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El Mundo ·

Pedro masca una tragedia

Resumen

Los finales catastróficos siempre son divertidos, porque los contemplamos con los ojos de la ficción. Pedro anuncia una inversión en dependencia para los más vulnerables, pero nuestros ojos cargan con horas innumerables de consumo audiovisual. No vemos a un presidente de gobierno sino a una metáfora con patas que ya no puede hablar de otra dependencia ni de otra vulnerabilidad que no sean la suyas. La caída ya está escrita, rodada y en fase de posproducción.

Los finales catastróficos siempre son divertidos, porque los contemplamos con los ojos de la ficción. Pedro anuncia una inversión en dependencia para los más vulnerables, pero nuestros ojos cargan con horas innumerables de consumo audiovisual. No vemos a un presidente de gobierno sino a una metáfora con patas que ya no puede hablar de otra dependencia ni de otra vulnerabilidad que no sean la suyas. La caída ya está escrita, rodada y en fase de posproducción. Para la primavera se anuncia en nuestras pantallas el gran desenlace wagneriano, pero en esta penúltima temporada se va fraguando la crisis emocional. En el capítulo de ayer nuestro personaje aparece en público el día después de que su colaborador más estrecho, el camarada con quien asaltó los cielos, sea condenado en firme a 24 años de cárcel. Es la clase de sentencia de la cual la organización le había prometido que lo libraría si conservaba la boca cerrada. Pero como pasa siempre con nuestro personaje, sus actos nunca siguen a sus promesas. Y ahora el número uno teme la venganza del número dos, y de otros tantos caídos que le ayudaron a llegar o a mantenerse donde aún está. Un noir convencional, por lo demás. Retorno al pasado. Comparece y vemos a un hombre de mediana edad sometido a un estrés inimaginable, susurrando cuando querría gritar, verbalizando medidas que no puede aprobar, impostando la informalidad del sincorbatismo pero traicionado una vez más por el sudor. Habla, mueve la cabeza, trata de dominar sus párpados. No escuchamos lo que dice, porque hace tiempo que el guion descuida sus parlamentos, atento solo a insinuar la tensión visual que prepara el estallido. El argumento es lo de menos y la trama es demasiado enrevesada, así que ya solo cuenta la figura. Nadie quiere perderse el momento más esperado: el punto de fractura de su legendaria resistencia. Todos los ciudadanos somos espectadores forzosos del psicodrama de un advenedizo cuya monomanía secuestró la historia de España durante ocho años. Tratándose de una democracia, régimen concebido para garantizar el relevo incruento en el poder, la historia debería tomarse por comedia. Pero fijándonos bien en Pedro, sabiendo lo que sabe que le espera, midiendo la altura de la caída, sospechamos que se masca la tragedia. El capítulo de este miércoles parte la pantalla en dos. A la izquierda se le ve a él presumiendo de tolerancia cero con la corrupción; a la derecha, su mujer está entregando el pasaporte en el juzgado.