El viaje de 6.400 kilómetros de ‘Diana’, la tortuga rescatada en Ceuta que cruzó el Atlántico
ResumenA golpe de aleta, Diana, una tortuga boba de unos 20 años —la especie puede superar los 60—, ha recorrido más de 6.400 kilómetros desde Ceuta hasta el Caribe, una de sus zonas de anidación. Los investigadores que la siguen la rescataron en junio del año pasado de las redes de la almadraba de Ceuta, a la que se había acercado atraída por los peces capturados, una fuente fácil de alimento. Entonces nadie imaginaba que acabaría cruzando el Atlántico. Salió por el Estrecho de Gibraltar en septiembre del año pasado y llegó a la costa americana este febrero, donde todavía se encuentra.
A golpe de aleta, Diana, una tortuga boba de unos 20 años —la especie puede superar los 60—, ha recorrido más de 6.400 kilómetros desde Ceuta hasta el Caribe, una de sus zonas de anidación. Los investigadores que la siguen la rescataron en junio del año pasado de las redes de la almadraba de Ceuta, a la que se había acercado atraída por los peces capturados, una fuente fácil de alimento. Entonces nadie imaginaba que acabaría cruzando el Atlántico. Salió por el Estrecho de Gibraltar en septiembre del año pasado y llegó a la costa americana este febrero, donde todavía se encuentra. Tras ser liberada, pasó el verano en el mar de Alborán —la zona más occidental del Mediterráneo—, igual que otras cinco congéneres halladas en las mismas redes. Todos los ejemplares volvieron al mar, pero equipados con un GPS firmemente sujeto al caparazón. El marcaje de estos quelonios (Caretta caretta) forma parte del proyecto Alma del Instituto Oceanográfico de España (IEO-CSIC) centrado en la conservación de las tortugas marinas y en los efectos que el cambio climático pueda tener sobre ellas. Diana cruzó el Estrecho de Gibraltar el 18 septiembre del año pasado, atravesó el Atlántico en algo más de cuatro meses y se aproximó a la desembocadura del Amazonas, en Brasil, pero no llegó a entrar. Continuó costeando y tocó tierra al menos en dos ocasiones, en Surinam y en Trinidad y Tobago. Los científicos que la marcaron creen que desovó allí, porque las tortugas marinas hembras solo salen del agua para poner sus huevos. Los machos pasan toda su vida en el mar: incluso el apareamiento ocurre en el agua, cerca de las áreas donde anidan. No todas las tortugas marcadas con Diana se lanzaron a cruzar el Atlántico. Dos se quedaron en Cabo Verde y otras dos, menos viajeras, continúan en el Mediterráneo, entre Baleares y Argelia. “Cada una se ha comportado de una manera, lo que indica que en el mar de Alborán y en las aguas españolas no se puede hablar de una tortuga boba mediterránea o atlántica, sino de una confluencia de poblaciones”, explica José Carlos Báez, investigador del IEO-CSIC y jefe del proyecto. Los científicos liberaron a Diana el 4 de agosto de 2025 en Ceuta después de pasar un mes en un centro de recuperación. “No la pudimos soltar hasta que el veterinario dio el visto bueno, porque llegó un poco mal de la almadraba y flotaba, no era capaz de hundirse, una señal de que tenía algún problema”, explica Báez. De vuelta al agua, pasó más de un mes en el mar de Alborán dibujando en el mapa un ovillo caótico de líneas. “Se estaba alimentando para dirigirse al Atlántico y esperando las condiciones de temperatura necesarias”, aclara el científico. Diana cruzó finalmente por el Estrecho de Gibraltar el 18 de septiembre. “A partir de ahí el recorrido fue bastante recto, porque el océano abierto es como un desierto, a diferencia de las zonas costeras, donde hay más comida. Y viajan solas, no como imagina mucha gente después de ver la película Nemo en la que se ve a las tortugas bobas migrando juntas”, añade. Diana llegó cerca de la desembocadura del Amazonas el seis de febrero de este año, pero no entró. Y ahí es donde empieza a costear hacia el norte. Finalmente, toca tierra en Surinam (en el norte de América del Sur), a la altura del río Marowijne, donde quizá haya realizado una puesta. Siguió su camino costa arriba y pudo haber entrado otra vez a tierra en la costa venezolana. “Pero eso no lo tenemos tan claro”, indica Báez. “Nos interesa saber dónde van las hembras adultas y, sobre todo, dónde están los machos, porque cada vez nacen menos debido al aumento de las temperaturas”, añade. En las tortugas, el sexo no lo determinan los genes, sino la temperatura de la arena en la que incuban los huevos. Cuando el nido se mantiene a temperaturas más bajas —entre 26 y 28 grados—, nacen más machos; en cambio, si la arena está más caliente —entre 29 y 32—, predominan las hembras. Las tortugas rescatadas por los científicos confirman esta tendencia: de las seis marcadas, solo una es macho, aunque tienen dudas de qué sexo es otro de los ejemplares que se encuentra entre Baleares y Argelia. “La hemos llamado Brumarlo, como si fuera un macho, pero es joven y determinar su sexo es muy complicado. Habría que realizar una laparoscopia y es una prueba muy invasiva”, explica Báez. Alma, otra de las tortugas marcadas, comenzó a cruzar el Atlántico en las mismas fechas que Diana, pero su dispositivo dejó de emitir el 17 de diciembre de 2025, en medio del océano. “No sabemos qué ocurrió, puede haber muerto o haber perdido el sensor”. El transmisor graba y almacena datos como la posición de la tortuga, la profundidad que alcanza ―Diana ha llegado a los 100 metros― o la temperatura del agua. Cuando el animal sale a superficie para respirar, el dispositivo envía la información al satélite, de donde la reciben los científicos. A veces se llevan pequeños sustos, por ejemplo, si el satélite pasa y no logra localizarla porque está sumergida. “Si esto ocurre tres días seguidos, te empiezas a preocupar”, comenta el investigador. ¿Volverán a las costas españolas? “Esa es la gran pregunta”, contesta Báez. La tortuga boba realiza migraciones complejas que conectan continentes. Un mismo individuo puede nacer en el Caribe, crecer en el Atlántico abierto, alimentarse en el Mediterráneo y regresar a América para reproducirse. Como parece estar haciendo Diana. Pero el cambio climático está modificando estas costumbres y ya hay tortugas bobas que hacen sus nidos en las costas españolas. En 2001 se localizó el primero en una playa de Vera (Almería). Desde entonces, las puestas se han extendido a otros lugares de Andalucía, a Valencia y Cataluña. Las zonas de reproducción tradicionales más importantes en el Mediterráneo son Grecia, seguida de los arenales de Libia, Turquía, Túnez, Siria y Chipre. España no estaba en esa lista, pero comienza a ser una zona de puesta incipiente. “Las tortugas marinas son muy resilientes, aparecieron hace 150 millones de años y han sobrevivido a los dinosaurios y a varias extinciones, así que seguramente se adaptarán”, concluye Báez.