Trump y Xi aceleran el deshielo en las relaciones comerciales entre EEUU y China
Resumen"Xi es un chico maravilloso, un gran amigo". Así se ha referido el presidente de EEUU, Donald Trump, a su homólogo chino, Xi Jinping, durante la primera reunión celebrada ayer entre ambos dirigentes en la cumbre de Pekín. Ambos enviaron un mensaje claro a los mercados: EEUU y China quieren evitar una nueva escalada de las tensiones comerciales en pleno deterioro del crecimiento global y en medio de la crisis energética provocada por la guerra con Irán. El tono de la cita fue mucho más conciliador de lo esperado.
"Xi es un chico maravilloso, un gran amigo". Así se ha referido el presidente de EEUU, Donald Trump, a su homólogo chino, Xi Jinping, durante la primera reunión celebrada ayer entre ambos dirigentes en la cumbre de Pekín. Ambos enviaron un mensaje claro a los mercados: EEUU y China quieren evitar una nueva escalada de las tensiones comerciales en pleno deterioro del crecimiento global y en medio de la crisis energética provocada por la guerra con Irán. El tono de la cita fue mucho más conciliador de lo esperado. Trump, que fue recibido por una comitiva entre cientos de banderas chinas y estadounidenses, agradeció a su anfitrión la organización de la cumbre con una invitación para visitar la Casa Blanca en septiembre. Xi, menos efusivo, mantuvo un tono más institucional, pero igualmente conciliador: "Es hora de romper el círculo vicioso de represalias mutuas" e insistió en que "el diálogo es siempre mejor que la confrontación". Además, hizo un guiño a las compañías norteamericanas, al asegurar que "China se abrirá aún más" a las multinacionales estadounidenses. Mientras los presidentes se reunían, las delegaciones avanzaron en conversaciones para prolongar la tregua comercial pactada el año pasado y estudiar una reducción parcial de los gravámenes que todavía pesan sobre cientos de miles de millones de dólares en intercambios bilaterales. Pekín se mostró dispuesto a flexibilizar parte de sus restricciones a las exportaciones de tierras raras, mientras que la Casa Blanca abrió la puerta a rebajar algunos aranceles sobre productos chinos. Sin embargo, la primera jornada concluyó sin acuerdo definitivo en esta materia y los analistas no esperan grandes anuncios al concluir la cumbre, más allá de un deshielo de las relaciones. De ser así, se espera que Trump y Xi se vean hasta en tres ocasiones más a lo largo de este año para seguir avanzando en los diferentes acuerdos. Además de la visita del presidente chino a Washington, ambos podrían citarse también durante la reunión del G20 en Miami o la cita de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Ambas cumbres tendrán lugar a finales de 2026. Ahora, el encuentro entre los dos grandes motores económicos del planeta se celebra en un momento especialmente delicado para la economía mundial. El cierre en el estrecho de Ormuz y las tensiones en el Golfo Pérsico han disparado la incertidumbre sobre las cadenas de suministro, el transporte marítimo y el precio del petróleo. Para China, gran importador energético y potencia exportadora, el riesgo de una recesión internacional es una amenaza directa, teniendo en cuenta que cerca de una quinta parte de su PIB depende de las exportaciones. Trump ha acudido a Pekín con la necesidad de apuntarse alguna victoria económica. El presidente estadounidense afronta presiones internas por la inflación, el desgaste político derivado de los constantes varapalos judiciales a su guerra arancelaria y la falta de confianza de los inversores ante los constantes cambios de guion de la Casa Blanca. Xi, en cambio, llega con una posición negociadora relativamente más sólida y con la intención de proyectar a China como un actor estabilizador frente al caos geopolítico. Uno de los elementos más simbólicos de la jornada fue la composición de la delegación empresarial estadounidense. Junto a Trump viajaron algunos de los ejecutivos más influyentes del sector tecnológico, entre ellos Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple) y Jensen Huang (Nvidia). La presencia de estos directivos refleja hasta qué punto las grandes tecnológicas estadounidenses dependen todavía del mercado chino pese al endurecimiento político de Washington. Apple mantiene en China buena parte de su cadena de producción; Nvidia necesita preservar el acceso a uno de los mayores mercados mundiales de inteligencia artificial; y Tesla continúa considerando el país como uno de sus pilares de crecimiento industrial y comercial. La primera sensación que han trasladado estos ejecutivos ha sido de alivio contenido. El temor en Silicon Valley y Wall Street era que la cumbre derivara en nuevas restricciones comerciales o tecnológicas si se producía algún tipo de confrontación. Sin embargo, el tono pragmático de ambas delegaciones fue interpretado como una señal de que tanto Washington como Pekín quieren restaurar sus vínculos económicos, sino del todo, al menos lo suficiente para que ambas partes salgan ganando. Pulso tecnológico Especialmente relevante fue el caso de Nvidia. La incorporación de Jensen Huang a última hora a la delegación de Trump fue vista como un movimiento estratégico para tratar de desbloquear tensiones relacionadas con los chips avanzados y la inteligencia artificial, uno de los mayores focos de confrontación entre ambos países. Ayer, el consejero delegado de la compañía más valiosa del mundo por capitalización insistió en la necesidad de "mejorar las relaciones bilaterales entre EEUU y China" y aseguró que las reuniones "han sido excelentes". También reconoció las dificultades que está teniendo en el mercado asiático debido a las restricciones impuestas por Washington. La tecnología se ha convertido en el auténtico campo de batalla económico entre EEUU y China. Washington quiere limitar el acceso chino a semiconductores avanzados y tecnologías críticas de IA, mientras Pekín utiliza su dominio sobre minerales estratégicos y tierras raras como herramienta de presión. Este será sin duda uno de los mayores puntos de fricción durante la cumbre. "Las dos superpotencias en inteligencia artificial van a empezar a hablar", apuntó ayer el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, que también forma parte de la delegación norteamericana en Pekín. Añadió que ambos países mantienen un diálogo "constructivo" porque "Estados Unidos conserva el liderazgo en la carrera tecnológica; no creo que estuviéramos teniendo las mismas conversaciones si ellos estuvieran tan por delante de nosotros". En paralelo, también hubo conversaciones sobre posibles grandes acuerdos comerciales, incluida la opción de futuras compras chinas de petróleo estadounidense y de aviones de Boeing. Pekín advierte de que no habrá acuerdos si Washington apoya la independencia de Taiwán"La independencia de Taiwán y la paz a ambos lados del Estrecho son tan incompatibles como el agua y el fuego". Toda la cordialidad que el presidente chino demostró ayer a la hora de hablar de las relaciones comerciales entre Washington y Pekín desapareció cuando se trató el tema de la isla del Pacífico.Xi Jinping dejó claro que no habrá acuerdos de ningún tipo si EEUU "maneja mal el asunto de Taiwán", incluso llegó a señalar que "más allá de choques, podría haber conflictos" entre las dos grandes potencias. Desde la Casa Blanca, intentaron quitarle hierro a las declaraciones para no entorpecer las negociaciones en otros ámbitos.El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, aseguró que "la política de Estados Unidos respecto a la cuestión de Taiwán no ha cambiado ni a día de hoy ni tras la reunión que hemos mantenido aquí hoy. Se ha planteado el tema. Ellos siempre lo sacan a colación. Nosotros siempre dejamos clara nuestra postura y pasamos a tratar otros temas".Para China, Taiwán sigue siendo la línea roja absoluta. Xi considera la eventual reunificación como uno de los grandes objetivos históricos de su mandato y, según analistas internacionales, la presión militar y diplomática sobre la isla ha aumentado de forma sostenida durante los últimos años.EEUU aprobó hace unos meses un paquete armamentístico de 11.000 millones de dólares para Taiwán, pero todavía no se ha ejecutado. El temor de Washington es que China aproveche el actual desgaste internacional de EEUU, marcado por la guerra con Irán y la crisis en Oriente Medio, para aumentar la presión sobre Taiwán o acelerar movimientos militares en el Indo-Pacífico. Pekín, mientras tanto, percibe que EEUU se encuentra estratégicamente distraído y con parte de su capacidad militar concentrada en el Golfo.Precisamente la guerra con Irán y la crisis del estrecho de Ormuz se han convertido en otro de los grandes ejes geopolíticos de la cumbre. Trump busca apoyo chino para contener a Teherán y garantizar la reapertura total del corredor marítimo por el que transita una parte esencial del petróleo mundial."No estamos pidiendo ayuda a China, no la necesitamos", apuntó Rubio. Sin embargo, ambas potencias acercaron posturas y coincidieron en que es inadmisible que Irán controle el estrecho de Ormuz.El problema para Washington es que China mantiene una compleja relación con Irán. Pekín depende del petróleo de Oriente Medio y ha reforzado en los últimos años sus vínculos económicos y diplomáticos con Teherán. Al mismo tiempo, tampoco le interesa una escalada militar prolongada que pueda hundir el comercio global y provocar una recesión internacional.El estrecho de Ormuz se ha convertido así en un factor crítico para la estabilidad económica mundial. Por esa ruta marítima circula una parte sustancial del suministro energético internacional y aproximadamente la mitad del crudo importado por China.Más allá del ámbito comercial, tanto para Washington como para Pekín esta cumbre es una oportunidad no solo de enterrar el hacha de guerra en el plano comercial, sino también de sentar las bases de un nuevo orden geopolítico con ambas potencias como protagonistas absolutos.