A bordo de un velero de 1841 para ver cómo se apaga el Sol
ResumenHay días en los que el mar parece conducir directamente hacia la Historia. Este miércoles, 12 de agosto, uno de esos caminos partía a las cinco y media de la tarde del Port d'Andratx. Allí esperaba el «Rafael Verdera», 22 metros de madera, velas ... y memoria, construido en 1841 y considerado el barco más antiguo de la flota española todavía en activo.
Hay días en los que el mar parece conducir directamente hacia la Historia. Este miércoles, 12 de agosto, uno de esos caminos partía a las cinco y media de la tarde del Port d'Andratx. Allí esperaba el «Rafael Verdera», 22 metros de madera, velas ... y memoria, construido en 1841 y considerado el barco más antiguo de la flota española todavía en activo. Un superviviente del siglo XIX dispuesto a navegar hacia uno de los grandes acontecimientos del XXI: el eclipse total de Sol.ABC tiene la oportunidad de vivir a bordo un fenómeno que tardará generaciones en repetirse . Junto a la tripulación viajaban unos 50 pasajeros, en su mayoría estadounidenses y británicos. El inglés es el idioma dominante sobre la cubierta. Algunos han comenzado a navegar el día anterior y permanecerán embarcados hasta el jueves dentro de una experiencia de 1.999 euros por persona. Otros subimos a bordo únicamente para perseguir durante unas horas ese instante en el que la Luna conseguirá apagar el Sol sobre el Mediterráneo. Gafas homologadas, tapas gourmet y un brindis reservado para después componen la parte terrenal del programa. La celestial no admite reservas ni garantías.El «Rafael Verdera» pone rumbo hacia la Dragonera buscando aquello que este miércoles cotizaba más que cualquier lujo: un horizonte limpio. En las seis millas de navegación hasta el punto elegido para observar el eclipse, tres gigantes llamaron también la atención de los pasajeros: los superyates «Rising Sun», «Andromeda» y «Kismet», todos ellos con más de cien metros de eslora y valorados en cientos de millones de euros. Un inesperado escaparate del lujo flotante antes de que todas las miradas abandonen el mar para dirigirse al cielo.Navegar frente al litoral mallorquín en una embarcación de 185 años ya constituye por sí solo un pequeño privilegio. Hacerlo mientras miles de personas miraban hacia el mismo punto del cielo convierte la travesía en algo difícilmente repetible.siPronto descubrimos que no estamos solos. Embarcaciones de todo tipo y tamaño van poblando el horizonte hasta formar una peculiar romería marítima. Las estimaciones manejadas por las autoridades apuntan a que más de 10.000 embarcaciones han salido al mar en Baleares para contemplar el eclipse. Es una de las ventajas de vivir rodeados de agua: cuando media España buscaba un claro entre montañas, carreteras y miradores, aquí bastaba con poner proa hacia el horizonte.La magia de navegar en un velero del siglo XIX frente a Mallorca en una tarde de agosto queda entonces pequeña ante lo que sucede sobre nuestras cabezas. Durante unos minutos, el tiempo parece detenerse también para un barco que lleva casi dos siglos desafiándolo.El fenómeno convertido en negocioEl fenómeno astronómico ha tenido además una dimensión económica extraordinaria. Baleares se ha convertido durante estos días en uno de los grandes destinos mundiales para contemplar el eclipse. Hoteles de lujo, compañías de chárter y establecimientos de alta gama diseñaron paquetes exclusivos con gastronomía, navegación y alojamientos privilegiados. Algunas propuestas llegaron a superar los 20.000 euros, mientras la demanda disparaba reservas y precios.La tripulación y pasajeros del velero. Andrés LasagaEn tierra, el espectáculo se ha vivido de otra manera. El Govern ha habilitado más de una veintena de zonas oficiales de observación para ordenar las concentraciones y evitar masificaciones, mientras diferentes carreteras sufrieron restricciones. En la Serra de Tramuntana, uno de los enclaves más codiciados, la circulación quedó limitada en algunos tramos a residentes y vehículos autorizados, pero no se han producido incidencias importantes.Mientras el «Rafael Verdera» regresaba hacia el Port d'Andratx, resultaba inevitable pensar que hay momentos que uno contempla y otros que, sencillamente, tiene la fortuna de vivir.