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El País ·

De Niza a París con final en Piacenza: historia de una postal para viajar por todos los mundos

Resumen

Solemos saber cómo empieza un viaje y que, asimismo, jamás termina. Poco importa si nos hallamos estáticos o en pleno movimiento, pues el camino sigue en nuestra cabeza mientras se prepara para brindarnos múltiples sorpresas. Lo comprenderán mejor con la siguiente narración, situada en distintos lugares por aquellas casualidades que jamás lo son. El sábado 25 de abril de 2026 me hallaba en Niza, dispuesto a pasear por la hermosa ciudad de la Costa Azul, espléndida en sí misma e idónea para acercarse a otras localidades de la zona.

Solemos saber cómo empieza un viaje y que, asimismo, jamás termina. Poco importa si nos hallamos estáticos o en pleno movimiento, pues el camino sigue en nuestra cabeza mientras se prepara para brindarnos múltiples sorpresas. Lo comprenderán mejor con la siguiente narración, situada en distintos lugares por aquellas casualidades que jamás lo son. El sábado 25 de abril de 2026 me hallaba en Niza, dispuesto a pasear por la hermosa ciudad de la Costa Azul, espléndida en sí misma e idónea para acercarse a otras localidades de la zona. Niza jamás puede dejar a nadie indiferente, sobre todo si uno se pierde entre sus callecitas y desestima todos los tópicos que la retratan como si fuera un mero retiro para turistas con mucho dinero. Rebosa de vida en todos y cada uno de sus poros. Ese fin de semana dejé atrás su célebre paseo de los Ingleses y me adentré en su casco antiguo, abriéndome sus puertas la plaza del Palacio de Justicia, que suele destacar por el homónimo edificio, datado en 1885; la vieja caserna Rusca, de los tiempos en que la villa era piamontesa; y la torre del Reloj, una de esas maravillas que aconsejan mirar más hacia arriba y menos la pantalla del teléfono. El primer sábado y el tercero de cada mes, esta ágora acoge un mercado al aire libre con paraditas en las que es posible comprar libros de segundo mano, carteles de cine, objetos de todo tipo y, por supuesto, postales. Ahora casi no las compramos porque se ha perdido la magia de escribir cuando estamos fuera de casa y queremos mandar saludos a nuestros seres queridos. Antes del correo electrónico y la tecnología veloz invadiéndonos, era un hermoso clásico que quizá hoy ha sido suplantado, salvo para los aficionados, por los imanes de nevera, reyes del souvenir bueno, bonito y no tan barato. Me entretuve entre las varias paraditas, hasta adquirir una edición más bien rara del viaje que el pintor Édouard Manet realizó a Río de Janeiro entre 1848 y 1849. Antes pero, me había fijado en una cartulina, no tanto por la fotografía, sino por el texto de quien la mandó, una tal Natalia: “Una volta ognitanto é bello anche ritornare a casa. Tanti saluti” (De vez en cuando incluso es hermoso regresar a casa. Tantos saludos). Natalia no tenía apellido. ¿Cuándo debió mandar la postal? El fabricante de la misma era la marca milanesa Rotalfoto, que, entre los años sesenta y setenta, realizó series de imágenes en color. La que compré por un euro se realizó en la Piazza dei Cavalli de Piacenza e inmortaliza, hasta que el tiempo cancele el rastro de ese cartón tan efímero y trotamundos, a Ranuccio I Farnesio, duque de Parma y Piacenza, quien, hacia 1612, encargó su propia estatua ecuestre para acompañar a la de su padre, Alessandro Farnesio, en la plaza de la ciudad italiana. El encargado de esculpirlas y fundirlas fue Francesco Mochi de Montevarchi, culpable de que la unión de ambos bronces se conozca en esta ciudad de Reggio Emilia como los caballos del Mochi. Todo esto, no pueden negarlo, está muy bien. Sin embargo, si tienen una mínima pizca de curiosidad, se preguntarán por un factor más capital de toda esta ecuación. ¿A quién escribió Natalia? El destinatario de su postal era Roberto García York, y confieso no haberme fijado en el detalle hasta un mes más tarde, justo un viernes en el que me disponía a partir hacia Colonia para seguir con mis andanzas por la Vieja Europa. Natalia la mandó al número 153 de la Rue Saint Martin de París, donde a buen seguro la recibió Roberto García York en su piso a pocos metros del Centro de Arte Georges Pompidou y de la Rue de Venise, lo que, como en breve comprobaremos, tampoco tiene atisbos de casualidad. Pasé todo el fin de semana alemán con pequeñas búsquedas en los descansos de mis caminatas para averiguar la identidad del personaje. Nacido en 1929 en La Habana, desde muy joven desarrolló interés por el arte, encargándose durante algunos años de la dirección del carnaval de la capital cubana. En 1964, año decisivo en su existencia, colaboró como escenógrafo y actor en Soy Cuba, película dirigida por el soviético Mikhail Kalatozov que narra en cuatro episodios la evolución de la antigua colonia española desde la dictadura de Batista hasta el ascenso al poder de Fidel Castro. Este largometraje, recuperado por Martin Scorsese y Francis Ford Coppola durante los años noventa del siglo pasado, no fue suficiente motivo para que García York, quien se definía como daltónico y autodidacta, permaneciera en la isla, exiliándose a París ese mismo 1964. Lo recibió en el aeropuerto de Orly un amigo, el fotógrafo español Néstor Almendros, a quien había conocido en la noche habanera sin saber que las rutas de ambos iban a confluir en el arte. El de García York prosperó al aterrizar en la ciudad de la luz, que fue su residencia hasta su fallecimiento, acaecido el 26 de enero de 2005. Mantuvo amistad con, entre otros, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Wifredo Lam o Leonora Carrington, pintora mexicana que le influenció sobremanera, como él mismo reconoció en más de una ocasión. Desde 1987 visitó año tras año el carnaval de Venecia. Amaba acudir para divertirse desde una esmerada preparación previa que incluía, como hito, diseñar su propio disfraz para integrarse en la fiesta antes de que la laguna se viera demasiado inundada de vulgar turismo. Es posible que tú, lector, te hayas cruzado con García York, sin saberlo, así como también es probable que la postal que ahora es mía haya estado en tu radar, pues desde luego es un misterio dilucidar cómo llegó a Niza para que servidor la adquiriera ese sábado de abril, tan lleno de primavera. Este viaje, que, como advertí, jamás termina, tuvo su penúltimo clímax en la Piazza dei Cavalli de Piacenza, adonde fui otro sábado, pero de junio. La ola de calor asolaba Europa y las calles estaban desiertas, entre otros motivos porque la ciudad norteña tampoco se promociona en demasía para recibir masas de visitantes. Sonreía al ver a los caballos del Moschi, cobijados por el palacio Gótico que los enmarca desde su ubicación en este espectacular espacio. Los fotografié mientras, en mi mochila, la postal reposaba, viajera sin saberlo, inmóvil y dinámica sin cese. Su historia, como la de cualquier objeto con personalidad, jamás morirá y quizá Natalia lea este artículo, del que es tan culpable como para darle las gracias, pues sin ella no hubiéramos descubierto esta expedición entre papeles, décadas y rincones de una a otra punta del mundo, de palabras antiguas a las suelas de mis zapatos y tus ojos.