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El País ·

Lindsay Clancy y el monstruo de Frankenstein

Resumen

Un crimen atroz atrae siempre a la multitud, y ninguno como el de la madre que mata a sus hijos. Pero las mujeres que han llenado durante semanas el juicio de Lindsay Clancy no acudían a un espectáculo, sino a mirarla de cerca, cuaderno en mano, buscando reconocer en ella algo propio. Lo ha contado Stephanie McCrummen en The Atlantic, en una crónica de atmósfera y de escucha que enfoca la cámara hacia atrás, a las dos filas de bancos donde se sientan estas peculiares espectadoras. La defensa retrata a una madre que pidió ayuda sin descanso (visitas al psiquiatra, medicaciones, urgencias) y fue abandonada por un sistema fragmentado; la Fiscalía, a una mujer con recursos que sabía lo que hacía.

Un crimen atroz atrae siempre a la multitud, y ninguno como el de la madre que mata a sus hijos. Pero las mujeres que han llenado durante semanas el juicio de Lindsay Clancy no acudían a un espectáculo, sino a mirarla de cerca, cuaderno en mano, buscando reconocer en ella algo propio. Lo ha contado Stephanie McCrummen en The Atlantic, en una crónica de atmósfera y de escucha que enfoca la cámara hacia atrás, a las dos filas de bancos donde se sientan estas peculiares espectadoras. Pero volvamos al juicio. La defensa retrata a una madre que pidió ayuda sin descanso (visitas al psiquiatra, medicaciones, urgencias) y fue abandonada por un sistema fragmentado; la Fiscalía, a una mujer con recursos que sabía lo que hacía. Yo, mientras la leía, pensaba en un monstruo de hace dos siglos. En 1816, con 18 años, Mary Shelley imaginó a un hombre que crea una vida y, en el instante en que su criatura abre los ojos, huye de la habitación, asqueado. De ese abandono nacerá una cadena de muertes. La crítica feminista Ellen Moers leyó Frankenstein como un “mito del nacimiento”, una novela sobre la maternidad cuyo verdadero horror no es crear vida, sino abandonarla. Y lo decisivo es lo que Shelley hace con nuestra mirada: coloca a ese padre-creador exactamente allí donde la cultura pondría a una madre monstruosa (la que engendra y reniega) y consigue que lo compadezcamos, que veamos su tragedia. A Lindsay, la Fiscalía la muestra dejando a sus hijos como juguetes rotos en el suelo del sótano: la madre monstruo, la categoría más antigua del repertorio y —por qué negarlo— la más cómoda para todos. Existe hasta el nombre médico, psicosis puerperal, y aun así elegimos el monstruo. Ese doble rasero también lo diagnosticó Shelley: al varón lo dotamos de un dolor trágico que a una mujer, por lo mismo, siempre le negaríamos. Pero Shelley va más hondo. La criatura no nace monstruo, se vuelve monstruo porque nadie la acoge, porque no tiene lengua ni marco para entenderse y aprende a hablar y a leerse espiando a los De Lacey, fabricándose desde cero los conceptos que nadie le dio. Ese es, exactamente, el gesto de las mujeres de los bancos de madera en las que se fija McCrummen. En un estrado lleno de peritos, abogados y tecnicismos, una de ellas relata los pensamientos intrusivos que tuvo con su bebé; otra, que tras dar a luz vació su cuenta y escribió una nota de despedida, y solo se salvó porque la ingresaron en el mismo programa que un mes antes había rechazado a Lindsay. Otra recuerda el psiquiátrico y los electroshocks de los años setenta; otra cuenta que voló desde Cleveland porque reconoce en Lindsay su misma destreza para enmascarar el derrumbe. Ninguna dice: “Yo lo haría”. Dicen: “Yo estuve en ese lugar y nadie lo nombró”. Lo que caracteriza a estas mujeres es que se reconocen en la zona callada que rodea el crimen, en la distancia entre la maternidad que se nos exige, idealizada y sin sombra, y la que se vive de verdad, ambivalente, agotada, atravesada de pensamientos que no está permitido confesar. Adrienne Rich nombró esa grieta hace medio siglo y en ella han vivido casi todas. Lo que ilumina Lindsay es un sistema que primero condena al silencio esa grieta y luego juzga a quien cae por ella como si la hubiera elegido. Por eso, cuando la fiscal abrió su alegato con un “Esto no va del sistema de salud mental”, una de ellas murmuró para sí: “Sí que va”. Mary Shelley lo escribió hace dos siglos: el monstruo nunca estuvo en la criatura, sino en la negativa a recibirla.