Menores en condiciones insalubres, al raso en el polígono de El Tarajal: «Morimos aquí antes que volver»
ResumenAbre la palma de su mano y deja al descubierto sus cinco dedos. Son los años que tiene uno de los pequeños que pasa el rato jugando al fútbol en el polígono de El Tarajal . Cruzó la frontera a nado junto a su madre ... y, desde entonces, permanecen refugiados en el lugar en ausencia de respuestas u otra posibilidad mejor.
Abre la palma de su mano y deja al descubierto sus cinco dedos. Son los años que tiene uno de los pequeños que pasa el rato jugando al fútbol en el polígono de El Tarajal . Cruzó la frontera a nado junto a su madre ... y, desde entonces, permanecen refugiados en el lugar en ausencia de respuestas u otra posibilidad mejor. Pernoctaron primero en las naves industriales habilitadas por el Gobierno en este mismo espacio y que, pocos días después, cerraron porque no contaban con las condiciones necesarias para su habitabilidad. Este martes comienzan a evaluarse para acondicionarlas de cara a volver a realojar a los numerosos menores que se aglutinan en torno a ellas, aunque fuentes internas del dispositivo desplegado para volver estas naves habitables calculan que tardarán un mes —«probablemente sea más»— en hacerlo. Mientras, muchos menores, aunque también numerosos adultos, viven allí en condiciones insalubres, con un calor extremo durante el día y frío durante las noches, en las que el viento aprieta y no tienen más ropa para protegerse que la que trajeron puesta. Su hambre solo es saciada una vez al día, según cuentan ellos, por la comida que por las tardes les proporciona la Cruz Roja. Los escasos baños portátiles que se han instalado llevan días sin limpiarse y las heces se acumulan sobre ellos de tal manera que hay quienes prefieren no hacer sus necesidades en ellos, aguantar la necesidad y aliviarse en algún lugar cercano. Algunas tiendas de campaña, cartones, mantas y sábanas colgadas hacen de hogar a los marroquís entre los que, además de menores que no pueden ser devueltos a su país por la edad, también hay hombres y mujeres de diversas edades. Muchos de ellos forman parte de una misma familia, pero también hay niños que la dejaron atrás.La noche de este lunes, cuentan, ha sido fatal. Se frotan los brazos con las manos: «Tenemos frío por la noche, no tenemos ropa». Una joven con dos másteres, que cruzó la frontera a nado porque no conseguía papeles para llegar a España, se ofrece a traducir. Todos la rodean y hablan tanto y tan alto que ella tiene que pedirles orden para recoger sus testimonios. «Nadie ha hablado con ellos ni les ha preguntado sobre sus situaciones, y solo comen una vez al día», cuenta Soumia (nombre ficticio, pues prefiere preservar su identidad anónima), mientras señala a una adolescente enferma.«Cada vez que viene alguien de la Policía Nacional dicen que mañana habrá una solución, pero llega mañana y no hay nada», continúa. Pero ellos, la decena de jóvenes que se congrega en torno a ella y que poco a poco se van sumando a la conversación, no se van a mover de ahí. «Morimos aquí antes que volver». Efectivos policiales que se encuentran en la zona cuestionan la organización y el estado del lugar. No comprenden que solo se les proporcione una comida al día existiendo un Ejército como el español, con la capacidad para montar con rapidez y efectividad un operativo de distribución de alimento. Tampoco entienden que la situación de los menores no tenga todavía una solución. Aseguran haber alertado varias veces para que se limpien los baños y las calles del polígono para que no se acumule la suciedad, pero que no se toman medidas.«Morían de hambre en Marruecos»En el lugar hay padres e hijos, pero también niños solos que han encontrado en los demás una improvisada familia. Es el caso de Ala, un adolescente de quince años que llegó a Ceuta completamente solo huyendo de la violencia familiar, y que ha saltado al mar antes de comenzar el bachillerato. «Su madre lo ha tirado en la calle para que se vaya a trabajar y su padre, porque están separados, no tiene casa. Morían de hambre en Marruecos. Ahora ha empezado a beber bebidas alcohólicas, pero le digo que si quiere empezar de cero no puede hacer eso», narra la joven estudiante.No solo él sino otros tantos tienen miedo de volver tras una travesía a nado en la que había «mucha violencia» entre las olas porque unos y otros se empujaban. «Una madre dejó a su bebé de tres meses muerto en el mar», cuenta Soumia. No es la primera vez que muchos de ellos intentan entrar. Hasta en diez ocasiones lo ha intentado un niño de catorce años, siendo esta la primera vez que consigue franquear la frontera. «Cuando te coge la policía de Marruecos te tiran en el Sáhara sin dinero, sin nada, solamente para sufrir el camino hasta el norte otra vez», cuenta, y dice que le ha pasado, que es una suerte de castigo. Describe una violencia fatal. Tienen un debate sobre si contarlo por miedo a las represalias, pero una mujer se planta contra su rey, Mohamed VI, en el trono desde 1999, al que culpan de su precaria situación, y todos aplauden su valentía por querer contarlo a pesar de las represalias que puedan tomar contra ella.«Cuando te coge la policía de Marruecos te tiran en el Sáhara sin dinero, sin nada, solamente para sufrir el camino hasta el norte otra vez»Por ello, los niños coinciden en que prefieren morir en España que volver a Marruecos: «Cuando te coge la policía de Marruecos te están pegando. Me han pegado y llevado al Sáhara sin ropa, solo con calzoncillos. La mayoría no vuelve, solamente los cadáveres o los que recogen las familias». Es la situación que cuentan de los hombres, que aseguran que llevan al Sáhara mediante autobuses. Este periódico pudo ver cómo se metía inmigrantes en los vehículos al otro lado de la frontera, en la parte marroquí, sin que se le especificase el destino al que se dirigían. «A su casa», «a Tánger» o «a otros puntos» fueron algunas de las respuestas que dieron autoridades marroquís que estaban en la zona. Difiere, sin embargo, la situación de las mujeres que emigran ilegalmente, a las que «no les hacen nada, las llevan al hospital si les pasa algo». «Pero a los chicos, aunque se estén muriendo, no», apuntan.Una madre se acerca en compañía de su hijo. Tiene miedo porque tiene anemia y sus medicinas se perdieron en la travesía a nado «y cuando se lo dicen a la Cruz Roja dicen que vale y luego no les traen nada». Desde la organización aseguraron el lunes, en una intervención para medios de comunicación, que han «estado llevando esa primera asistencia humanitaria desde el minuto cero». Tanto su pequeño como los demás «pasan el día solo pensando en qué van a hacer». Apenas juegan, yacen en cartones, mantas e improvisadas tiendas de campaña. De vez en cuando improvisan unos toques de fútbol, si no con una pelota, con una botella vacía que hace las veces de balón. Y aunque por lo general mantienen la paz, la desesperación de no saber ni tener termina por provocar peleas entre grupos por una botella de agua, un hueco para dormir o una silla.