No me toques… la libertad
ResumenEn España la libertad de expresión es sagrada. Tanto es así que cada partido político tiene la suya propia. Es como un menú del día en un bar de carretera: hay libertad de expresión de derechas, de izquierdas, progresista, patriótica, feminista, antifeminista e incluso imperialista, ... Lo único que no aparece nunca es la libertad de expresión a secas.
En España la libertad de expresión es sagrada. Tanto es así que cada partido político tiene la suya propia. Es como un menú del día en un bar de carretera: hay libertad de expresión de derechas, de izquierdas, progresista, patriótica, feminista, antifeminista e incluso imperialista, ... si la ocasión lo requiere. Lo único que no aparece nunca es la libertad de expresión a secas. La única que merece la pena. Esta semana, en Collado Villalba, una concejala del PP decidió subir al escenario y cancelar en directo un monólogo feminista porque le pareció una falta de respeto. En el espectáculo se dijo «aborto» y todo. Y hasta ahí podíamos llegar. El poder municipal decidió que el público debía ser protegido de tamaña ofensa moral. El teatro, que durante siglos ha sobrevivido a inquisidores, censores y ministros de Cultura, descubrió que también podía sucumbir ante una concejala. Algo parecido ocurrió en Valdemorillo con la obra 'Orlando', de Virginia Woolf. El ayuntamiento, gobernado con Vox, alegó problemas de presupuesto. Y en España el presupuesto sirve lo mismo para no arreglar una carretera que para hacer desaparecer una obra de teatro que incomoda. La compañía teatral habló de veto ideológico. El consistorio, de números. Como suele ocurrir, la contabilidad acabó siendo la máscara respetable de la moral.Cuando es la izquierda la que gobierna la censura no desaparece. Cambia de nombre. Entonces se llama «lucha contra el odio», «defensa de la memoria democrática» o cualquier otro eufemismo. Así se retiran monumentos, se cambian nombres de calles y se decide qué episodios de la historia merecen ser recordados y cuáles deben ser archivados en el 'Cuéntame' de su ficción. Todo ello, por supuesto, en nombre de la democracia. Porque en España las decisiones más discutibles vienen envueltas en un discurso moral de proporciones magníficas. Cuanto más alto apunten, cuanto más digna sea la excusa, más fango les rodea. No falla. Cuando gobierna la derecha, la libertad de expresión corre peligro porque hay que proteger a los empresarios, a la moral pública o al buen gusto. Cuando gobierna la izquierda, corre peligro porque hay que proteger a los niños y a la sociedad del odio, de la desinformación o de las interpretaciones equivocadas de la historia. Unos invocan la libertad de expresión para atacar; otros la invocan para defenderse; y ambos la limitan cuando les toca mandar. Entre la censura moral y la censura virtuosa, nuestro espacio se va encogiendo como un jersey olvidado en la lavadora. Lo único que tienen que hacer, señoras, señores del Servicio Público y voceros ideológicos varios, es recordar algo elemental: ustedes administren el país, pero saquen de sus discursos la palabra libertad. Esa es nuestra.