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El Mundo ·

Los drones a las puertas

Resumen

España rompió dos consensos de la Unión Europea. Esa decisión, que supeditaba el interés nacional al muy particular interés de un líder exhausto y sin confianza de las cámaras, convirtió a la potencia mediterránea en un socio excéntrico, magiar. Los dos problemas que Europa consideraba prioritarios y de los que España quiso desentenderse son la inmigración y la defensa. La única represalia diplomática que ha tomado la cancillería española tras la crisis de Ceuta fue contra Italia y ya no hay marcha atrás: el Gobierno de Sánchez ha desactivado toda la capacidad de coacción sobre Marruecos que le otorgaba pertenecer a un club de 27 naciones desarrolladas.

España rompió dos consensos de la Unión Europea. Esa decisión, que supeditaba el interés nacional al muy particular interés de un líder exhausto y sin confianza de las cámaras, convirtió a la potencia mediterránea en un socio excéntrico, magiar. Los dos problemas que Europa consideraba prioritarios y de los que España quiso desentenderse son la inmigración y la defensa. Ambos están hoy llamando a sus puertas. La única represalia diplomática que ha tomado la cancillería española tras la crisis de Ceuta fue contra Italia y ya no hay marcha atrás: el Gobierno de Sánchez ha desactivado toda la capacidad de coacción sobre Marruecos que le otorgaba pertenecer a un club de 27 naciones desarrolladas. El Gobierno pasó de lamentar la falta de solidaridad europea con un miembro atacado a tratar de convencer a nuestros socios de que lo ocurrido es una mera crisis migratoria. Quién va a resistirse hoy, en cualquier otro país europeo, a disfrutar del espectáculo que ofrece una realidad ignorada que se toma su revancha. EL MUNDO ha publicado en su portada una noticia de alcance mundial. Quizás esa sea la razón por la que ha tenido un modesta repercusión nacional. Como se sospechaba, la reciente visita del director de la CIA a Moscú tuvo como objetivo disuadir al Kremlin de atacar a un país de la OTAN. España estaría entre los objetivos de un ataque con drones con el que Putin pretendería extender su guerra hasta el Mediterráneo. España creía que el frente del Este estaba demasiado lejos y eso, junto a la falta de escrúpulos y un caudillismo desesperado de su presidente, favoreció el ensimismamiento. El rearme y la autonomía estratégica se nos presentaron como un peaje trumpista y no como lo que son: la necesaria adecuación a un nuevo mundo que, en ausencia de reglas, ha apuntalado el derecho de conquista. La excentricidad de España se paga hoy con la soledad en el Estrecho y mañana, con la soledad en el Mediterráneo. Todo para que un líder endeble, que nunca se erigió sobre una mayoría social, pueda cubrir sus carencias domésticas forjándose la imagen de un Maverick en el extranjero. Hay lecciones que es mejor no aprender. Esperemos que a los españoles no nos hagan entender las razones por las que, al contrario de lo que predicaba su Gobierno, era urgente asumir una nueva conciencia del riesgo y, en consecuencia, una nueva mentalidad de la defensa.