La guerra de desgaste y el nuevo Ormuz
ResumenQuien ose dar una respuesta contundente sobre cómo y cuándo acabará la guerra de Irán, estará mintiendo. Simplemente porque sus protagonistas -los ayatolás iraníes, la Administración Trump y el Gobierno Netanyahu- son impredecibles y van sin el freno de mano de la diplomacia echado. Ahora bien, un mes después de la agresión/conflicto regional/guerra a la economía mundial (llámelo como desee), sí que se confirman al menos dos certezas: la primera, que la dinámica de Irán conduce a una guerra de desgaste; la segunda, que nada volverá a ser lo mismo. Ya aplicó una estrategia de guerra prolongada durante el conflicto de Irán e Irak (1980-1988).
Quien ose dar una respuesta contundente sobre cómo y cuándo acabará la guerra de Irán, estará mintiendo. Simplemente porque sus protagonistas -los ayatolás iraníes, la Administración Trump y el Gobierno Netanyahu- son impredecibles y van sin el freno de mano de la diplomacia echado. Ahora bien, un mes después de la agresión/conflicto regional/guerra a la economía mundial (llámelo como desee), sí que se confirman al menos dos certezas: la primera, que la dinámica de Irán conduce a una guerra de desgaste; la segunda, que nada volverá a ser lo mismo. Teherán no es novata en pulsos bélicos. Ya aplicó una estrategia de guerra prolongada durante el conflicto de Irán e Irak (1980-1988). Simula a la perfección que cede terreno, pero en realidad gana tiempo. Ataca con constancia y agota la capacidad interceptora del rival. Lucha batalla a batalla hasta extenuar al enemigo. Es una táctica de siglos pasados, pero que en esta era de drones y de Inteligencia Artificial se continúa aplicando. El teatro de operaciones sigue siendo prácticamente el mismo. La ahora tan mencionada isla de Jark (por la que pasa aproximadamente un 90% de las exportaciones iraníes de crudo) fue bombardeada con saña por Sadam Husein durante los ochenta. El régimen iraní contabilizó "hasta más de 2.000 veces". Así que ya sabe cómo responder a los golpes. Ahora bien, ¿sabrá repeler el "golpe final" que anuncia el Departamento de Guerra de Estados Unidos? En cuestión de escasos días lo sabremos. "Estamos bien preparados para continuar. Tenemos un arsenal enorme. Estamos utilizando drones y misiles que produjimos hace diez años", aseguran fuentes oficiales de Irán a este periódico. Respecto a la mencionada resiliencia, insisten en ella: "Sólo tenemos una opción, que es la resistencia. Y ésta será larga. Ya no habrá más autocontención. Nuestra moderación se malinterpretó. Se pensó: Irán es débil". Las mismas fuentes avisan de que, de cara a un eventual final de la guerra, "el Estrecho de Ormuz puede volver a la normalidad, pero con un nuevo régimen jurídico". ¿Y respecto a la capacidad nuclear? La respuesta es pura sutileza iraní: "Nuestra capacidad nuclear no puede tocarla nadie: está en la mente de nuestros jóvenes científicos". El desgaste es el término clave en este conflicto de continua escalada. Pues desgaste es también lo que está empezando a sufrir uno de sus principales actores: el presidente Donald Trump. Y no sólo él, sino todos aquellos partidos y figuras políticas que habían cerrado filas con el líder republicano y que hasta ahora se habían beneficiado de su éxito populista: desde la primera ministra Giorgia Meloni, en Italia, hasta el partido ultraderechista AfD en Alemania. En cuanto a Meloni, cada vez son más las informaciones que apuntan a que uno de los factores que más factura pasaron a la primera ministra en el referéndum constitucional que se resolvió en su contra el domingo pasado fue su proximidad con Trump. Y es que, para el ciudadano italiano, la amistad de su premier -que ayudó en su momento a mantener tendido un puente privilegiado con Mar-a-Lago, otorgó a Roma un aura poderosa en la UE y reforzó su imagen de mano dura contra la inmigración- se relaciona ahora con el reciente aumento de los costes de la energía y el combustible generado por el conflicto en Oriente Próximo desatado por Estados Unidos. De igual manera está aconteciendo en Alemania. Si de por sí era elevado el coste de la vida, la última aventura de Donald Trump la ha disparado, lo que para un teutón es un asunto serio que afecta directamente a las urnas. De ahí que Alice Weidel, líder de AfD, haya hecho llegar a sus correligionarios que reduzcan sus contactos con las filas republicanas estadounidenses. Ni siquiera el propio MAGA de Trump está de acuerdo con el incendio en Oriente Próximo. No sólo por el peaje que puede conllevar en las elecciones de noviembre de mitad de mandato, sino que para el movimiento es algo que va contra su esencia. Y un claro exponente de ello es el mismo vicepresidente de Estados Unidos. JD Vance guarda ahora silencio y se limita a lanzar algunas señales, pero está profundamente imbuido del America First y ya lo dejó claro en su célebre libro Hillbilly, elegía rural. En él, expuso sus reticencias ante las intervenciones estadounidenses en el exterior, desde la autoridad moral que le otorgaba haber sido un marine desplegado en Irak. "Nos sentíamos atrapados entre dos guerras que parecían imposibles de ganar, Afganistán e Irak, y en una economía que no conseguía cumplir la promesa más básica del sueño americano: un sueldo fijo", escribía el actual vicepresidente en sus memorias. Basta con cambiar las guerras de Afganistán e Irak por el conflicto con Irán, y la situación económica de entonces por la coyuntura presente, para entender un malestar subyacente que, antes o después, echará más carbón a la caldera planetaria.