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El Mundo ·

Óscar Puente dimite y el muro respira

Resumen

A las 21.10 de la noche, en su cuarta hora en la Diputación Permanente, el ministro Óscar Puente dimitió. Ocurrió nueve meses después de la tragedia de Adamuz y tras dedicar los seis días transcurridos desde Urda a defender su continuidad. Fue una sorpresa, un último truco, después de que Patxi López le hubiera animado con fervor a seguir porque la responsabilidad era «dar la cara» y no escapar. Lo ocurrido se parece más a un acto de debilidad.

A las 21.10 de la noche, en su cuarta hora en la Diputación Permanente, el ministro Óscar Puente dimitió. Ocurrió nueve meses después de la tragedia de Adamuz y tras dedicar los seis días transcurridos desde Urda a defender su continuidad. Fue una sorpresa, un último truco, después de que Patxi López le hubiera animado con fervor a seguir porque la responsabilidad era «dar la cara» y no escapar. Pero, al final, Puente escapó. Tarde y mal. ¿Una toma súbita de conciencia? Lo ocurrido se parece más a un acto de debilidad. Puente se había convertido en un obstáculo para vender buen rollo y gestión. Eso se llama cálculo electoral. Porque España escuchaba de nuevo a Óscar Puente enumerando medidas para combatir la inseguridad del tren como si escuchara a Zapatero enumerando medidas para combatir el delito fiscal. Con el agravante que media entre 79 joyas y 115 muertos. Los dos ayudan más fuera de la campaña que dentro. El votante puede ser sanchista, pero le estaban pidiendo que fuera ciego, sordo y algo más. Con el sacrificio de Puente en el altar del presidente, su calvario termina. Y Sánchez queda desnudo: siempre se trató de él. No solo lo había abandonado una parte del PSOE: también sus socios, salvo una gloriosa excepción. Antes de las 21.10, Puente se dedicó a vender un pack inverosímil de promesas que sólo Bildu le compró. La portavoz de Sumar le suplicó que dimitiera («Demuéstrele al PP que no es como ellos»). Hasta Rufián se sumó a su manera al bloque de Ester Muñoz y Pepa Millán. La consigna -¿la coreografía?- era reclamar su cese con la boca pequeña para, con la grande, urgir a la nacionalización. Olvidan deliberadamente que, mientras Ábalos liberalizaba mal el sector, lo politizaba a golpe de amantes y de mediocres, un proceso simultáneo en el que Puente persistió. No sabemos si colocó a amantes; sobre los mediocres no hay duda ya. La dimisión ha opacado la gran contribución de Mertxe Aizpurua, quien, heredando el antiguo papel de Rufián, puso la autopista para la propaganda gubernamental. En su caso, devolviendo al PSOE, palada a palada, el blanqueamiento recibido. La auténtica «fuerza del amor» de Sánchez no es el beso con Begoña, sino su rosario de besos con un partido que exhibe el orgullo de haber criticado siempre «el modelo ferroviario del Estado español». En los últimos 35 años, lamentó Aizpurua, se ha priorizado «construir e inaugurar»; no como la izquierda abertzale, que retrasó la llegada de la alta velocidad al País Vasco y Navarra apoyando los atentados de ETA contra el proyecto, incluido el asesinato del empresario Inaxio Uria hace 18 años, en 2008. Puente le agradeció sus preguntas «concretas»; al menos Bildu se mostró constructivo con él. Los viejos matones son el último ladrillo del muro: por qué será. Así que, cuando entrada la noche el mejor discípulo de Sánchez anunció su despedida, el muro entero respiró.