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El Mundo ·

Aida Artiles, modelo y profesora de yoga: "Con este ejercicio de kundalini, todos podemos sacar el enfado que llevamos dentro"

Resumen

Su vuelta a la pasarela tras siete años llega después de un periodo muy duro: la muerte de su querido padre y una lesión de cadera y sacro que la ha llevado a pasar meses con muletas. Pese a ello, Aida Artiles (Las Palmas, 1 de agosto de 1988) transmite serenidad y calma. Su seguridad ya no depende tanto de la exposición externa como de la "fuerza interior" y de estar presente. La canaria suele decir que el yoga no le dio la vida, sino que se la devolvió, y cada día sigue practicando y estudiando herramientas para mantener el equilibrio.

Su vuelta a la pasarela tras siete años llega después de un periodo muy duro: la muerte de su querido padre y una lesión de cadera y sacro que la ha llevado a pasar meses con muletas. Pese a ello, Aida Artiles (Las Palmas, 1 de agosto de 1988) transmite serenidad y calma. Su seguridad ya no depende tanto de la exposición externa como de la "fuerza interior" y de estar presente. La canaria suele decir que el yoga no le dio la vida, sino que se la devolvió, y cada día sigue practicando y estudiando herramientas para mantener el equilibrio. En su último retiro, Refugio, en el Hotel Artiem de Asturias, donde impartió una sesión, compartió el ejercicio de kundalini con el que, cuenta, se libera del cabreo reprimido que todos llevamos dentro: "Tenemos motivos para estar enfadados, pero podemos cambiar la parte que nos toca". ¿Qué haces nada más despertar para que el móvil no sea lo primero que consultas?Lo que me funciona es un trabajo muy mental: como abrir una ventana para ver qué tiempo hace, pero con el cuerpo. Me siento sobre un cojín. Allí hago una pequeña meditación o, simplemente, observo cómo estoy por la mañana: qué sensaciones tengo, si hay alguna tensión... Después paso a la mente, a ver con qué pensamientos me he levantado, y observo la respiración: inhalo y exhalo conscientemente durante un rato. A partir de ahí, ya puedo empezar el día. Pero hay que hacer el esfuerzo. El truco, creo, es ponerlo en práctica de verdad: cuando te levantas y te das cuenta de que, automáticamente, vas a coger el móvil, no hacerlo. No hay otro truco. Sentarte y tomar conciencia me parece una buena herramienta.Hoy se recomienda mucho la gratitud. ¿Cómo consigues no dar las cosas por hecho o seguir siendo agradecida cuando lo pasas realmente mal?Siento que soy una persona muy agradecida en general, por todo. Tengo una gratitud infinita por el simple hecho de estar viva, es algo que llevo conmigo desde pequeña. Escuchar a los pájaros o ver el sol me recuerda que estoy viva y tengo una nueva oportunidad. A veces pienso en la suerte que tengo de ser consciente de ello, porque quizá no todo el mundo se da cuenta. Supongo que la vida también te va enseñando. Y ahora, más que nunca, tras estos dos últimos años y la pérdida de mi padre a una edad tan temprana, tengo aún más motivos para sentir gratitud. Creo que la pregunta es: ¿cómo no voy a estarlo? Aunque hayas perdido o vivido momentos difíciles, aunque estés triste, la vida sigue siendo un regalo. No sé si es algo innato o si se puede cultivar, pero se trata de valorar.Estamos viviendo un momento en el que parece que hacemos deporte para posar o para una foto. No disfrutamos de lo que significan la constancia, la disciplina o la respiración en el yoga. ¿Cómo lo vives tú como instructora? La exigencia te lleva a la competencia y la apariencia. Dar clase en Gran Canaria no es lo mismo que en Madrid, porque el entorno influye mucho en cómo se vive y en lo que cada persona necesita. En una ciudad que avanza a un ritmo muy rápido, resulta más difícil desconectar de todo eso. En una isla, en cambio, me resulta más fácil ayudar a que la gente conecte con lo verdaderamente importante: la naturaleza, el ritmo tranquilo, la vida interior y menos la imagen exterior. En medio de distracciones, llevar a alguien al presente, al cuerpo y a la respiración, sin obsesionarse con hacer bien la postura, es un reto mayor. Cuando vivía en Nueva York, compartí una clase con 60 personas. Recuerdo que el discurso apuntaba justamente a aquello que yo tengo en una isla: vivir despacio, con la familia y los amigos. Fue hace unos 15 años, y entendí que en una ciudad donde aparentemente se tiene todo, lo que se anhela es justamente lo contrario. El verdadero lujo es conectar contigo mismo y darte cuenta de que, al final, la única competencia real es contigo.En la sociedad nos posicionamos en la ambición, siempre queremos más y mejor: la casa, el trabajo... Y, sin embargo, según vas cumpliendo años, te vas dando cuenta de que todo está más en el ser. ¿Tú cómo vives ese proceso?Me hace gracia porque de joven hice lo contrario: viví muy conectada conmigo misma, con lo que sentía y con mis decisiones desde la coherencia. Aunque al principio estuve desconectada, hacia los veintipocos me di cuenta y cambié. Ahora quizá miro algo más hacia fuera, pero con otra perspectiva. Solemos identificarnos con nuestra profesión y con lo que tenemos: elegimos una ropa, una casa o un trabajo porque refuerzan el personaje que creemos ser. Pero cuando te desidentificas de él, entiendes que eres mucho más y dejas de vivir para acumular. Puedes usar ese "disfraz" cuando lo necesitas y quitártelo al llegar a casa. Lo importante es que tu bienestar no dependa de él. Si estás en paz contigo misma, el disfraz es solo una herramienta; si tu identidad entera está en él, cualquier cambio puede hacerte sentir que te caes. Esa es la clave.Desde fuera se te ve en un nivel de conciencia muy alto. ¿Cómo lo has conseguido?Creo que se debe a que, durante los últimos 12 años, he dedicado mi vida a estudiar, practicar y enseñar. Todas esas horas me han hecho más consciente. Para mí ha sido un compromiso: no tiene sentido aprender o hablar de algo si no lo vives. He usado cada experiencia, incluso las difíciles, para comprobar si aquello que había aprendido funcionaba de verdad. Y como me ha ayudado a aligerar la vida y a sentir gratitud incluso en los momentos más duros, como perder a mi padre o arruinarme, siento muchas ganas de compartirlo. Veo en todo una oportunidad, lo demás me parece una distracción.¿Y cómo se concilia ser la persona que se espera de ti con lo que tú realmente querías?Sí, a veces aparece presión, aunque nunca he planeado mi vida, ni me he imaginado con hijos, casada y con dos casas. Siempre he vivido muy presente, transformándome y dejando atrás lo que no funcionaba. Creo que la clave es vivir para ti. Muchas veces nos exigimos cosas que no tienen sentido por expectativas externas o propias. En mi caso, siendo modelo y hermana de otra modelo conocida, sentí mucha presión, aunque en el fondo era mía. Cuando te escuchas de verdad y te preguntas qué quieres y si de verdad deseas casarte, tener hijos... puedes crear la vida que deseas. Pero para ello hay que soltar las identidades construidas para cumplir lo que otros esperan y descubrir lo que tú realmente quieres.¿Qué te sirve en momentos de ansiedad?La vida sigue pasando para todos, la diferencia es que cada vez tengo más herramientas. Como decía mi profesora y amiga María Macaya, no damos clase de yoga porque estemos siempre en calma, sino porque somos de los que más lo necesitamos. La diferencia está en que hemos aprendido a usar esas herramientas. Ahora, ante la ansiedad, suelo detectarla antes y pararme. Me pregunto qué necesito: quizá cancelar una cena, pasear por la playa o cenar algo rico o, al contrario, salir con mis amigas y bailar. Se trata de escucharte y darte lo que necesitas en cada momento.Entre la calma y la conexión con la naturaleza de tu tierra y las oportunidades, pero también el ritmo de la ciudad: ¿con qué dualidad te quedas?Ahora la disfruto mucho porque es una vida elegida, algo que antes no tenía. Cuando vivía en distintas ciudades a los 20 años, sentía nostalgia, pero también sufría: buscaba constantemente calma porque mi cabeza estaba desbordada. Hoy, cuando tengo que viajar o trabajar unos días en la ciudad, lo disfruto, porque sé que es temporal. Después vuelvo a mi rutina, mis alumnos, la escuela, la playa y el mar. He encontrado un equilibrio entre ambas. Al volver de un viaje, noto el cansancio, pero ahora lo gestiono con más calma y descanso. Antes me desbordaba, hoy soy consciente de cómo estoy y me doy el tiempo necesario para recuperar el equilibrio. Y en medio de una ciudad, donde a lo mejor cuesta más meditar, ¿qué le recomendarías a una persona para estar más presente?Es un tópico pensar que la calma solo se encuentra lejos del ruido. La meditación se puede practicar en plena ciudad, incluso con camiones de bomberos pasando. La clave es aprender a volver a tu centro en cualquier momento: siéntate, pon una mano en el pecho, siente tu cuerpo y respira de forma consciente hasta que te sientas presente. Al principio cuesta, pero con la práctica aparece esa sensación de volver a ti, aunque sea unos segundos. Puedes hacerlo en una montaña o en Madrid esperando el Metro. A veces, al cerrar los ojos, el ruido mental abruma, pero basta con notarlo y volver a la respiración o repetir un mantra. El objetivo no es escapar a un retiro, que pocos pueden permitirse, sino aplicar esta práctica en el día a día y encontrar paz dentro del caos.¿No crees que estamos de mal humor todos?Vivimos en un mundo que nos da muchos motivos para estar enfadados, pero el verdadero cambio empieza por elegir cómo queremos vivir nuestra realidad. Aunque no podemos cambiarlo todo, sí podemos asumir la responsabilidad de gestionar nuestra parte y decidir desde qué energía afrontamos la vida. Con este ejercicio de kundalini, todos podemos sacar el enfado que llevamos dentro. Lo descubrí cuando me mudé a Madrid en 2024: tenía la energía muy baja tras cerrar la escuela y atravesar una etapa de cambios profundos. Necesitaba recuperar mi centro, reconectar con mi fuerza femenina y equilibrar mi energía. Consiste en cerrar los puños, hacer círculos con los brazos alrededor de la cabeza y respirar por la boca, mientras mantienes el foco en tu mantra. ¿Y qué beneficios tiene?Sientes el enfado de manera consciente en el cuerpo para que el subconsciente libere esa rabia acumulada, ya sea por la infancia, el trabajo, las relaciones o exigencias propias, sin necesidad de analizar el origen ni ponerle palabras. Tras la práctica y la relajación, la repetición ayuda a calmar los pensamientos. Al liberar el enfado reprimido, tu vibración cambia, todo se aclara y conectas de nuevo con el amor y la bondad.¿Por qué sientes que vivir en una isla marca una diferencia tan grande en tu forma de ver la vida?No es algo que me invente yo, pero al nacer en una isla y haber vivido mucho fuera se nota la diferencia. Para empezar tienes una restricción geográfica y vives en plena naturaleza, sin la hiperestimulación ni la contaminación de cruzar la Gran Vía todos los días. Ves el mar varias veces en la jornada y eso relaja el sistema nervioso.¿A qué renuncias y qué ganas con ese cambio de ritmo?Renuncias a posibilidades de la ciudad pero ganas una vida mucho más comunitaria y pausada. Al final lo importante son los vínculos cotidianos: bajo a comprar tres manzanas, saludo al de la frutería, hablo con los vecinos y me intereso por cómo están. Vuelvo a casa con el corazón lleno y siento que con eso ya he ganado el día. Obviamente hay que trabajar y ganar dinero, pero todo lo demás pasa a un segundo plano con este estilo más sencillo.