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El Mundo ·

Domesticar a Vox

Resumen

En la noche electoral de Castilla y León, nos sorprendió mientras discutíamos el titular de portada la intervención de Santiago Abascal: "No tenemos techo". No sonaba como la celebración del resultado, objetivamente bueno, sino como la respuesta preventiva a una decepción latente. En vez de colocar nuevamente al PP ante la incomodidad de necesitarlo, aceptaba él mismo la pregunta más dañina para una fuerza de impugnación: si su ascenso sigue siendo ilimitado o si empieza a enfrentarse al momento en que la política le exige algo más útil que la mera indignación. Es efectivamente discutible que Vox haya alcanzado su tope: la globalización, la crisis demográfica y la disrupción tecnológica han cristalizado en un intenso sentimiento de incertidumbre y frustración entre jóvenes y clases medias precarizadas.

En la noche electoral de Castilla y León, nos sorprendió mientras discutíamos el titular de portada la intervención de Santiago Abascal: "No tenemos techo". Había ahí una confesión involuntaria. No sonaba como la celebración del resultado, objetivamente bueno, sino como la respuesta preventiva a una decepción latente. En vez de colocar nuevamente al PP ante la incomodidad de necesitarlo, aceptaba él mismo la pregunta más dañina para una fuerza de impugnación: si su ascenso sigue siendo ilimitado o si empieza a enfrentarse al momento en que la política le exige algo más útil que la mera indignación. Al negar el techo, lo invocaba. Es efectivamente discutible que Vox haya alcanzado su tope: la globalización, la crisis demográfica y la disrupción tecnológica han cristalizado en un intenso sentimiento de incertidumbre y frustración entre jóvenes y clases medias precarizadas. El partido de Abascal es la franquicia española del movimiento global autoritario que recoge esas nuevas ansiedades. Vox podrá seguir creciendo en la medida en que tantos ciudadanos consideren inverosímil que la institucionalidad liberal que representa el PP vaya a dar salida auténtica a ese desasosiego profundo que exige un cambio radical. Y además trae de serie las emociones fundacionales del antisanchismo y la inquietud nacional incentivadas por el presidente. Y sin embargo el resultado sitúa a Abascal ante una encrucijada. Pierde la iniciativa psicológica. Ya antes Ciudadanos o Podemos lo vivieron: el partido que capitaliza malestar pero no hace operativo su crecimiento. Tentado por el sueño del sorpasso, Vox ha sido colocado sucesivamente en las urnas como complemento necesario pero no como alternativa. Corre ahora el peligro de ser percibido como el perro del hortelano que encarece, dificulta o impide la demanda principal del electorado de derechas, que es la de garantizar, esta vez sí, el cambio y hacerlo con una mayoría eficaz y viable, por contraste con la ingobernabilidad de Pedro Sánchez. Para llegar hasta aquí ha habido un importante acierto estratégico del PP y es el documento marco para superar el bloqueo de Extremadura y Aragón. Alberto Nuñez Feijóo deja así de discutirle a Vox su fuerza o su dimensión moral para comenzar a interpelarle en un punto más peligroso: el de su razón de ser. Hasta ahora Vox podía ser decisivo sin dejar de ser antisistema; condicionar el poder sin someterse a las reglas del poder; presumir de pureza ideológica sin traducirla en utilidad política. Además el PP le habla al fin al país real: asume, como la CDU alemana, que si los partidos democráticos renuncian a mirar de frente a los problemas que los ciudadanos perciben como reales, se crea el caldo de cultivo para los populismos; y a la vez acepta sin complejos el desplazamiento del centro de gravedad social hacia la derecha y la agenda que aborda inmigración, seguridad y competitividad desde esa idea, pero también desde el europeísmo homologable. A ese desafío para Vox se le suma un problema más delicado. Resulta difícil presentarse como una formación llamada a imponer el orden en España cuando Abascal exhibe en su propia casa un paisaje de purgas y luchas internas, más pendiente de administrar lealtades y sofocar disidencias que de proyectar solvencia. Las acusaciones de corrupción de Juan García-Gallardo en EL MUNDO, seguidas por otros dirigentes, tienen la credibilidad de ser lanzadas por testigos directos y la que añaden la opacidad y el personalismo. Las rivalidades afloran contradicciones ideológicas: el conservadurismo duro de los orígenes, el estatalismo lepenista de la última evolución y el puro nihilismo antisistema que agita Alvise. El liderazgo determinará si Vox rompe o no su techo. Andalucía será la hora de la verdad porque allí se verá si el PP puede convertir esta ventaja táctica en hegemonía estable. Si Feijóo consigue domesticar a Vox sin dejarse arrastrar por él, una parte del dispositivo de poder de Sánchez quedará desactivado. El sanchismo ha alimentado obsesivamente a la formación de Abascal para usarla como instrumento de polarización. La argamasa sentimental del muro. El plan estratégico del PSOE este ciclo era forzar la división de la derecha para plantear las generales como un plebiscito. Pero al naturalizarse su agenda, caen los tabúes. La consecuencia está siendo que España es más de derechas que nunca, con crecimiento del bloque en todas las elecciones a costa de la funcionalidad de la izquierda. La comedia autodestructiva de la extrema izquierda, que alcanzó su episodio culminante en el esperpéntico Consejo de Ministros del viernes, se explica por esta realidad irreversible. No tiene proyecto ni liderazgo, ni puede tenerlos porque hace tres años que renunció a la autonomía política y aceptó dócilmente su cautiverio. La historia demuestra que sólo es competitiva cuando comparece como fuerza de impugnación. Sumar finge caerse del guindo porque Sánchez está fagocitando su espacio electoral. La era de Yolanda Díaz los ha convertido en la caricatura de un establishment. Como decía Rafa Latorre, "hasta el final de la legislatura van a amenazar con que cogen la puerta y se quedan". La fórmula subordinada al objetivo del PSOE de ser primero con la que les proponen presentarse es una trampa que acabará con ellos: Izquierda Unida está aún a tiempo de respetarse a sí misma.