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El País ·

Mi breve historia china

Resumen

Vosotros, allá, os conmovéis con hermosas flores escarlatas. A mi lado, las ramas del sauce son verdes, frágiles. Nunca había visitado China hasta hace un mes, cuando viajé durante ocho días entre Shanghái y Pekín. Pero ahora, pasadas tres semanas, dudo de haber estado allí, pues todos los recuerdos recientes parecen un sueño lejano que empezó en el aeropuerto de Hangzhou y ya no terminó.

Vosotros, allá, os conmovéis con hermosas flores escarlatas. A mi lado, las ramas del sauce son verdes, frágiles. (Du Fu, siglo VIII) 1. Nunca había visitado China hasta hace un mes, cuando viajé durante ocho días entre Shanghái y Pekín. Pero ahora, pasadas tres semanas, dudo de haber estado allí, pues todos los recuerdos recientes parecen un sueño lejano que empezó en el aeropuerto de Hangzhou y ya no terminó. El tifón Dolphin, que nos acompañó de madrugada camino a Shanghái, doblaba los árboles, despeinándolos entre la sucesión amurallada de rascacielos oscurecidos, sin una sola luz ni una sola señal de vida. A medida que se acercaba la mañana, el viento soplaba con más fuerza, y ​​supimos que nuestro avión había sido uno de los últimos en aterrizar. Pero en lo profundo de este sueño ceniciento, habría una escena con colores mucho más luminosos. En el vestíbulo del Shanghai City Hotel, tras los cristales, alguien nos esperaba. 2. Nos esperaba una mujer joven, delicada y esbelta, con un vestido negro ajustado y un ramo de flores rosas envuelto en papel de seda. Era la editora Yang Qin, quien había venido a recibirnos. Pensé que estaba ante la bisnieta de O-Lan, la protagonista de La buena tierra, de Pearl S. Buck. Pero no dije nada. No me pareció oportuno mencionar, recién llegada, que su silueta me evocaba a una autora que había sido proscrita en tiempos de sus abuelos. Aquella era la lejana época de los rickshaws. Ahora, Yang Qin me entregaba las flores con una mano, pero en la otra sostenía un móvil delante de sus labios con todas las funciones de inteligencia artificial (IA) activadas: ¿Cuál era el estado del tifón? ¿Qué decía la IA sobre el camino para llegar a la biblioteca? ¿Se había pospuesto la sesión para el día siguiente? Aun así, con las ráfagas de viento, ¿sería posible visitar el lugar donde el pequeño río Suzhou abraza al gran Huangpu? ¿Y el Monumento a los Héroes del Pueblo que celebra la lucha por la Revolución? La IA respondió que sí, que el tifón perdería fuerza a lo largo del día. Así que, bajo la lluvia y el viento, nos zambullimos en la corriente de las multitudes. 3. Las multitudes en China me impresionaron. Dicen que los chinos están envejeciendo, pero yo solo vi gente joven. Jóvenes en las instalaciones de Bilibili, el equivalente chino de YouTube, jóvenes en las bibliotecas, jóvenes en jardines y plazas. Si no eran jóvenes, lo parecían. Pero lo que más me impactó fue la Estación Sur de Pekín, a la que llegamos dos días después. Nos encontrábamos ante la síntesis de la multitud humana en su configuración futura. En los carteles informativos, solo los números universales eran legibles. Pero Denise, que lee más allá de los números, descubrió que el embajador Manuel Carvalho y su equipo se acercaban en una celebración sino-lusitana. 4. Quedé enormemente en deuda. En un ambiente festivo, nos llevaron al encuentro de la multitud que visitaba el Templo del Cielo, luego al Mercado de las Perlas, a lo que siguió el Museo Nacional de China. Un museo importante. Lo visitamos en una escasa hora y media, aunque hubiéramos necesitado dos semanas para explorarlo adecuadamente. Fue una impactante lección antropológica. La antiquísima China es tan refinada que resulta comprensible que provenga del siglo XIX la famosa frase, atribuida erróneamente a Napoleón, que más tarde, en los años setenta, daría título al célebre libro de Alain Peyrefitte, Cuando China despierte, el mundo temblará. Claramente, ese momento ha llegado. La China arcaica, repetidamente derrotada por sus vecinos, ha dicho adiós a los viejos zuecos y ahora corre entre aeropuertos calzada con Anta y Li-Ning, con iPads de Alibaba en la mano, manteniendo intacto a pesar de todo el espíritu de sacrificio que le legaron sus ancestros. Así pude entender lo que sucedía con la multitud que observaba el Gran Palacio del Pueblo y el mausoleo de Mao Zedong desde la plaza de Tiananmén. Una multitud ordenada, identificada, protegida y seguida. Pero al preguntarles sobre los límites de la IA, los jóvenes chinos decían que era aberrante pensar en sus límites, que su esperanza es que se convierta en un instrumento de desarrollo económico, sin necesidad de guerra. Sin embargo, lo más importante sería que China supere rápidamente a Estados Unidos. Precisamente en esos días se estaba preparando en Pekín la competición de robots humanoides, y el muñeco Lightness se disponía a batir el récord humano en una media maratón. Dejando a un lado tales prodigiosos robots, creo que lo que se aprende de la multitud china es muy diferente de lo que se experimenta en medio de una multitud europea. La multitud china tiene una meta y una convicción. Siguen mirando hacia lo que quedó atrás, y así, cada uno, con su mochila de supervivencia a hombros, avanza rápidamente. Y aunque ahora todo me parezca un sueño, a propósito de esa vitalidad imparable, tengo una pequeña historia personal que contar. 5. Ocurrió en el Shanghai City Hotel, durante el desayuno. Tardé un buen rato en encontrar algo para servirme. Denise se las apañaba mejor. Tal vez por eso se diera cuenta de que dos jóvenes con camisas blancas, sentados en una mesa cercana, no se servían, solo observaban. Tenía razón. En un momento dado, los chicos se acercaron y, sin decir palabra, me ofrecieron libros para que los firmara, pero sin poner nombres. Querían que reprodujera frases de libros que ellos mismos habían traducido automáticamente a partir de las ediciones chinas. Una frase era de Los memorables: “Toda revolución es una gran alegría que anuncia una gran tristeza”. Pero cuando terminé, había más libros entre las tazas. Denise dijo: “¡No more!“. Firmé dos más. Dejaron tres más. Denise dijo, con firmeza: ”Please, no more!“. Sin pronunciar palabra, los chicos se marcharon y a la mañana siguiente no aparecieron en el comedor. El caso es que luego se presentaron junto al ascensor cuando me dirigía a mi habitación. Uno de ellos hacía de guardia, vigilando el lugar por donde Denise había desaparecido. El otro abrió el ascensor y me hizo gestos para que bajáramos. Era un reto audaz. Acepté. Bajamos al vestíbulo donde Yang Qin me estaba esperando dos días antes para entregarme las flores. Rápidamente, los chicos empezaron a sacar un libro tras otro. Para cada libro, una frase, pero la más recurrente era siempre la misma: “Cada revolución es una gran alegría que anuncia una gran tristeza”. Se formó una cadena de montaje; uno de ellos vigilaba el ascensor, temiendo que apareciera Denise, mientras el otro me tendía los libros y la frase que había de copiar. Yo copiaba la frase y la firmaba, un entendimiento tácito entre los tres, sin palabras, hasta que yo misma dije: “No more”. Entonces salieron sigilosamente a la calle con dos bolsas llenas, mirando hacia atrás como si fueran ladrones. No lo eran; solo eran libreros. 6. Libreros sin licencia, me explicó Yang Qin. En China, como en todas partes, la literatura está perdiendo la batalla comercial. Los lectores prefieren lo real y objetivo, sea eso lo que sea. Cuanto más hablaba la editora sobre esta batalla por el mundo subjetivo, más me sentía conectada yo con esos chicos furtivos. Pero solo le contaría a Denise esta breve historia china mía cuando, ya de regreso, en el aeropuerto de Hangzhou, subimos al avión de Capital Beijing Airlines, pintado de color rosa chillón como un caramelo.