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El Mundo ·

Cerdán, el arquitecto

Resumen

«Mi papel era el de hacer que las cosas pasaran». El libro de Santos Cerdán escrito en parte desde la cárcel es «una advertencia»: no hace falta interpretarlo de otra forma si él mismo lo dice así. El ex secretario de Organización ha descubierto el poder destructivo del implacable aparato narrativo que él mismo contribuyó a construir y ahora se siente «abandonado y vapuleado» por su partido. La versión de Kindle incluye ocho fotos junto al presidente, cada una reveladora de su intimidad operativa y personal en todos los hitos fundacionales del sanchismo.

«Mi papel era el de hacer que las cosas pasaran». El libro de Santos Cerdán escrito en parte desde la cárcel es «una advertencia»: no hace falta interpretarlo de otra forma si él mismo lo dice así. El ex secretario de Organización ha descubierto el poder destructivo del implacable aparato narrativo que él mismo contribuyó a construir y ahora se siente «abandonado y vapuleado» por su partido. La versión de Kindle incluye ocho fotos junto al presidente, cada una reveladora de su intimidad operativa y personal en todos los hitos fundacionales del sanchismo. Cerdán se reivindica como «el arquitecto» indispensable del poder de Pedro Sánchez: «Fui quien ayudó a que la maquinaria funcionara, quien engrasaba piezas que parecían incompatibles, quien llegó a convertir conversaciones que la mayoría considera imposibles en acuerdos viables». El one lo despachó hace ocho días ante el Comité Federal del PSOE dentro del grupo genérico de «personas concretas que se aprovecharon de sus posiciones para obtener beneficios personales». Él ahora le responde que no, que él no fue un cuerpo extraño ni un subordinado prescindible, sino la persona que diseñó los planos. Cerdán recuerda que sabe. Cuando destaca que Sánchez dijo una vez que «con el PNV sólo habla Santi y Santi sólo me reporta a mí», está subrayando su condición de interlocutor único: está diciendo «yo reportaba al vértice». Él era el hombre de confianza, el señor Lobo que conseguía lo imposible. Cuando desvela que fue él quien entregó su acta cuando estalló el escándalo y que Sánchez «en ningún momento pidió mi dimisión», está corrigiendo el relato oficial desde dentro. Así avisa de que conserva el poder de volverlo a hacer. De que no se resigna a ser un desecho orgánico. De que a él no lo van a engañar como a Ábalos. El libro aparece inmediatamente después de que el Tribunal Supremo introduzca un poderoso incentivo para quienes decidan colaborar con la Justicia y días antes de que la UCO entregue al juzgado el informe patrimonial que puede enviar a Cerdán al abismo. Y la misma semana de la imputación casi simultánea de la presidenta de la Sepi y la directora general de la Guardia Civil. Si el ex secretario de Organización es «el arquitecto», en sus planos se conectan el vaciamiento de la cultura política de la Transición, la transformación del partido sistémico en una red de lealtades y la colonización de las instituciones al servicio personal de Pedro Sánchez. No se trata sólo de que el presidente lo conociera o lo tolerase: Cerdán nos explica la naturaleza que dota de sentido al proyecto. Es decir, que la superación de los escrúpulos que permitió incorporar a los independentismos a la gobernabilidad del Estado y la desvertebración del pacto territorial de la Constitución, la desactivación de los controles internos del PSOE, el desarrollo paralelo de una maquinaria extractiva de recursos en las grandes plataformas de dinero público, y las artimañas para intentar neutralizar a la Fiscalía y a la UCO forman parte de la misma arquitectura de poder diseñada por Cerdán. De la misma atmósfera moral. Cerdán ya dirigía una modesta organización criminal en Navarra que probablemente financió aquellas primarias para alcanzar las entrañas del partido y después del Estado de la mano del presidente del Gobierno, que tomó todas las decisiones de distribución de responsabilidades que facilitaron la extensión de la trama. Por eso ahora cada paso está orientado a una supervivencia política que haga posible la supervivencia personal. Es coherente que quien introdujo el lawfare en el acuerdo con Junts se presente ahora como víctima de la reacción del Estado. La amnistía fue un acto corrupto de arbitrariedad que consistió en conceder impunidad a cambio de la permanencia en el poder; hoy sabemos que, en realidad, se trataba de garantizar la impunidad propia y el mantenimiento del negocio. También es congruente que el presidente del PNV en persona se reuniera con Leire y los demás esbirros para obtener el rescate que anhelaban: «Mi papel era el de hacer que las cosas pasaran». Y eso lo sabían todos. Así que Cerdán está diciendo que no hubo desviación, sino plano; no corrupción adosada al poder, sino poder organizado para servirse de ella. Y ésa es la advertencia real de su libro: que en el origen del sanchismo no hubo un accidente moral, sino un proyecto que él conoce bien porque fue «el arquitecto». «Las organizaciones no caen únicamente por los errores que cometen. Caen por los riesgos que no ven venir. Caen cuando creen que el golpe no llegará», nos dice. Sánchez no puede seguir fingiendo; hay relatos que sólo aguantan mientras el arquitecto no muestre los planos.