoso", le dijo Trump entonces con un punto de admiración y otro de recelo. Desde entonces, todo ha sido una luna de miel entre ambos. Acuerdos de Abraham En su primer mandato, para celebrar que EEUU albergaría el Mundial junto a Canadá y México, y para empezar las labores de coordinación, Infantino y el presidente se vieron una y otra vez. En agosto del 19 en uno de los campos de golf del multimillonario, que pasa los calurosos veranos en Nueva Jersey, no muy lejos de donde se disputará precisamente la final del torneo. Pocas semanas después, Infantino volvió al Despacho Oval. Y en enero de 2020 comieron durante la cita anual del Foro de Davos, en Suiza. Ahí el lazo entre ambos ya era fuerte. No personal, pero sí más allá de lo meramente deportivo. Infantino y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, parecían los únicos en toda Europa capaces de llevarse bien siempre y sin fisuras ni broncas con Trump. El helvético, de hecho, aprovechó para cimentar algo que sería clave en el segundo mandato: el rol pacificador del presidente estadounidense. Para muchos fue una enorme sorpresa que en septiembre de 2020, a menos de dos meses de las elecciones, Infantino fuera uno de los invitados a la firma de los Acuerdos de Abraham, la gran iniciativa de la administración Trump para acabar con las guerras en Oriente Próximo y lograr establecer relaciones entre Israel y sus vecinos. Fue la tercera visita al Despacho Oval del dirigente deportivo, más que casi cualquier líder mundial, salvo Benjamin Netanyahu, a pesar incluso de que en esos momentos era investigado por la justicia de su propio país. Infantino entrega a Trump el Premio de la Paz de la FIFAAP Pero sin duda ha sido lo visto durante el segundo mandato de Trump lo que ha dado la vuelta al mundo. Una entrega absoluta, obscena por momentos. Totalmente acrítica, entusiasta, con elogios, halagos y regalos mientras Trump bombardeaba países, atacaba las instituciones, amenazaba a sus socios y aliados, detenía masivamente a inmigrantes con tratos brutales, insultaba a los medios y sus rivales y opositores. Infantino, siempre volcado y sin complejos (mientras hace campaña para su propia reelección) llamó a Trump "el rey del soccer" en marzo del año pasado, dándole además el trofeo de oro del Mundial de Clubes, que se quedó en la Casa Blanca. En diciembre, la FIFA celebró el sorteo de grupos del Mundial haciendo una oda al presidente, con sus cantantes y canciones favoritas, en el escenario escogido por Trump (el Kennedy Center, rebautizado por él como Kennedy Trump Center). E incluso le hizo entrega de un sonrojante Premio Fifa de la Paz al hombre que estaba ordenando hundir lanchas en el Caribe y días después atacaría Irán para compensarle por no haber ganado el Nobel. El problema con Trump es que nunca es suficiente. Su exigencia es absoluta, constante. Sus intereses son siempre prioritarios. Y si para conseguir lo que quiere, como la retirada de una tarjeta rota, tiene que quemar puentes, retorcer normas y dejar al resto expuestos, no vacila. Dan igual los premios, los piropos, el servilismo anterior. Lo único que cuenta para él es la siguiente genuflexión.